África, nuestro espejo roto

carlos aitor yuste arija – Miércoles, 3 de Agosto de 2011

África es como un enorme espejo roto. No nos gusta reflejarnos en él, puesto que da una imagen distorsionada de nosotros mismos, haciéndonos parecer unos monstruos que no somos, o que no queremos ser. Sin embargo, cada trozo de espejo nos gusta más, pues ahí sí que nos podemos mirar, ahí sí que podemos ver la imagen reflejada que más nos gusta, la de nuestro lado bueno. Cada pequeño trocito, es cierto, refleja una desgracia diferente y terrible.

El trocito de Somalia, hambre y sequía; el de Marruecos, opresión y pateras; guerra el de Libia, pobreza tantos otros… Pero así visto, trocito a trocito, se hacen más digeribles, más abarcables. Y no solo para el hombre blanco, para el ciudadano medio de Occidente. África es un enorme zoco en el que todos los demás meten mano a saco. Brasileños y chinos, japoneses y árabes, rusos e israelíes también tienen sus intereses en el continente negro, como los tienen las naciones europeas y los EE.UU.

Efectivamente no son responsables del triste pasado de colonialismo con que esculpimos desde estas latitudes la historia de las dos últimas centurias de nuestros vecinos del sur, pero tampoco es que hagan gran cosa por procurarles un futuro algo mejor, algo más prometedor. Así pues, tampoco a ellos les gusta mirarse en ese enorme espejo roto que les deforma el reflejo haciéndoles parecer, también a ellos, monstruos de pesadilla. También ellos prefieren mirar ahora este trocito, ahora este otro, olvidando el conjunto.

Y ahora le toca al trocito de Somalia y el Cuerno de África. Un trocito diminuto en el que se suman todos los grandes males de nuestro joven siglo: guerras entre clanes armados por diversos intereses, conflicto religioso, hambre, cambio climático, sequía. Un panorama horrible, pero a escala: algunos vuelos con ayuda humanitaria, unos cuantos campos de refugiados en este sitio y en este otro, tal vez unos pocos soldados aquí y allá… Trabajo en equipo, chinos codo con codo con japoneses, americanos y rusos, británicos y alemanes. Nada sencillo, sin duda. Pero, al final, tan solo un parche más. Mientras una mano esté ahí, la otra estará apoyando a un dictador un poco más al oeste, o a unos rebeldes algo más al norte, o una compañía estará comprando, con la complicidad de su gobierno, varias hectáreas más al sur para convertirlas en un inmenso campo de cultivo que produzca para China o Francia o cualquier otro. Eso sí, en las noticias, junto a las imágenes de niños cadavéricos, lo que veremos será a nuestros chicos, a los buenos de la película, ayudando a los pobres habitantes de tal o cuál desértico páramo. Al menos mientras les dejen, mientras nadie amenace su seguridad.

Y mientras sea noticia. Después volveremos a fijarnos en otro trocito y olvidaremos el anterior. Dejándolo, tal vez, en el mejor de los casos, algo mejor que como cuando lo encontramos, en el peor y más probable, más o menos igual de mal. Otros nombres vendrán a nuestros oídos, otras imágenes de niños cadavéricos o mutilados sustituirán a las anteriores y un nuevo trocito de espejo ocupará el lugar del anterior.

Todos sabemos, todos sabremos, que el enorme espejo africano seguirá estando roto, pero seguiremos sin querer mirarlo. A nadie le gusta verse reflejado en un espejo roto. La imagen que se refleja es otra, no es la de uno mismo. Solo es una imagen fea y desagradable. No, nosotros no somos esa imagen grotesca, nosotros somos la que se refleja en cada uno de los trocitos cuando los miramos muy de cerca, uno a uno. Esos somos nosotros. Sin duda.

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