Bielsa, el míster maldito

El entrenador argentino ha dibujado un lenguaje propio que trata de contradecir a la naturaleza caótica del fútbol

 
Diego Torres – 21 MAY 2012

Cuenta Javier Irureta que le vio una mañana caminando por la playa de Getxo, en dirección al Ayuntamiento. Era él, Marcelo Bielsa, el entrenador del Athletic, el desconocido más querido en Vizcaya. Iba en chándal, enérgico, dando zancadas rigurosamente regulares, levemente inclinado hacia delante como si el peso de la cabeza, cargada sobre la frente que apuntaba al arenal, condicionase su laboriosa marcha. Irureta se detuvo y pensó en ir a saludarlo, de colega a colega, cuando un transeúnte se le adelantó. “¡Aupa Marcelo!”, le gritó, con fervor. El interpelado apenas giró el cuello hacia la voz que lo llamaba antes de proferir algo parecido a un gruñido. Hecho esto, aceleró el paso y regresó al ensimismamiento, al diálogo interior, a las contradicciones, a lo que parecía una insondable aflicción. Impresionado, Irureta le dejó seguir.

Sabemos que sus amigos le apodaron Loco desde que era un niño. Que se levanta todos los días a las cinco de la mañana. Que busca periódicos, normalmente sin éxito a esa hora. Que sale a caminar. Que a veces alcanza el puerto viejo de Algorta y sube la escalinata hasta la plaza. Que sabe apreciar un chato, un chorizo, unas alubias o un rape al horno. Que gusta mucho de la compañía de viejos aldeanos, de niños, incluso de monjas clarisas clausuradas en un convento en Gernika. ¿Quién sabe, sin embargo, lo que Bielsa va rumiando para sí durante sus frenéticas caminatas rutinarias entre Getxo y Algorta?

Tenía 41 años en el verano de 1996 cuando se encontró viajando por Inglaterra para seguir la Eurocopa. Uno de sus compañeros de jornada fue Jorge Valdano, viejo amigo que por entonces ejercía de entrenador, igual que él. Cierto día, Bielsa buscó la complicidad de su paisano planteándole una cuestión que le quemaba las entrañas.

– Después de perder un partido, ¿nunca has pensado en matarte?

La pregunta causó perplejidad en los presentes. Sobre todo cuando Bielsa razonó la legitimidad del suicidio como una vía de escape.

Desde 1996 ha tenido motivos para matarse y para seguir vivo. Por un lado, ganó un campeonato argentino con el Vélez en 1998 y un oro olímpico como seleccionador de Argentina en 2004. Por otro, perdió el campeonato argentino de 1997, fue eliminado en la primera fase del Mundial de 2002 y perdió dos Copas América. En 2010, como director técnico de Chile, cayó eliminado en los cuartos de final del Mundial. Por último, el 9 de mayo, fue derrotado en la final de la Liga Europea que disputó contra el Atlético de Madrid.

“Estamos acostumbrados a que determinadas causas generen efectos previstos”, advierte Bielsa de forma recurrente para señalar el carácter caótico del juego, uno de los temas que le abruman. “El fútbol es el primer deporte del mundo porque una misma causa puede ofrecer diferentes efectos. La mayoría de las cosas que suceden no son como las imaginamos. Hay mucho de casual. Sin embargo, los que pronostican y aciertan son considerados sabios. En cualquier caso, son atrevidos, no sabios. El que vaticina tiene la misma posibilidad de acertar que de no acertar”.

Si la grandeza de un técnico se midiera por su colección de trofeos, el argentino no ocuparía un lugar relevante. Lo que convierte en extraordinario a este entrenador, lo que le sitúa como uno de los estrategas futbolísticos más admirados y queridos del mundo, es su capacidad para crear un orden distintivo ahí donde va. La campaña que culminará en la próxima final de la Copa del Rey con el Athletic de Bilbao se inscribe entre las aventuras más bellas que ha ofrecido el deporte este año. El éxito reside en el procedimiento. El Athletic juega de un modo enérgico, dinámico, sistemático y atrevido. El público, incluso cientos de miles de aficionados ajenos al club vizcaíno, se ha dejado encantar por el espectáculo.

