Asia prima la formación de sus escolares‏

JOSE REINOSO  06/02/2011 
 
El sistema educativo en algunos países asiáticos y la extrema importancia que dan los padres en esta zona del mundo a los estudios de sus hijos se han convertido en los últimos meses en motivo de interés y análisis en todo el mundo. En diciembre pasado, fue la publicación del informe PISA, que mide los conocimientos de los jóvenes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, quien volvió a poner de manifiesto los buenos resultados de los alumnos en los países asiáticos más desarrollados como Corea del Sur, Singapur y Japón, y en ciudades como Shanghai y Hong Kong. Recientemente, ha sido la polémica levantada por el libro de la profesora de la Universidad de Yale (Estados Unidos) Amy Chua, y su defensa de los métodos de extrema disciplina.
Muchos se preguntan cuáles son las claves del éxito de los estudiantes asiáticos en las pruebas internacionales. La respuesta, según los expertos, no es complicada en sí: buenos profesores, muchas horas de estudio, clases de refuerzo, la atención cuidadosa a los alumnos destacados y la intensa dedicación de los padres a la formación de sus hijos.
El ejemplo más destacado es el de Corea del Sur, que en las últimas décadas ha realizado un gran esfuerzo en inversión en educación, ya que considera la calidad de la enseñanza una garantía esencial de su futuro económico. En Corea, los padres piensan que una buena formación es la vía para entrar en las mejores universidades, y poder así destacar en el competitivo mundo laboral y lograr el éxito social. Para ello, las familias destinan un alto porcentaje de sus ingresos -16% en Seúl, en 2009- a educación privada, buena parte de ellos a clases extras, que llevan a los jóvenes a dedicar unas 10 horas diarias a los libros.
 
Algo similar sucede en Japón, Singapur, Taiwan y algunos lugares de China como Shanghai, que ha quedado en primer lugar en las tres categorías en el último informe PISA. Shanghai no es en absoluto representativa de la situación en China, donde existe una gran desigualdad social -el gasto por alumno en las escuelas secundarias en las provincias más pobres es 18 veces inferior al de Pekín y Shanghai, y millones de jóvenes no pueden acceder a la universidad por falta de recursos-, pero revela el gran esfuerzo que está realizando el país más poblado del mundo para mejorar el sistema. Pekín ha puesto en marcha un plan para universalizar los nueve años de educación obligatoria y gratuita, impulsar la iniciativa privada e internacionalizar las universidades.
 
El éxito del modelo asiático viene acompañado, sin embargo, de una paradoja: la falta de creatividad, imaginación, capacidad de innovación e independencia de pensamiento de los alumnos, y el alto índice de infelicidad, problemas psicológicos e incluso suicidios que sufren, debido a la gran presión a la que están sometidos.
El libro de Amy Chua ha generado reacciones encontradas en Asia, donde algunas familias se ven reflejadas en sus métodos y en la tradición confuciana de considerar incuestionable la palabra de los padres, mientras otras denuncian que la escritora no es realmente una madre china ni vive en Asia y su experiencia no es en absoluto representativa.
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