África.com o donde bulle la creatividad

Las sociedades africanas fomentan las tareas comunes. Esos espacios interconectados son el caldo perfecto para la emergencia de iniciativas donde coinciden ‘geeks’, emprendedores y activistas. Este es un repaso de las más sorprendentes iniciativas africanas en Internet

FRANCIS PISANI 05/02/2012

Cuántas veces se han preguntado si la innovación se debe al genio de una persona o al ambiente fecundo de un grupo? Siempre interesante y siempre real, esta tensión, sin embargo, no encierra la totalidad de lo que habría que entender. La creatividad también puede ser favorecida en extremo por aquellos espacios donde bulle el caldo propicio. Me refiero a esos lugares, numerosos, donde coinciden geeks, emprendedores y activistas que intercambian sus experiencias e ideas, se contradicen, se estimulan.

Las primeras reuniones de iHub se produjeron en cafeterías. Con el tiempo, se trasladaron a un espacio propio

En Costa de Marfil, los espacios para la creación tienen un ambiente similar a un concierto de rock

En Senegal, donde existe una fuerte tradición comunitaria, es fácil que JokkoLabs tenga éxito, apunta Karim Sy

El Dr. Israel King nació en Abiyán, trabaja para Microsoft y de vez en cuando vuelve a su país como conferenciante

Indudablemente, tienen relevancia específica en África (pero no solamente como veremos más adelante) por la sencilla razón de que tratan de proveer a sus clientes de infraestructuras de calidad a precios abordables. O de un acceso a Internet con banda ancha, un medio de alta conectividad. Paralelamente a esa dimensión de bases técnicas, coexiste otra, de orden cultural: parece corresponder al baobab de antaño. Las sociedades en las que las tradiciones comunitarias están reciamente arraigadas fomentan el trabajo en común… Así lo expresó Karim Sy en Dakar, a propósito de JokkoLabs.net -el espacio de trabajo en conjunto bajo su dirección-: “Nos inspiramos en tradiciones africanas como el ubuntu, la interdependencia de la cual tanto habla Desmond Tutu”, el arzobispo sudafricano, premio Nobel de la paz. La tercera dimensión, como sería lógico para quienes -como Sy- confían, radica en el potencial de las TIC para resolver algunos de los mayores problemas de sus sociedades: el espíritu open source.

No a todos aquellos que instauran sitios de trabajo comunitarios los influencian las tradiciones, por supuesto. Pero tales lugares abundan y pueden dividirse en dos grandes categorías: los espacios de trabajo en conjunto abiertos, o co-working spaces -preferidos por los activistas-, y las incubadoras establecidas por los Gobiernos y grandes empresarios para facilitar la emergencia de start-ups y nuevas empresas.

La paradoja reside en que los lugares creados específicamente para ayudar a los emprendedores tal vez prometen menos que los espacios más abiertos de trabajo en común.

iHub, un caldo de cultivo para ideas e iniciativas

Espacio abierto para geeks, inversionistas, emprendedores y hackers de Nairobi (Kenia), el iHub es un sitio casi mítico para todos los agentes de cambio del continente. Lo asocian con el nacimiento de Ushahidi, el software africano más conocido en el mundo. Utilizado en más de 20.000 casos, permite montar mapas sobre los cuales cada uno puede señalar puntos de gran interés colectivo. Es el caso de las casillas de votación en donde han sido comprobados diversos fraudes (para tal fin fue creado en 2007 en el marco de elecciones generales en Kenia, y fue utilizado también en el Egipto de Mubarak en 2010). Sirve asimismo para localizar los puestos de socorro durante una catástrofe, como el terremoto en Haití o el tsunami en Fukushima, por ejemplo.

Quienes lanzaron el iHub en 2008 formaban una pequeña comunidad que acostumbraba a reunirse, a falta de locales más acogedores, en cafés o salas de conferencias. Hasta que un buen día tuvieron ganas de tener un techo propio.

“No queríamos que Ushahidi fuera el único éxito proveniente de nuestro país”, me explicó Tosh, el comunity manager. “Estábamos convencidos de que, con base en el espíritu open source, nuestra comunidad podría aportar una contribución más substancial”.

A diferencia de otros que comienzan por comprar muebles apenas cuentan con un local, lo primero que hicieron fue instalar líneas de banda ancha (20 Mbps hoy). “La gente nos contactó enseguida, lo cual ilustra la necesidad”. La rápida saturación de líneas disponibles los obligó a reorganizarse.

iHub cuenta ahora con más de 5.000 miembros procedentes de distintos niveles, que se diferencian mediante colores. Los blancos son la inmensa mayoría. Conforman la comunidad virtual y gozan de acceso a la información y a la discusión, pero no necesariamente a los espacios físicos. Los verdes (aproximadamente unos 250) se benefician de un acceso gratis al espacio físico, pero cada año deben someter su candidatura. “Queremos incluir a quienes hacen, no a quienes hablan”, me aseguró Tosh, “y queremos ver qué hacen, cómo sacan provecho de iHub”.