Cada partido se vive como algo único, un homenaje irrepetible al orgullo de unos jugadores que se entregan hasta el agotamiento en una tarea común que los enaltece. Como hizo en todos sus equipos, Bielsa logra convencer a sus jugadores para sincronizar complejas maniobras de ataque y defensa con una precisión difícil de lograr. La fórmula es única porque corresponde al extravagante cosmos personal de su creador. Es producto de su obsesión por el examen, la casuística y la clasificación.

Descendiente de una dinastía de juristas, jueces y legisladores, Bielsa rompió con la tradición familiar. No estudió derecho, pero intuyó muy pronto que su misión sería la creación de un código propio. Cuando su hermano mayor, Rafael, fue nombrado ministro y constituyente durante el Gobierno de Néstor Kirchner, él ya llevaba 20 años elaborando normas para organizar el fútbol como quien construye un baluarte contra la naturaleza caótica del juego.

“Todos los esquemas de cierta ética jurídica están implícitos en lo que dice Bielsa basándose en el laconismo y en el uso de estructuras anómalas”, observa el sociólogo argentino Horacio González, hoy responsable de la silla que ocupó Jorge Luis Borges como director de la Biblioteca Nacional. A diferencia de Borges, a González el fútbol le inspira gran curiosidad. “En Bielsa hay algo de jurista de una sociedad primitiva. El suyo es un intento de juricidad que no está presente en el fútbol argentino desde que Zubeldía escribió su Táctica y estrategia del fútbol, que en los setenta los estudiantes leíamos como quien lee el Libro Rojo de Mao”.

“Cuando argumenta una cuestión de índole táctica”, dice González, “hace largas elaboraciones lógicas, y a veces se enreda en esquemas no fácilmente inteligibles. Es rupturista con respecto al lenguaje del fútbol que se ha empleado hasta ahora. Jorge Valdano o Víctor Hugo Morales retraducen el realismo mágico para el uso de su relato. Bielsa manifiesta una profunda capacidad de trenzar relaciones de fuerza, un conjunto de tensiones que no tienen una conclusión clara. Esto supone un dislocamiento respecto a la mayoría de los técnicos, que se inspiran en las fuentes de la psicología social estadounidense, más utilitaria, con estímulos morales y materiales muy obvios. En Bielsa hay algo que no cierra. Habla como si se hubiera formado en el posestructuralismo francés. Vemos ese lugar vacío de la filosofía contemporánea, una presencia angustiosa y permanentemente disconforme. Un vacío existencial que él cubre con una estricta estructura moral y que le lleva a chocar con las preguntas de los periodistas, que normalmente buscan obtener pequeñas partículas llamativas, o ridículas, de las personas. Ante esto, él muestra un fastidio que se traduce en un sentimiento de superioridad ética”.

Bielsa dejó de dar entrevistas hace más de diez años. Se limita a conferencias en las que ofrece retazos de su códice. Lo ha compuesto observando situaciones de la competición, comportamientos individuales y colectivos. Aislando gestos, maniobras, decisiones que, aunque soluciones instintivas en su origen, entrañan lo que él considera un ideal futbolístico. Una partícula del juego. Un modelo que, convenientemente expuesto en un campo de prácticas, puede ser reproducible mediante el adiestramiento.

“Me tocó dirigir al Vélez”, dijo, para determinar cómo nació su manual para defensas. “En el segundo partido jugamos por la Copa Sudamericana contra el São Paulo. Y perdimos 6-0. Vi tantas veces el partido para entender por qué habíamos perdido de esa manera… Y de tanto verlo me empezaron a quedar claros los gestos vinculados con la recuperación. Organicé con el tiempo una rutina defensiva: es decir, cómo se recupera la pelota en 17 estaciones”.

