No bajarse del burro

Las convicciones deben ser firmes pero flexibles. Hay que dejar el enroque solo para el ajedrez; en las relaciones entre personas es mucho más sano utilizar la cintura y admitir con humildad -pero sin humillarse- que no siempre la razón está de nuestro lado

Sábado, 3 de Diciembre de 2011

J.V.- Luego, si procede, los pondremos a escuadra, pero empiezo disculpando a los empecinados: al fin y al cabo es muy humano pensar que se tiene la razón.

I.Q.- Sí que es humano. De hecho, si no creyésemos que estamos en lo cierto no mantendríamos la energía y la actividad orientadas hacia un fin… pero dedicar todo el tiempo a recordar que se tiene razón, en ausencia de opinión contraria y que se quiera imponer sí o sí es una exageración y una distorsión del pensamiento, de esas que generan síntomas. Lo digo porque la razón termina cayendo por su peso y la mayoría de las veces dedicarle demasiado tiempo no sirve más que para desaprovecharlo.

J.V.- De acuerdo, pero sigo haciendo de abogado del diablo: ¿Qué hay de malo en defender firmemente nuestras convicciones?

I.Q.- Nada. Lo que ocurre es que los empecinados se aplican en ello hasta cuando no hace falta y son aquellos que, se esté hablando de lo que se esté hablando, sacan el tema con el “a propósito…” aunque no haya relación entre temas. Ellos a reivindicar lo suyo. Ojo, que hay que distinguir al empecinado del implicado y militante.

J.V.- ¿Ves? Me has convencido. Ya he salido de mi empecinamiento. Es tan simple como atender a razones. ¿Por qué, sin embargo, nos cuesta tanto hacerlo?

I.Q.- Porque cada día nos cuesta más admitir que hay otras personas con puntos de vista válidos y compatibles con los nuestros, y también porque cada día hay más personas que se empeñan en puentear a todo hijo de vecino e imponer sus criterios por decreto, sean o no pertinentes, sean o no justos. En el primero de los supuestos no sabemos negociar y en el segundo, nos vemos obligados a establecer unas normas de respeto con la energía a la que nos obligan.

J.V.- Supongo que hay unas personalidades o unas formas de ser más proclives que otras a la cerrazón mental.

I.Q.- Sí, hay personas que, como se suele decir, se meten en cada charco que ven y son iluminadas, autoritarias, excesivamente normativas y, cómo no, discutidoras. Las hay también indolentes o incompetentes, que generan un conflicto donde no lo hay para desviar la atención de sus carencias y limitaciones hacia otro sitio y, además, culpar a los que les fruncen el ceño de no “colaborar” con sus “brillantes” propuestas.

J.V.- ¿Hasta qué punto merece la pena tratar de hacerles ver que están equivocados? ¿No nos evitamos dolores de cabeza siguiéndoles la corriente?

I.Q.- Depende de lo que esté en juego. Los asuntos de la vida cotidiana hay que dejarlos correr porque, como te decía al principio, la razón cae por su peso. En otros asuntos hay que discutir hasta que quede claro que, cada uno en función de la posición que ocupa en un ranking jerárquico, puede hacer lo que considere oportuno, pero que existe un derecho a exponer las diferencias y la negativa a asumir las consecuencias de aquello que ni se comparte ni se ve conveniente.

J.V.- Lo tremendo es cuando esa persona que no se baja del burro es tu superior jerárquico u ocupa una alcaldía o la presidencia del Gobierno. Ahí no hay forma de librarse de su obcecación.

I.Q.- Por ahí va parte de lo que te decía al responder a la pregunta anterior. Una cosa es obedecer, que a estas alturas del partido todos debemos saber en qué consiste; otra es asumir como propio lo que se considera erróneo. Ahí tampoco se debe discutir; con expresar la opinión y dejarla reflejada donde conste claramente vale. Luego, que cada palo aguante su vela.

J.V.- Una parte de los empecinados van un paso más allá: se convierten en fanáticos. Eso sí que tiene muy mal remedio… además de consecuencias funestas.

I.Q.- Sí, el fanático se guía por la violencia y por los impulsos y se distingue del radical en que este se guía por la crítica (auto y hetero) y expresa sus opiniones tras un estudio, un análisis y una reflexión. Los fanáticos solo ven lo que les interesa y lo defienden con agresividad, que no es lo mismo que con pasión.

J.V.- ¿Crees que es fácil el tránsito de simple cabezón a fanático con todos los sacramentos? A veces, da miedo ver la fiereza con que algunos discuten sobre un penalti o un fuera de juego.

I.Q.- Pues sí se pasa muy fácilmente y eso delata tu escala de valores. Se puede discutir algo con pasión, pero un instante. Cuando ya se convierte en el monotema expresado con la misma violencia de forma reiterada, cuidado. También hay que añadir que el ejemplo que tú mencionas es especial, porque se suele dar en una situación en la que los instintos más primarios salen con facilidad debido al anonimato que concede el estar incluido en una masa de personas.

J.V.- Medicina preventiva para no ser uno de ellos o una de ellas: esa que tanto citamos en esta sección, la autocrítica. Tenemos que someter a revisión lo que pensamos.

I.Q.- Sí, hay que ser vehemente y correoso cuando es preciso, cuando de verdad se ponen encima de la mesa cuestiones importantes, pero siempre con la documentación en la mano y con la reflexión y el sentido común como herramientas de trabajo.

J.V.- Y, por supuesto, admitir como opción que estemos equivocados. Por lo menos, de vez en cuando…

I.Q.- Claro. Nos equivocamos todos los días, pero no equivocarse supone no hacer y ya hemos repetido muchas veces que también se cometen errores por omisión, por parálisis. Admitir el primer supuesto y detectar el segundo nos hace un poquito mejores.

J.V.- Todo lo anterior, claro, sin caer en el extremo opuesto, porque tampoco es muy sano tener ideas que cambian al compás del viento.

I.Q.- Eso es muy peligroso, sobre todo para tus compañeros de viaje, porque quien confíe en una persona de ese tipo corre riesgos importantes. Es muy malo trabajar con personas sin escrúpulos que harían cualquier cosa por salirse con la suya pero que van de cara, que las ves venir y de los que puedes pensar cómo defenderte, pero es mucho peor trabajar con personas falsas, que te mienten, que te adulan mientras esperan obtener algo tuyo y que luego juegan desde tus líneas en tu contra con mala intención. Es como tener al portero de tu equipo vendido al equipo contrario.

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