¡Qué morro!

imanol querejeta y javier vizcaíno – Sábado, 18 de Febrero
 

Saltarse el turno en una cola, aparcar sobre la acera, ocupar dos asientos en el autobús, pedir un combinado en una ronda de zuritos… son actitudes que vemos a nuestro alrededor todos los días. Todas denotan falta de civismo e insolidaridad por parte de sus autores y, sin embargo, es raro que reciban algún tipo de sanción social

J.V.- Cuando hablábamos hace dos semanas de los depredadores sociales, decíamos que su lema era “si no pisas, te pisan”. El de los jetas (que también tienen mucho de depredadores) es “si no lo haces tú, lo hará otro”.

I.Q.- El problema de los jetas es que no necesitan lema, les resulta incómodo hasta plantearse uno y solo necesitan una ocasión. Hacen las cosas por el mero placer de hacerlas, para satisfacer únicamente sus necesidades y siempre intentando culpabilizar a los que le rodean de todo lo que ellos generan. Lloran, gimen, amenazan, se autodevalúan, pretenden dar lástima, lo que haga falta y si es preciso, todas estas conductas a la vez hasta que consiguen lo que quieren.

J.V.- Detrás de los comportamientos que hemos descrito veo, para empezar, un enorme egoísmo y una total carencia de empatía. Y seguro que hay otros rasgos.

I.Q.- Comparten muchos de los de los depredadores, pero sobre todo un rasgo muy acentuado en los trastornos antisociales de la personalidad, que es la falta absoluta de remordimiento. También la necesidad de mentir, de expresar promesas falsas y solicitud de perdones sin la menor intención de no repetir.

J.V.- Buena parte de quienes actúan así no tienen conciencia de estar haciendo algo que está mal. Al contrario, lo ven como una señal de que son más listos y más vivos que los demás.

I.Q.- Hombre, siempre tienen conciencia de que hacen mal, en lo que sí estoy de acuerdo es en que se comportan de esa manera porque les parece que son los más listos de la clase. Entre los que se conducen de esta manera los hay un poco más listos, los que se callan para seguir obteniendo beneficios; y los un poco menos listos, que son los que alardean de lo que han hecho, dándose con ello a conocer y levantando la liebre acerca de sus hábitos.

J.V.- Decíamos que no hay mucha sanción social. Es más: la picaresca tiene una cierta buena prensa. Y no falta quien dice: “¡Mira ese, qué bien se lo monta!”

I.Q.- Cuando leo esto, miro alrededor, veo lo que hay por doquier y me pregunto si hay algo vergonzante que tenga sanción social hoy en día. Creo que estamos tan desmovilizados que ni tan siquiera pensamos eso de “qué bien se lo monta”, nos da igual. Hay tal cantidad de problemas, que poca gente quiere más. Hay una degradación de los valores de tal calibre que casi nadie reacciona ya ante todo tipo de desviaciones, incluido el jetismo.

J.V.- ¿Por qué, aunque estas actitudes nos revienten, nos comemos nuestro cabreo y miramos para otro lado?

I.Q.- Pues precisamente porque es tan frecuente, en tantos sitios y de manera tan repetida, que al final, si no miras a otro lado, te sube la tensión o se te perfora un divertículo… que mira que yo sé bastante de eso de las respuestas emocionales intensas.

J.V.- ¿Cómo actuar, con mano izquierda, frente a estos personajes? Tengamos en cuenta que cuando se les afea la conducta, lejos de reconocer que han obrado mal, se atrincheran y, como poco, te hacen un corte de mangas…

I.Q.- Pues es muy difícil, porque de otra cosa no saben, pero de cómo hacerse las víctimas sí y lo único que te queda es que si lo que te hacen es algo sancionable con un código en la mano, les puedas denunciar y luego cruces los dedos para que haya pruebas. Lo malo de esto es que tú puedes pedir el procesamiento de un jeta que se pasa muchos pueblos en un comportamiento con el que te perjudica, lo consigues y la sanción o no es de entidad o si lo es, la responsabilidad civil la paga alguna entidad (una compañía de seguros por ejemplo).

J.V.- En ocasiones, como en el ejemplo del que pide combinados en la ronda de zuritos, ese tipo de cosas las hacen personas de nuestro entorno, con las que tenemos trato frecuente. Y aun así, tampoco les decimos nada. Aplicamos lo de ‘Por la paz, un avemaría’.

I.Q.- Eso será en tu cuadrilla. Hemos hablado en esta sección y en su predecesora de que existe una cosa que es la asertividad y que, al menos en los entornos muy próximos, hay que decir lo que se piensa, llamar a las cosas por su nombre e intentar hacerlo de una forma correcta; luego, si el exceso del desahogado de turno es muy escandaloso, podremos explicar que nuestro léxico y nuestro tono sean un tanto ásperos.

J.V.- Una tentación: como los demás lo hacen, hacerlo nosotros también para no ser los pardillos y entrar en la competición de ver quién le echa más morro.

I.Q.- Eso lo he oído muchas veces a personas de bien que luego, porque efectivamente son gente de bien, no lo hacen. Esto, como todo, se aprende, pero no es fácil. En esto de aprender los padres tenemos mucho que ver. Recuerdo con especial desagrado escenas que he visto en todo tipo de eventos en los que padres y madres estimulan a sus hijos a cometer irregularidades a voz en grito (por ejemplo aquello de “¡a la siguiente, que pase el balón, pero el jugador no!”, que tantas veces he oído en competiciones de niños, o lo de facilitar que se cuelen en un espectáculo, o…)

J.V.- De todas formas, cualquiera no vale para tener estos comportamientos. Por fortuna, también hay quien es capaz de dejar el coche tres barrios más allá antes que plantarlo encima de la acera o en una plaza de discapacitados.

I.Q.- Sí. Afortunadamente, de lo poco que queda decente en el mundo es la gente de a pie, y hay muchas personas que se molestan para no molestar y que si llegan a hacerlo es puntualmente y por comodidad. Estas últimas se suelen dar cuenta de que obran mal, pasan mal rato y se disculpan con un buen propósito de la enmienda.

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