José María Amorrortu, el director técnico del Athletic, responsable de la contratación del entrenador argentino, destaca su vocación pedagógica. “Él va recogiendo conceptos”, dice. “No lo hace nadie. Y su forma de entrenar no la he visto nunca. Lo más llamativo es la atención al detalle. La minuciosidad. El rigor. La concentración que precisa para cada uno de los ejercicios. Son situaciones puntuales que luego el jugador debe ir procesando. Control-pase-control-pase… Exige que el futbolista interiorice los procesos más que los resultados. Lleva años y años trabajando en ello. Hoy día es muy difícil organizar algo semejante”.

Amorrortu se detiene en un ejemplo: los centros al área. “Marcelo”, dice, “hace que los jugadores centren en un arco desde ocho posiciones diferentes. Deben dominar todas las partes del gesto técnico desde los diferentes ángulos”.

Bielsa ha aislado 8 clases de centros, 17 formas de defender, 11 modos de definir y 36 tipos de relación mediante el pase, entre una extensa tipificación. El hombre colecciona comportamientos futbolísticos como quien clava mariposas en una urna. Con una meticulosa obstinación maniaca. Cuentan sus amigos que cierto día en un restaurante, entre otros postres, le ofrecieron tarta de pera. Al oír la oferta, se apresuró a inquirir al camarero: “¿Usted sabría decirme cuántas peras incluye una porción?”.

Sus detractores dicen que la tarea del entrenador del Athletic es trágica porque el fútbol es una actividad orgánica sujeta a la aleatoriedad, cuando no a imponderables fenómenos emocionales. “Yo solo puedo influir, en el mejor de los casos, en el 5% del resultado de un partido”, afirmó una vez, con la serenidad de quien acepta su condena. Sabe que controlar el juego es como resguardarse de la lluvia con una hoja de parra. Pero persevera en su obra. Como si no le quedara más remedio.

El paraguayo José Luis Chilavert fue el capitán del Vélez en la época de Bielsa. El técnico le apartó del equipo durante cuatro semanas por insubordinación. Pero Chilavert le recuerda con cariño: “Rompe todos los esquemas porque primero es un gran ser humano y segundo, como entrenador, es muy posesivo. Él no entiende que los jugadores pueden fallar. Él dice que un jugador tiene que ser igual o mejor que una computadora”.

“Para él, un equipo de fútbol es como tener 10 ingenieros que están haciendo un chip para un ordenador”, explica Chilavert. “Los ingenieros se especializan por puesto, desde el lateral izquierdo, los dos centrales, el lateral derecho… Cada uno en su área tiene que jugar al 100%. Después va trabajando línea por línea. Es importante la repetición del trabajo para asimilarlo. Y la inteligencia de los jugadores. No todos tienen la capacidad de recibir tres o cuatro mensajes durante el partido para poder cambiar y jugar el sistema que quiere él. Y cuanta más gente joven tenga dentro del grupo, mejor funciona su esquema. Para él, el Athletic debe ser como cuando llevan a un chico de cuna pobre de Sudamérica a Disney”.

Para Bielsa es Disney. Para sus futbolistas, la experiencia puede resultar más tormentosa. La media de edad de los jugadores de campo del Athletic es de 23 años. Las prácticas en Lezama, la ciudad deportiva del club, se parecen poco a lo que ocurre en otros entrenamientos. El técnico emplea tres campos simultáneamente. Despliega picas, conos, muñecos de goma y decenas de metros de cinta blanca para compartimentar el campo en sectores, cuadrículas y corredores. En cada parcela instruye sobre un concepto. Definiciones, centros desde diferentes ángulos, movimientos coordinados de ataque y recuperación, situaciones de dos contra dos en la banda o salida del balón en largo desde la defensa pueden constituir la rutina de una mañana cualquiera. En el adiestramiento del 1 de marzo, los jugadores siguieron al maestro a través del circuito. Compungidos, atentos, en silencio. Bielsa interrumpió los ejercicios para instruir, con tono académico, o para exhibir una frustración desgarradora. En una ocasión, cuando sus pupilos, o sus ayudantes, no hicieron exactamente lo que él consideraba correcto, estalló. “¡Cinco años llevamos repitiendo esto…! ¡Cinco años… y somos incapaces…! ¡Usted no puede centrar así…! ¡No puede…!”. Se golpeaba los muslos con ambos brazos mientras deambulaba por el campo al límite del paroxismo. Parecía un hombre sacudido por una pérdida irreparable.