A cambio de una mesa de trabajo “semipermanente” y un armario, hay 10 rojos que pagan 85 euros al mes durante un máximo de 6 meses.

Lo importante es “tener al alcance individuos brillantes, que compartan intereses similares y tengan capacidad para desarrollar sitios web, aplicaciones móviles de calidad. Un sinnúmero de bellos conceptos prorrumpe en conversaciones que se tejen al azar. Lo esencial consiste en tener acceso directo al abanico de ideas que germinan en este espacio colectivo”.

Además de la presencia de otros participantes, parte esencial de su dinámica proviene de los eventos especiales organizados en torno a empresas ya instaladas o individuos notables, y de actividades colectivas tales como conferencias, hackatons y talleres. La cafetería no juega un papel menor.

La receta es mucho menos sencilla de lo que podría parecer, como han podido confirmar todos aquellos que tratan de copiar el modelo. Varios elementos juegan un papel determinante. Los dos primeros, subrayados por el propio Tosh, consisten en el apoyo franco del Gobierno y el hecho de que un gran número de kenianos se interesa por las TIC. Más importante todavía es la preexistencia de una comunidad de “freelances, de colaboradores independientes. Su acción fue la que forjó esta comunidad”.

El financiamiento (millones de dólares en varios años) y los consejos brindados por la fundación Omidyar Network han contribuido sobremanera. También impresiona la existencia de un sector especialmente dedicado a la investigación. Muestra con claridad que no basta con ofrecer líneas de banda ancha a una pandilla de geeks. Hace falta trabajar en el objetivo propio de una agrupación como iHub: cómo ayudar, de la manera más placentera posible, a la gente que tiene ganas de colaborar.

Último punto que merece la pena resaltar, un atractivo no tan extraño como pudiera parecer, es que el iHub sirve de imán para toda una gama de iniciativas ubicadas en otros pisos del mismo edificio: incubadores como Nailab para los emprendedores sociales, o M-Lab para quienes se especializan en telefonía móvil, entre otros.

JokkoLabs: el ‘actiontank’ de Dakar

En Dakar (Senegal), JokkoLabs se distingue como un espacio de co-working no totalmente alejado de la figura empresarial, pero donde los activistas parecen proporcionalmente más numerosos o más influyentes. Es bastante más pequeño que el iHub y dispone de menos recursos. Al igual que su primo de Nairobi, privilegia la acción sobre la reflexión hasta definirse como un actiontank. Consecuentemente, en vez de buscar expertos que ayuden a sus miembros, trata de alentar el intercambio de experiencias. Y enfatiza su beneplácito a la dimensión social de los emprendedores.

Karim Sy, su líder, se inclina por “el emprendedor conectado con conciencia de su interconexión y una sensibilidad real de lo sustentable”. Cree en las tecnologías de la información y la comunicación, en “las soluciones para el futuro” que brindan.

A diferencia del iHub, JokkoLabs no fue creado por una comunidad, sino que aspira a generar una. Reúne una red, pero “una red que está tejida por vínculos débiles”, explica Sy. “No basta. Hace falta transformarlos en vínculos fuertes. Mi papel es sopesar la disposición de candidatos que favorezcan la eclosión de tal comunidad”.

Precisamente la parte más delicada, a la que no se alude con tanta frecuencia, la que solo se consigue con perseverancia y el paso de los años, incluso en Silicon Valley. También ahí la participación responsable cuenta o, por lo menos, ha contado en momentos clave.

El ‘barcamp’ de Abiyán

En Abiyán (Costa de Marfil) encontré lo opuesto exacto del iHub. No me refiero a un espacio, sino a un momento. Fue el 8 de octubre. La sala era pequeña, pero el ambiente se acercaba más a un concierto de rock (o de música tecno, por supuesto) que a una conferencia. Imposible dormitar. Ni el calor, ni el ruido, ni el ambiente electrizado lo permitían.

La diversidad de las intervenciones contribuía. Desde la presentación de Christian Rolland, un hombre de negocios que explicó cómo maneja sus cinco pymes gracias a las TIC, hasta Jean Stanislas Akpossan, un técnico “mil usos” que mostró cómo hackear el hardware a partir de desechos. Tiene la ilusión de montar algún día “una empresa de concepción de todos los aparatos electrónicos”. Bricolaje al cuadrado.

Hasta contó con la participación de un predicador a la usanza del sur profundo de EE UU, el “Dr. Israel King”. Un personaje nacido en Costa de Marfil y emigrado al otro lado del Atlántico -donde aprendió a “poner a Jesús por encima de todo”, aun de la tecnología-, que ahora trabaja para Microsoft y al terminar su intervención dijo que había “dejado el futuro para volver al pasado”: su país natal. También en esto despertó mis dudas.

El público, esencialmente joven (25 años o menos), reaccionaba enseguida ante chistes y provocaciones. Patrick Ehouman, director de Akendewa -la entidad organizadora-, coordinaba juegos entre las presentaciones y distribuía premios. Preguntó, por ejemplo, si alguien sabía si Jeff Bezos era en verdad el fundador de Wikipedia. La respuesta no fue inmediata. Manipulaba, provocaba, hacía trampas, pero arrancaba cantos a la audiencia, gritos, manos alzadas y aplausos como cualquier maestro del Show Biz.

