El estímulo de las dificultades

JORDI MARTÍ

No son las situaciones cómodas y fáciles las que sacan lo mejor de nosotros mismos. La facilidad con que nos acomodamos a lo ya conocido acaba resultando un lastre para cualquier iniciativa de cambio. En general, sólo nos aventuramos por nuevos caminos inexplorados cuando las condiciones del presente se hacen insostenibles. El futuro nos suele dar miedo, salvo que el presente resulte inhabitable: mientras quede la más mínima posibilidad a agarrarse a la ilusión de que las cosas ya están bien así, como las conocemos, renunciaremos a cualquier exploración de esa terra incógnita inconmensurable que se nos abre por delante.
Las dificultades, según cómo se planteen, pueden constituir la espuela que empuje al desarrollo de las personas y los pueblos. Si una comunidad tiene la oportunidad de desarrollarse técnica o económicamente y la voluntad firme de hacerlo, los obstáculos geográficos y la falta de financiación o de ayuda exterior, no serán en sí mismos inconvenientes insalvables; pero sí lo pueden ser la inercia, el acomodo, la falta de valor para arriesgarse. De hecho, cuando un grupo humano lo ha tenido todo muy fácil, se suele acomodar a la inercia de sus comodidades. Creo sinceramente que las dificultades espabilan.

Fíjense en el caso paradigmático de Mallorca. A finales del siglo XIX y principios del XX, los grandes polos de industrialización y desarrollo tecnológico se situaron lejos de Palma, acomodada en la inercia de ser la capital por la cual había de pasar todo el comercio. La electricidad llegó primero a Alaró que a Palma, de la misma manera que el ferrocarril de Sóller convirtió a una comunidad condenada al aislamiento por su situación orográfica al otro lado de la Serra de Tramuntana, en uno de los polos de industrialización y, sobre todo, de comercio con el resto del mundo. Son las dificultades las que espolearon a esas dos comunidades humanas hasta el punto de pasar por delante a la capital, adormecida en la siesta de su propia decadencia aristocrática.

Hay culturas asentadas en el conformismo, en el no vale la pena hacer nada por cambiar la cosas , en el sentarse a meditar sobre uno mismo mientras el mundo sigue de forma natural su curso. Generalizando mucho, el pensamiento tradicional oriental se asienta sobre estas bases.

En el extremo opuesto, la ilusión occidental de dominar al mundo por medio de la ciencia y de la técnica nos ha empujado siempre hacia adelante. Total, nunca dominaremos al mundo, que seguirá su curso y nos pasará por encima, como lo ha hecho siempre. De hecho, más que dominarlo puede que lo hayamos desgastado un poco más de lo necesario. Pero no hay duda de que vivimos más y mejor que nuestros antepasados gracias a un avance de la ciencia y de la técnica que sólo se explica porque a finales de la Edad Media y principios del Renacimeinto, cuando este avance da sus primeros y tímidos pasos, vivíamos mucho peor en Europa que en el resto del mundo. Puede que las filosofías orientales, con su lección de conformismo, enseñen al individuo a afrontar con más serenidad las contingencias de la vida.

Tal vez por eso tienen tanto éxito hoy en día entre ciertos sectores sociales acomodados de Occidente que creen tener las necesidades básicas cubiertas. Pero es muy posible que, sin las ansias de mejorar que caracterizan nuestra agotadora mentalidad occidental, todos viviríamos hoy en día mucho peor.

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