“¿Está tan loco el míster como dicen?”, le preguntaron a Iker Muniain, la estrella emergente del Athletic, de 19 años. “¡Más de lo que se dice!”, respondió.

ampliar foto Bielsa da instrucciones a tres jugadores del Espanyol en 1998. / RAFA SEGUI

“Hay días que es un torbellino”, observa Amorrortu. “Tiene una energía, tiene un yo que es tremendo. Muchas veces me pregunto… ¡Este hombre un día va a explotar! Está constantemente dándole vueltas a las cosas. Constantemente. Tiene un nivel de autoexigencia increíble. Una capacidad de observación… Él intuye lo que puede pasar en relación con todo. Está constantemente pensando. A veces necesita alejarse de los jugadores e incluso de su propio equipo de trabajo. Él mismo ha expresado que es agotador. Es difícil porque es muy exigente. Cuida mucho el lenguaje, las formas de expresión. Analiza constantemente las palabras, los gestos, las miradas, los comportamientos. Y exige una coherencia en las conversaciones y en los procesos. Hay que hablar con propiedad y exige que lo que expreses tenga un contenido”.

“Me gusta la palabra asilvestrado”, confesó Bielsa durante un viaje a Zaragoza para ver jugadores, cuando era seleccionador de Argentina. Sacó un lápiz y apuntó: asilvestrado. Bielsa suele disponer de un diccionario que relee en busca de términos que aclaren sus imágenes. “A los jugadores no se les puede dar charlas largas porque pierden la concentración”, dijo, “por eso es importante elegir bien las palabras”.

Selecciona términos, construye manuales y hasta predetermina la duración de los diálogos. Como recordó, perplejo, un entrenador que prefiere el anonimato: “Si él contempla que la conversación debe durar 2.30 minutos y dura 2.35, se va y te deja con la palabra en la boca”.

Las obsesiones de Bielsa dejan huella. Cualquier cosa puede disparar su intransigencia, su alarma o su curiosidad. Incluso un jersey. “Era un suéter”, recuerda Chilavert. “Una sudadera con cuello y manga larga, gris oscura. Un día, en la concentración, me dice: ‘¿Dónde consiguió esa sudadera?’. ‘En Siglo XXI’, le dije, ‘en Manhattan, en Nueva York, que es la mejor ciudad del planeta, para mi forma de ver’. Y me dice: ‘Ah, qué bueno, qué bueno…’. Y se fue”.

“Dos años después me fui a jugar a Francia”, prosigue Chilavert, “y un día, a las nueve de la noche, en Estrasburgo, me suena el móvil. Y me dice: ‘Chilavert, soy Marcelo’. ‘Ah’, le digo, ‘¿qué Marcelo?’. ‘¡Marcelo Bielsa! ¿Se acuerda usted que me dijo que Nueva York era la mejor ciudad del planeta? La verdad, lo felicito, porque estoy caminando por la Quinta Avenida. Es una ciudad fantástica. Recuérdeme: ¿adónde compró esa sudadera?’. Y yo: ‘Se llama Siglo XXI, está al lado de Wall Street…”.

Es probable que nunca sepamos lo que se cruza por la cabeza de Bielsa mientras marcha pisando la arena de la playa de Getxo. Podrían ser las 11 maneras de meter un gol en un juego que ofrece posibilidades infinitas, una nueva norma ética para su construcción moral posestructuralista o incluso una sudadera gris.

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