Muchos jóvenes, mucho ruido, muchas risas y un interés intenso que no decreció a lo largo del día. Justamente lo que hace falta para que, con el tiempo, salga de ahí una comunidad de techies que se divierten mientras transforman su país. La pasión está, el calor, y la efusividad del ambiente hace pensar en la “sopa química” de la cual emergió la vida.

¿De dónde vienen las ideas y las innovaciones?

Los incubadores en los cuales cada start-up dispone de un espacio cerrado para desarrollar su producto también son necesarios. Permiten brindar la misma conectividad técnica, además de proporcionar la ayuda profesional de abogados, financieros y consultores en modelos de negocio sin la cual una empresa no puede prosperar. Organizan eventos, facilitan relaciones, pero, frente a los espacios de trabajo más abiertos, carecen de dinamismo creativo.

Paradójico punto, difícil de entender hasta que uno se mete a investigar las condiciones necesarias para la emergencia de lo nuevo. Algo que el autor estadounidense Steven Johnson hace de manera magistral en su libro ¿De dónde vienen las buenas ideas. La historia natural de la innovación (Where good ideas come from. The natural history of innovation).

El autor de Todo lo malo es bueno para usted – ¿Por qué las series de televisión y los videojuegos estimulan la inteligencia?, esta vez nos interna en atmósferas humanas tales como “la arquitectura de laboratorios científicos exitosos, las redes de información de la web o el sistema postal en la época de la Ilustración, así como también en los espacios públicos de las grandes ciudades y hasta en los cuadernos de apuntes de grandes pensadores. Pero de igual manera se ocupa de los ambientes naturales biológicamente innovadores: los arrecifes de coral, las selvas tropicales o la sopa química que dio a luz a esta buena idea que es la vida”. Y de donde extrae siete condiciones propicias para la creatividad.

Ahí encontramos conceptos relativamente obvios como la posibilidad de que un error pueda resultar positivo, o las plataformas abiertas y las redes líquidas e informales. Menos evidente, la noción de “adyacente posible”, tomada del biólogo Stuart Kauffmann, muestra que a menudo lo nuevo nace de la adaptación de cosas conocidas. Gutenberg, por ejemplo, se inspiró en las prensas de vino para inventar la imprenta. La exaptación también cuenta. Es el hecho de utilizar una propiedad o un objeto para fines distintos a los que originalmente estaba destinado. El ejemplo clásico serían las plumas aparecidas en primera instancia para mantener tibio el cuerpo de los pájaros, que posteriormente las utilizaron para volar.

Las innovaciones rara vez son golpes de genialidad que caen del cielo como la manzana de Newton. Son en realidad fruto de slow hunches, presentimientos o corazonadas que se forman lentamente. Nacen tras un largo periodo de gestación, de la unión a otros elementos o circunstancias, esporádicamente mientras se trabaja en otra cosa (gracias a la famosa serendipia de las casualidades venturosas). Aquellos que “empujan las fronteras de lo posible, pocas veces lo consiguen en momentos de gran inspiración. Sus conceptos no nacen de la nada, se incuban y desarrollan con lentitud, en ocasiones tardan decenios. Están imbricados a las ideas, a veces a las tecnologías o a haber entrado en contacto con las innovaciones de otras personas”.

Esto explica la importancia de las redes abiertas como la de aquellos salones y cafés del Siglo de las Luces. Johnson se refiere también a Internet, por supuesto. Lejos de creer que nos vuelve estúpidos (como Nicolas Carr), ve en ella un territorio propicio para la creatividad.

De dónde vienen las buenas ideas… permite entender mejor lo que he descubierto in situ con mi proyecto Winch5. Estamos acostumbrados a considerar como innovaciones únicamente aquellas que caen del cielo, o más bien de Silicon Valley. Pero todas provienen de concordancias, y sus creadores, más que ingenieros, son técnicos mil usos (bricoleurs, gente aficionada a los trabajos manuales como carpintería o electricidad, como lo propuso François Jacob, a quien cita Johnson). Los hay en todos lados, y los más ingeniosos viven a menudo bajo condiciones poco propicias.

Y la Red, a partir del momento en que se tenga acceso a ella, se convierte en una plataforma de conectividad máxima gracias a la cual podemos -desde cualquier rincón del mundo- compartir descubrimientos, dejar que las ideas polinicen y entren en conflicto con otras, descubrir al azar elementos que enriquezcan nuestras lentas corazonadas hasta el punto de producir innovaciones.

Lo impresionante del iHub, JokkoLabs, Akendewa y de todos esos espacios es que logran, cada uno a partir de su propia receta, conectar comunidades reunidas en locales físicos con todas las que utilizan la Red y pisan territorios similares en cualquier parte del mundo. No vayan a creer que son de naturaleza diferente. Para los geeks, el cara a cara no es otra cosa que la comunicación de mayor ancho de banda.

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