Lo probamos todo… ¿sin comprender nada? (2)

La cultura del picoteo resume un libro en un tuit, un disco en una canción y la información en un titular – Lo digital lleva a una forma de consumir fragmentaria

BENJAMÍN PRADO 27/10/2011

ES LA SEGUNDA PARTE DEL ARTÍCULO (Lo probamos todo… ¿pero sin comprender nada?)

Los extremos de la cuestión parecen claros: a un lado, la posibilidad de obtener respuestas inmediatas y al otro la falta de tiempo y espacio para reflexionar sobre ellas. De una parte, las ganas de saber y de otra tan solo la de estar enterados o, al menos, fingirlo, como sugiere el actor Juan Diego Botto: “Internet es un atajo que lo acerca todo, pero también puede ser una máscara, un laboratorio donde construirse una falsa identidad. Siempre me han dejado perplejo esas personas que acumulan recortes de información o sentencias o anécdotas, para luego soltarlas en el momento que consideran más oportuno y dar la impresión de que saben mucho más de lo que dejan ver. Admiro tanto a la gente que sabe como a la que quiere saber, pero no me gusta la que finge que sabe lo que, en realidad, solo ha ido a buscar a Internet, que es un lugar en donde también el que no quiera aprender nada lo tiene todo a su disposición, resumido y clasificado”.

Al actor esa palabra, clasificado, le parece peligrosa. “Tengo la impresión que en ese gusto por las listas y los inventarios que tanto abundan en Internet está una parte importante del problema: ahí están desde las mejores y las peores frases del presidente del Gobierno o sus ministros, por ejemplo, hasta las 10 canciones del mes, y, naturalmente, las escenas más célebres, más espectaculares o más polémicas, por la razón que sea, de tal actor o tal actriz. En el cine es difícil valorar un trabajo por dos secuencias, pero seguro que ya hay quien busca y encuentra los 10 mejores planos de una película, mira cuántas estrellas le han puesto los críticos y ya se atreve a opinar acerca de ella. Y, por lo demás, Internet es una maravilla. Todo depende de quién lo use y para qué”.

En eso coincide casi todo el mundo: un cuchillo es un cubierto, una herramienta o un arma dependiendo de la mano en la que acabe. El músico Iván Ferreiro, en plena promoción de su disco Confesiones de un artista de mierda, lo dice en línea recta: “Es lo de siempre, hay gente que tiene una esponja en el cerebro y gente que lo tiene envuelto en plástico, unos se empapan de todo y a otros les resbala. Muchos confunden tener algo en el disco duro con saber lo que es y luego hay personas que adquieren una cultura impresionante en la Red, encuentran huellas que seguir, artistas en los que profundizar. Unos aprovechan que existe Internet para robar los libros o leerlos abreviados y otros lo usan como un pasadizo a las librerías. Los que tienen cabeza y saben para qué usarla, aprovechan la facilidad de tenerlo todo a un intro de distancia. Los otros apilan cosas y les da igual, porque la montaña cada vez es más alta, pero ellos no cambian de tamaño”.

Eva Amaral y Juan Aguirre, ya ensayando la gira de su nuevo disco, Hacia lo salvaje, admiten que la información suministrada en píldoras produce sobredosis, pero también atrae a lectores nuevos y seguro que algunos de ellos sí querrán profundizar en lo que les llega, da igual si es la página entera de un periódico o su abreviatura en la pantalla del móvil. “Todo depende del uso que le des a cada cosa: nosotros no usamos Twitter, por ejemplo, como un canal de promoción, sino de comunicación con nuestros seguidores, o con cualquier persona interesada en nuestro trabajo. Y en Internet vemos los peligros que ve cualquiera, pero también muchas ventajas. La música es un mundo en el que la revolución digital ha logrado, para empezar, que cayeran las fronteras temporales, porque al lado de este disco de Amaral hay uno de Serge Gainsbourg y puedes comprarlos y bajártelos uno a continuación del otro”.

Spotify, donde puedes escuchar miles de discos, nos lanza un reto que debería cambiar nuestra mentalidad y enseñarnos que no hay que poseer para disfrutar. “Es cierto que gran parte de los beneficios que el mundo del arte y la cultura podrían obtener de Internet se pierden a causa de la piratería, y que ese es un precio muy alto. Pero también es una lección que debería de haber servido para algo y nos tememos que no haya sido así. No sé qué pasará con los libros, pero nos da la impresión de que el mundo editorial no ha aprendido nada de lo ocurrido en el de la música. Por ejemplo, estamos seguros de que el lector del último libro de Paul Preston, que es el que ahora tenemos entre manos, habría agradecido que al comprarlo en una librería le hubiesen dado con él un código de descarga para tener a su disposición también la versión digital y poderlo leer en un iPad cuando vaya de viaje. A veces, por querer venderte la misma cosa dos veces, al final se quedan sin nada”, añaden los músicos.

Tal vez todo esto no sea más que el espejo de unos tiempos entregados a la globalidad y las corrientes de opinión, donde todo se conoce y se desconoce a la vez. En el primer caso, porque las noticias vuelan más deprisa que nunca y en el segundo, porque cada vez tenemos menos tiempo para detenernos a meditar acerca de ellas. Si hay un verso genial que cada vez sea menos cierto, es este de Fernando Pessoa: “¡Qué difícil es ver solo lo que es visible!”. Ahora es justo al contrario, porque “el exceso de imágenes provoca una parálisis de lo visible”, como dice de nuevo Marek Sobczyk, y todo es inmediato, es urgente y es transitorio, y en medio de tanto apresuramiento lo que pasa no deja ver lo que sucede, y más en esta época de crisis en la que estamos tan preocupados de no hundirnos que no podemos llegar al fondo de las cosas.

“Mejor el picoteo que la ignorancia total”, dice el director de cine y escritor David Trueba. “Creo que una buena metáfora de todo esto que ocurre la tenemos en los restaurantes más prestigiosos, que ya no son los que te dan dos grandes platos, sino 11 pequeños, y que de ninguna forma son peores. Por supuesto que vivimos tiempos de confusión, en los que todo parece aún por definir, porque no es fácil querer saberlo todo y estar orientado, de manera que muy a menudo perdemos la oportunidad de disfrutar de las cosas por completo y olvidamos, por seguir con el mismo ejemplo de la comida, que siempre es mejor consumir despacio y lo justo a engullir e indigestarse. Nada va a ser como era, pero eso no debe asustarnos: simplemente, habrá que experimentar otras cosas y atreverse a mezclar lo que nunca había estado junto, como los cocineros”.

Tiempos líquidos, como los ha llamado el premio Príncipe de Asturias Zygmunt Bauman, en los que sin duda tenemos que construirnos “una identidad flexible que haga frente a los cambios continuos de la realidad” y siga el ritmo de los avances tecnológicos, pero en los que también corremos el riesgo de no ahondar en nada a base de catarlo todo, sin darnos cuenta de que dar un paso en cada dirección es una manera de no moverse.

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