Cuenta conmigo

El día a día está lleno de compromisos

Imanol Querejeta y Javier Vizcaino – Sábado, 12 de Noviembre de 2011

J.V.: Quitémosle aura legendaria a la palabra: no estamos hablando de actitudes heroicas, de jugarse la vida por algo o alguien. El compromiso puede ser algo más simple y cotidiano. No todos somos Vicente Ferrer o Nelson Mandela.
I.Q.: No, ni hace falta serlo. Cada uno de nosotros tiene su espacio en este mundo y su labor, que es insustituible. El compromiso es algo que, de hecho, ejercemos todos los días de forma inconsciente: todo aquello que hacemos en nuestro trabajo es consecuencia de una palabra dada, de una responsabilidad que hemos convenido en asumir ante nosotros mismos y ante los destinatarios de nuestra labor. En nuestras relaciones personales consiste en no abandonar a la persona a la que le hemos dicho que cuente con nosotros para una tarea pase lo que pase. Es aquello de cumplir la palabra y hacerlo con honradez, no por figurar. Todo ello, sin olvidar que el compromiso nos obliga a criticar a una persona próxima y decir que no a quien queremos si sus propuestas no son de recibo.

J.V.: De todas formas, parece que estos no son tiempos ni para esos pequeños compromisos. Preferimos, en general, ‘no meternos en líos’, ver las cosas desde la barrera.
I.Q.: Así es. Repetimos muchas veces que se han perdido los valores y que ya no hay gente de principios y así nos va. Además, ese argumento que planteas de no meterse en líos es una falacia, porque la mejor manera de meterse en líos es contribuir a generar la falta de solidaridad que lleva aparejada esa expresión y que nos hace estar un poco más solos. Si miramos a otro lado ante una situación injusta, es cuestión de tiempo que nos toque a nosotros estar en la posición del agraviado y lamentarnos de que haya una persona que se apiade de nosotros.

J.V.: Como dices, cuando necesitamos que alguien haga algo o se implique por nosotros, somos los primeros en enfadarnos si no obtenemos respuesta.
I.Q.: Eso de la proactividad lo cultivamos pocos y todos sabemos lo que tenemos que exigir a los demás y, al mismo tiempo, de lo que queremos evadirnos. Es más fácil sacar el dedo índice a pasear y disparar culpas y agravios a diestro y siniestro que mirarnos al espejo y preguntarnos qué es lo que hemos hecho de relevante en el día de hoy, y si eso relevante puede acarrear un beneficio a personas a las que ni siquiera conocemos. Nos falta humildad para reconocer que no somos el centro del mundo, sino una parte importantísima de él.

J.V.: ¿Qué rasgos acompañan a una persona dispuesta a comprometerse y cuáles a otra que no se moja ni debajo de la ducha?
I.Q.: El que se compromete es honrado, valiente, legal, tenaz, crítico, tiene principios, es proactivo y también sincero. No sabe lo que quiere decir la palabra quemarse porque el buen militante, que es lo que es al fin y al cabo un comprometido, no sabe del desaliento ni de imposibles. Por el contrario, el que no se moja ni dentro de la ducha es egoísta, cobarde, poco transparente y falso. Es el que se aburre en cuanto aquello que ofrece a los demás le supone un esfuerzo mantenido y un riesgo.

J.V.: Tampoco hay que exagerar con el compromiso. Hay gente que ve una causa en cada esquina y se mete en todos los charcos. Cuidado con ese complejo de Quijote…
I.Q.: Hay gente muy reivindicativa que va a reclamación por día y que lo que tiene, efectivamente, es mucha suspicacia. Te decía que el comprometido tiene que ser crítico y no puede ser que todo esté mal, ni que se tenga la capacidad de abarcar todos los conflictos. Quien obra así o se mosquea muy fácilmente o no mide bien sus límites, porque hay un refrán que dice que El que mucho abarca poco aprieta.

“Todo tiene un compromiso moral si usted lo sabe encontrar”. Lewis Carroll

J.V.: Y luego están los clásicos ‘Capitán Araña’, que embarcan a la gente… y ellos o ellas se quedan en tierra.
I.Q.: Sí, esos son estafadores a escala de afectos y muchas veces solo se quedan ahí porque no tienen la ocasión de estafar otras cosas. Serían el equivalente al charlatán de las ferias: ofrecen un discurso encendido que luego se queda como la ceniza del cigarro, que no se sabe si es fría o caliente, sólida o no.

J.V.: Hasta ahora, te estaba planteando el compromiso con la sociedad o con la colectividad. Pero también hay compromisos inter-personales. Son diferentes, imagino, del grado de cercanía o relación.
I.Q.: Sin duda. A algo de esto he hecho referencia en una pregunta anterior. Los compromisos más frecuentes se dan con las personas con las que más convives: familia, amigos, compañeros y llevan el calor de la pasión que generan los afectos.

J.V.: Supongo que lo normal es que el compromiso sea asimétrico. Suele ser un motivo muy habitual de reproche en una pareja o entre amigos: “No pones lo mismo que yo”.
I.Q.: No concibo el compromiso entre personas que se quieren si no es simétrico y esto quiere decir que yo voy a hacer lo que tenga que hacer por ti y que seguro que tú vas a hacer lo mismo cuando estemos justo en la posición opuesta. Lo que tú mencionas es un juicio que puede ser cierto, en cuyo caso no hay compromiso por una de las partes; o falso, en cuyo caso, el que emite el juicio está desbordado por una situación y su capacidad de crítica es bastante mejorable.

J.V.: ¿Puede llevar todo el peso del compromiso una sola persona? No parece muy sano.
I.Q.: Lo puede hacer en un momento, o para una tarea porque es el único que está en disposición de hacerlo, pero mantenerse así de forma ininterrumpida es agotador y desaconsejable porque al final se convierte en esclavitud, algo que quedó, dicen, abolido hace mucho tiempo.

J.V.: ¿Hay que verbalizarlo, hablar de ello, o basta con dar por hecho que toda relación incluye un grado de compromiso?
I.Q.: Dar por hecho que en una relación hay compromiso per se, te puede llevar a descubrir de forma brusca que los niños no vienen de París. Creo que hay que verbalizarlo y reeditarlo constantemente para que sepamos cómo se ha gestado la historia de nuestra relación y actualicemos su valor.

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