Lo probamos todo… ¿sin comprender nada?

La cultura del picoteo resume un libro en un tuit, un disco en una canción y la información en un titular – Lo digital lleva a una forma de consumir fragmentaria

BENJAMÍN PRADO 27/10/2011

¿Cuánto vale lo que no nos cuesta nada? ¿Qué importancia le damos a las cosas que logramos sin ningún esfuerzo? En estos tiempos líquidos en los que si tienes 10 minutos y un ordenador puedes conseguir casi cualquier cosa sin ir a buscarla a ninguna parte, porque basta con pulsar dos teclas para que Internet te ponga en la mano el disco, la noticia o la imagen que estuvieras buscando, parece que es más fácil desear las cosas que quererlas y que a fuerza de acumular titulares, citas y resúmenes nos arriesgamos a sustituir el conocimiento por la simple curiosidad, que es un buen punto de partida, pero un mal destino. Importa más probar que elegir y estar al tanto de lo que sucede que tener una opinión sobre ello, lo cual en muchos casos nos vuelve a la vez insustanciales e insaciables. ¿Se puede considerar informada una persona que lee los teletipos que le van llegando a su teléfono móvil? ¿Oír dos canciones de cada CD que se edita te convierte en melómano? ¿Coleccionar frases célebres te vuelve un amante de la filosofía?

El síndrome de Diógenes 2.0 define al que necesita acumular descargas

Hay menos fidelidad porque los contenidos te buscan, no al revés

Existen respuestas inmediatas, pero no tiempo ni espacio para reflexionar

Spotify ha sido un punto de ruptura: no hace falta poseer para disfrutar

Hace poco, el novelista Manuel Vicent publicó una biografía del anterior duque de Alba, titulada Aguirre, el magnífico, que fue criticada por su viuda en un artículo enviado a este periódico. A los pocos días, otro diario sacó una página entera en la que se reproducían “los 10 párrafos más polémicos de la obra que ha irritado a la duquesa”. Después de eso, ¿ya no hace falta leer el texto completo para poder decir que uno sabe lo que se cuenta en él?

Algunas personas creerán que lo fragmentario es la única opción en este mundo en el que ya no ganan los más fuertes, sino solo los más rápidos y la paciencia ha sido sustituida por la velocidad; otras verán en ello la negación de la propia cultura, que no consiste en tantear la superficie de las cosas, sino en profundizar en ellas, y su suplantación por una poscultura que, como escribe el profesor Javier Gomá en su obra Ingenuidad aprendida, es el último recurso de unas sociedades en decadencia “cuya única identidad reside, tras el ocaso de Occidente, el eclipse de las ideologías, la muerte de Dios y el fin de la historia, en ser posterior a lo anterior: cultura posmoderna, posindustrial, poshistórica…”. No parece gran cosa, porque una secuela no puede ser un buen punto de partida.

“Es cierto que en Internet ya no se navega, solo se surfea”, dice el director de cine Fernando León de Aranoa, “porque el usuario se ha vuelto promiscuo: al menor indicio de decepción, cambia de ola. Hay menos compromiso, menos fidelidad y por añadidura una mayor pasividad, porque ahora son los contenidos los que salen en tu busca, y no al revés. Eso lo cambia todo, empezando por el periodismo, porque como la volubilidad es una amenaza continua, los titulares de los periódicos se vuelven promesas, ganchos, son un ejercicio de seducción que busca más atraer al lector que enunciar la noticia. ¿Afectará esto también a la música, al cine? ¿Se convertirán los primeros actos de las películas en imanes que garanticen la descarga completa del producto? ¿Empezarán un día las canciones por el estribillo? No sé, pero, de momento, los estímulos e impresiones han reemplazado a la reflexión y el análisis. Supongo que quienes logren articular la información, que parece tan inabarcable, serán los gurús del futuro”.

El mundo de la música es, por ahora, la mayor víctima cultural de la Red, y sus consumidores, habitantes de un mundo en el que vivimos de una parte “sitiados por la abundancia”, como dice el ensayista Marek Sobczyk en su libro recién publicado De la fatiga de lo visible, y de otra hipnotizados por la piratería, que al ponerle el cartel de gratis a los productos culturales les quita todo su valor, son los que más han cambiado, normalmente, para entregarse a la voracidad, porque las descargas legales y, sobre todo, ilegales hacen que casi todo el mundo tenga en su ordenador o su mp3 100 veces más canciones de las que podrá escuchar en un día, un mes o incluso un año.

La cultura del picoteo, del querer meter la cuchara en todos los platos del restaurante para hacerse una idea de su sabor, tiene aquí su máxima expresión y ha transformado por completo a los aficionados, que si antes seguían a un artista en particular o un género específico, ahora lo degustan todo, para hacerse una idea y porque, al fin y al cabo, no hay que pagarlo. “Es evidente”, dice Rubén Pozo, la mitad del grupo Pereza, que en estos días prepara su primer disco en solitario, “que ha aparecido una patología que podría denominarse algo así como síndrome de Diógenes 2.0 y que consiste en la acumulación excesiva y compulsiva de contenidos y descargas. Si yo fuera escritor, tampoco permitiría un resumen de una obra mía. Y estoy seguro de que a un auténtico amante de la literatura no le interesaría leerla. Me aventuro a decir que la gente que no duda en leerse la síntesis de una novela en Internet es la misma que invierte un montón de tiempo en saberse al dedillo la vida y milagros de Belén Esteban. Que tampoco pasa nada, por otro lado”.

Su compañero Leiva, que también prepara su debut como solista, va más o menos por el mismo camino y alerta de los riesgos de la trivialidad: “En esto de la cultura del picoteo, creo que hay algo de querer gustar a todas y no irte con ninguna. De figurar pero no estar. Hay demasiada prisa, gente que parece creer que corriendo en muchas direcciones llegará a estar a la vez en varios sitios, o incluso en todas partes. Creo que harían falta cuatro vidas para escuchar los miles y miles de canciones que acumula la mayor parte de la gente en su ordenador. Peor para ellos, a mí no me interesa saltar de una cosa a la otra, sino oír un disco, por ejemplo, de arriba abajo, tal y como se hizo, y ese es mi sistema de medida: para mí, de Madrid a Bilbao no hay 395 kilómetros, ni tampoco, 70 canciones, sino cuatro discos y medio”.

CONTINUA

Anuncios

Un comentario sobre “Lo probamos todo… ¿sin comprender nada?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s