Que no cunda el pánico

Las personas más valerosas confiesan sin rubor que también sienten miedo. La clave está en que son capaces de evaluar las situaciones potencialmente de riesgo y afrontarlas sin perder el control ni caer en la temeridad innecesaria

Sábado, 5 de Mayo de 2012 – Imanol Querejeta y Javier vizcaíno

J.V.- Estamos ante una emoción primaria y universal. Todos tenemos una o varias cosas que nos provocan miedo, aunque lo manifestemos en formas y grados diferentes.

I.Q.- Así es, y muchas de esas cosas nos provocan miedo desde la infancia; no con la misma intensidad, pero sí con frecuencia. Normalmente no lo solemos manifestar porque eso de decir que se tiene miedo no parece muy popular, sobre todo, si eres un varón. Ya sabes, los hombres no tienen miedo, ni lloran, ni… qué sé yo cuántas cosas más. Todo ello erróneo. Los seres humanos experimentamos miedo, muchas veces de forma justificada y en proporción al estímulo que lo genera, y otras veces sin causa justificada y/o de forma no proporcional al estímulo que lo genera.

J.V.- ¿Podemos considerarlo una especie de instinto defensivo? Sentirlo nos hace estar alerta y evitar situaciones peligrosas.

I.Q.- Sí, y lo digo muy alto: el miedo es un elemento defensivo siempre y cuando no nos lleve a no poder pensar, que es lo que se llama pánico. Sentimos miedo, todos -absolutamente todos-, cuando intuimos algún peligro para nosotros o para los nuestros y no tiene necesariamente que ser un peligro físico, que ponga en riesgo nuestra vida. Se puede sentir miedo ante la posibilidad de no hacer las cosas bien, de fracasar, o de recibir un no en algo que nos interesa mucho. En ese momento nuestro cerebro activa las glándulas suprarrenales que liberan adrenalina y hormonas. La primera activa nuestro sistema de emergencia y esto se traduce en aumento de la frecuencia cardiaca, aumento de la frecuencia respiratoria, vasoconstricción de los vasos superficiales (por eso perdemos color, sentimos frío y nos sudan las manos). Con esto el cuerpo está preparado para defenderse de las amenazas físicas, pero como el cerebro no distingue entre amenaza real o autoinducida, la respuesta es la misma.

J.V.- Lo malo es cuando son paralizantes y nos impiden tener una vida normal.

I.Q.- Efectivamente, el miedo deja de ser protector cuando no nos deja actuar. Puede ser de forma aguda, que es el pánico (situación de miedo extremo que nos lleva preferentemente a huir sin pensar en lo que hacemos). Y también están las fobias, que nos llevan a evitar situaciones de la vida cotidiana por un miedo crónico a cosas o situaciones que no son realmente peligrosas y que, si nos generan tensión, es porque experimentamos una ansiedad intensa cuando pensamos en ellas de forma anticipada.

J.V.- Hay que distinguir, supongo, entre los que tienen una base racional y los que son irracionales, que serán los que más trabajo os den a los profesionales.

I.Q.- Efectivamente. Ya te acabo de explicar groso modo lo que distingue a ambas. Hay casos en los que el pánico no tiene una causa justificada y aparece por miedo a que te ocurra algo en un lugar concurrido o en el que crees que habría pocas posibilidades de que te ayudasen si te pasase algo. En el caso de los miedos con causa, lo que puedo recomendar es que se piense. Si organizamos nuestra respuesta siempre estaremos más cerca de hacerlo bien. En el caso de que sea de los segundos, hay que consultar con un profesional y ponerse a la tarea cuanto antes, porque si se obra de esa manera el pronóstico siempre es mejor.

J.V.- ¿Se pueden vencer esos miedos ilógicos? Imagino que no hay ni una respuesta ni una receta única. Dependerá de cada persona.

I.Q.- A la primera pregunta te contesto que sí, que las fobias tienen tratamiento y solución. A la segunda también te digo que sí, que hay que adaptar el tratamiento a la persona, a su cuadro y la gravedad del mismo y que no hay ni recetas ni consejos, hay que tratar de forma individualizada.

J.V.- ¿Cómo podemos ayudar a las personas que padecen este tipo de miedos? Me temo que en ocasiones, con la mejor de las voluntades, profundizamos su angustia. Por ejemplo, cuando les hacemos acercarse a un rottweiler para demostrarle “que no muerde”.

I.Q.- Cuando el miedo es por una causa real, acompañándole. Cuando el miedo es irracional y conforma eso que llamamos una fobia, hay que orientarle a un profesional cuanto antes porque, como ya te he dicho antes, cuanto antes se aborde, mejor es el pronóstico. Eso que tú dices de “forzar” a una persona a afrontar el miedo de forma directa es una forma de tratamiento que se llama implosión. No suele ser la primera elección y solo se suele usar cuando la persona en tratamiento lleva mucho tiempo demorando los “deberes” y se ve apremiado por la realidad a afrontar en poco tiempo lo que teme.

J.V.- No pocas veces, los miedos son infundidos interesadamente como mecanismo de control. Si estás asustado te conviertes en alguien dócil y manejable. ¿Se puede luchar contra eso? ¿Cómo?

I.Q.- Sí se puede luchar. En este caso, no dejándose intimidar por las ideas. Una cosa es que alguien te apunte con un arma, que es algo que intimida y que es muy peligroso. Sin embargo, con las ideas no hay que dejarse meter miedo. Muchas personas con rango utilizan el amedrentamiento como forma de dirigir (confunden dirigir con mandar, y la autoridad con el autoritarismo). Conozco algunas personas con responsabilidades públicas que operan de esta manera y que hacen de meter miedo su herramienta de trabajo. Las personas que obran así son cobardes, sin talla y sin ideas que ocultan su bajo perfil enseñando los dientes. Con esa gente la tolerancia es cero.

J.V.- ¿Es correcto clasificar a las personas en “valientes” y “cobardes” en función de su respuesta al miedo o a situaciones potencialmente peligrosas?

I.Q.- Las personas son valientes por cómo afrontan la vida y por cómo superan el miedo a los peligros físicos y a los otros. Las personas son cobardes por muchas razones, entre otras, por esconderse siempre y por abusar de su posición para creerse más de lo que son.

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