Explicar y no justificar

Aunque no solemos reflexionar sobre ello, la mayoría de nuestros actos tienen consecuencias tanto para nosotros mismos como para los demás. Ser capaces de asumirlas sin buscar excusas nos convierte en personas responsables

Imanol Querejeta y Javier Vizcaíno – Sábado, 28 de Enero de 2012

J. V.- Si miramos la etimología de la palabra, ‘responsable’ viene de ‘responder’. Se entiende, obviamente, de los propios actos. Ahí ya pinchamos en hueso, porque hay muchísima gente que a la hora de responder sobre lo que ha hecho se encoge de hombros.

I. Q.- Si yo te contase… Hay de todo, también hay quien responde siempre a la primera, admitiendo lo hecho, lo dicho y sus consecuencias. Es una manera fantástica de evitar conflictos y de suavizar las consecuencias de los errores. Pero hay gente que hace las cosas sin cuestionarlas y luego busca justificar lo que ha hecho. La diferencia entre la persona responsable y la irresponsable es que la primera explica lo que ha hecho y la segunda justifica lo que ha hecho (normalmente para cargar las culpas sobre un tercero).

J. V.- A veces, ni siquiera se repara en que nuestros actos implican consecuencias para otros. Te encuentras al que dice: “¿Por qué voy a marcar con el intermitente el cambio de carril, si el coche es mío y los demás ya tiene ojos para verme?”.

I. Q.- Eso es porque hay personas que, además de irresponsables, son ignorantes y se creen que con los papeles de propiedad del vehículo van incorporados otros que le conceden la propiedad de ese espacio público que es la carretera. Desgraciadamente no se sanciona esta actitud con la suficiente severidad.

J. V.- Los irresponsables siempre tienen una excusa a mano: no sabía, no lo vi, pensé que…

I. Q.- Efectivamente. O lo hice sin querer. Ya te lo decía en la primera respuesta: quien es responsable explica con valentía y sin miedo lo que hace y las consecuencias de sus actos sin echar los balones fuera. Los que se justifican suelen pertenecer a una especie que se cree sus propias mentiras y cree que los demás también se las van a creer. Lo que suele ocurrir es que todos tenemos una trayectoria recogida en muchos foros y con mirar las páginas del pasado ya sabemos quiénes somos o quiénes tenemos tendencia a ser.

J. V.- También son especialistas en encontrar chivos expiatorios: Fulanito no me avisó de que era tan urgente, Menganito me despistó porque me estaba mirando, el partido anterior me dejó un agujero en la caja…

I. Q.- Je, je, qué comentario más actual. Todos los que dicen eso llegan adonde están sin que nadie les obligue y, en el primer caso, deberían de indagar quienes son los compañeros antes de aceptar una responsabilidad. Los segundos deben ser lo suficientemente serios y profesionales en su labor como para priorizar una actividad a unas miradas. Y los terceros… pues que hubiesen elegido muerte en lugar de susto…

J. V.- Y luego está la coartada definitiva e irrefrenable: yo soy un mandado o una mandada; solo cumplo órdenes.

I. Q.- Ahí está la ética de cada uno. Hay personas que tienen un perfil que describimos el sábado pasado y que son unos pelotas sin otro criterio que recibir los parabienes del que manda, y cuando las consecuencias de esos mandatos son negativas, venden a su anterior postor y se buscan uno que les dé migajas más sabrosas haciendo gala de una lealtad de papel. Hay otros que son unos facinerosos que hacen cualquier cosa por un beneficio, pero sin tanta dependencia como los que acabo de describir. De esto también hablamos la semana pasada; ambos acaban dentro de una pecera de cristal identificados por todo el que les mira como lo que son, unos mediocres sin escrúpulos. Si algo no coincide con tus principios éticos, denúncialo y no lo hagas; si estás sometido a una disciplina de una organización, si eres un militante de verdad, desde el momento que asientes a lo que te dice una mayoría o tu cadena de mando, eres corresponsable y el que no esté dispuesto a aceptar esto que no milite. Esto ocurre en las familias: en el seno de la familia hay que tomar una decisión que no es unánime y se alcanza un consenso. Luego, si las cosas no salen bien, no vale decir ya lo decía yo, porque desde el momento que asientes ya eres igual de responsable que el resto.

J. V.- Abundemos en esta última excusa, porque a lo largo de la historia ha tenido consecuencias funestas. Es lo que dicen, por ejemplo, muchos torturadores. ¿Renunciamos a nuestros principios éticos si un superior en el escalafón nos lo pide?

I. Q.- Pues eso, que el que no tiene principios éticos acaba en su sitio: la orden será la que sea pero los principios éticos son esos que no se pliegan a la orden de nadie. O los modificas conscientemente y ya eres partícipe de lo que ocurre, o te retiras. Alegar cobardía para justificar que haces daño a otras personas es lamentable. La semana pasada decía que cada uno de nosotros gestiona una pequeña parcela del universo y dentro de ella estamos obligados a resolver problemas, no a generarlos con nuestra indolencia.

J. V.- No sé si con lo que hemos dicho hasta ahora, podemos llegar a la conclusión de que lo más cómodo es huir de las responsabilidades.

I. Q.- Depende: hay personas, entre las que me incluyo, que prefieren participar de lo que se hace y de la toma de decisiones en lugar de lamentar las consecuencias de decisiones que otros han tomado por mí y porque yo me he retirado. No asumir las responsabilidades no nos protege prácticamente de nada y nos cierra el paso a aprender, aunque sea a vencer el miedo.

J. V.- Como hasta ahora casi todo ha sido en negativo, demos la vuelta a la tortilla: también hay mucha gente que no solo no rehúye las responsabilidades sino que se las echa a las espalda y asume hasta las que no son suyas. Son los que debemos elegir como compañeras y compañeros de camino.

I. Q.- Sin duda, esos son los que nos llevarán al hombro el trecho que ya no podamos andar y lo harán estén o no de buenas con nosotros en ese momento. Y ya, si les ayudamos un poquito, contribuiremos a que no les suba la tensión demasiado.

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