Cerebro adolescente: de aislarse a intimar

Natalia López Moratalla: Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular

Enrique Sueiro: Doctor en Comunicación Biomédica de la Universidad de Navarra 

Jueves, 5 de Mayo de 2011 

¿hay adolescencia sin crisis? ¿Afecta igual a chicos y chicas? ¿Qué es genético y qué educacional en algunas conductas de riesgo? Las neurociencias ofrecen hoy algunas evidencias de que el cerebro madura paulatinamente en un proceso ordenado que comienza en la nuca y avanza hacia la frente. El patrón de formación de áreas cerebrales y maduración depende del sexo, ya que todas las células llevan el par de cromosomas XX o el par XY.

En su desarrollo inicial, el cerebro está formado solo por materia gris. Madurar consiste en convertirla en materia blanca. En los primeros años de la juventud esta onda de maduración alcanza las áreas frontales que controlan y aúnan lo afectivo y lo cognitivo. La materia gris se compone de neuronas que se conectan y producen ramificaciones -dendritas y axones- en busca de otras con las que conectar para conducir y procesar la información.

El cerebro alcanza su máximo tamaño al final de la infancia. Después permanece constante, pero cambian sus conexiones (plasticidad), su estructura y se reordena en la adolescencia. Es un momento crucial para madurar la personalidad, ya que unas áreas crecen, otras se reducen mediante una especie de poda de las ramificaciones que elimina lo superfluo y otras se reorganizan. Así, aproximadamente de los 8 a los 18 años la sustancia gris se va convirtiendo en sustancia blanca, como una onda que alcanza en distintos momentos las diferentes áreas del cerebro. Al mismo tiempo, se perfeccionan las facultades cognitivas, las capacidades de estudio, lectura, memoria, etc.

En el caso de animales como los primates, su cerebro también madura de la nuca a la frente, diminuta en ellos, pero no experimentan crisis de adolescencia. Los seres humanos están más plenamente abiertos a la influencia de la educación, la relación con los demás y sus propias decisiones. Se ha establecido un patrón del desarrollo arquitectónico y funcional del cerebro que muestra las diferencias naturales en la maduración de las chicas y los chicos. Este fenómeno se debe a que las hormonas de la pubertad se producen a edades diferentes y de forma distinta: cíclica en ellas y continua en ellos.

El cerebro adolescente es inestable por los rápidos cambios que permiten su paso de infantil a joven. Madurar conlleva transformaciones emocionales, mentales, psicológicas y sociales en las que influyen las hormonas sexuales, cuya concentración se incrementa dramáticamente con la pubertad. Aumenta el interés por la actividad sexual, se experimentan cambios en la motivación, los impulsos y las emociones. En definitiva, se altera el mundo afectivo personal en una etapa en la que los sistemas que integran las emociones en las decisiones racionales, al regular y controlar las respuestas emocionales de forma autónoma, aún están madurando.

Por otra parte, se establecen los circuitos que permiten la memoria autobiográfica, imprescindible para formar la propia identidad. Se despierta el querer saber quién soy y cómo soy. En general, en ellas su cerebro se hace muy sensible a los matices emocionales de aceptación o rechazo. Priorizan relacionarse socialmente, agradar y gustar al sexo opuesto. El estrés se dispara ante peligros o conflictos en las relaciones con los demás. Conversaciones para compartir su intimidad relajan su estrés, gracias a que los estrógenos activan la liberación de dopamina -hormona de la felicidad- y de oxitocina -hormona de la confianza- que a su vez alimenta ese impulso en busca de intimidad. En ellos, el aumento de testosterona facilita querer aislarse. Esta hormona reduce su interés por el trato social, excepto en lo relativo al deporte y al sexo. La vasopresina les permite gozar con la competitividad y desear mantener su independencia. Necesitan ocupar su puesto en la jerarquía masculina. En ellos se acusa más la temeridad, tan característica en esta edad porque conceden más expectativas a los beneficios que a los riesgos.

La onda de maduración del cerebro puede seguir su dirección y ritmo naturales o cambiar por el impacto de experiencias con personas, situaciones y conductas. El establecimiento y la regulación de los circuitos cerebrales se modelan precisamente con la educación y la propia conducta.

Por lo publicado en revistas científicas como Science, NeuroImage o PNAS, parece que los cambios naturales no causan la crisis emocional y de conducta de algunos adolescentes. Cuando se da, esa crisis se debe a influencias sociales, experiencias propias y actitudes de cada uno sobre un cerebro vulnerable. Finalmente, aunque no de una forma tan acusada, el cerebro permanece expuesto a cambios toda la vida, dependiendo de las experiencias, decisiones y convicciones que vamos asumiendo.

De modo que nada está escrito: con nuestra conducta mantenemos la posibilidad de desarrollar hábitos y rehacer los circuitos distorsionados a lo largo del tiempo.

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