Cuando somos vinagre

Cada día nos encontramos con mil motivos para indignarnos. Salvo que se tenga sangre de horchata, es imposible evitar el estallido. Pero, ¡cuidado! No debemos pagar nuestro mal humor, aunque sea justificado, con quien no lo ha provocado y tampoco debemos dejar que dure más de lo imprescindible

Sábado, 30 de Junio de 2012  Imanol Querejeta y Javier vizcaíno

J.V.- Una distinción obvia: no es lo mismo tener (siempre) mal humor que estar (en un momento determinado) de mal humor.

I.Q.- Efectivamente, no. Hay quien tiene un rasgo estable que le caracteriza por ser malhumorado y cascarrabias la mayor parte del tiempo, y hay quienes tienen muy mal humor cuando les hacen alguna jugada, o injusticia o algo no les sale bien, por ejemplo.

J.V.- Luego iremos a los permanentemente malhumorados. Vayamos primero con los berrinches que vienen y van. Nadie está libre de esos episodios en los que se echa humo. Es normal tenerlos y me atrevo a decir que, en ocasiones, hasta sano.

I.Q.- Estoy de acuerdo contigo. Muchas veces se genera una tensión que debe ser expresada al exterior. En algunas de estas ocasiones somos capaces de controlarnos, espirar lentamente, controlar nuestros pensamientos y con ellos la ira. Pero otras muchas veces esto no es así. Suele coincidir con esos días en los que se nos van acumulando resultados adversos o tenemos demasiado trabajo y no llegamos al cumplimiento de los objetivos que nos hemos marcado. Esto contribuye a que estemos más irritables y hasta enfadados, pudiendo darse el caso de que nos expresemos de una manera inadecuada.

J.V.- Hay que tener cuidado, eso sí, de no tomarla con el primero o la primera que se nos cruce. Y si lo hacemos, correr a disculparnos.

I.Q.- Tu apreciación es tan certera como difícil de proponer. Hay ocasiones en las que el mal humor se descarga contra alguien que tiene que ver con nuestro calentamiento global, pero en otras ocasiones, si estamos muy estresados, la última persona que entra en nuestro espacio y nos distrae, no digamos ya si es reincidente, es la que se lleva las malas respuestas y los malos modos. Como tú muy bien dices, si hemos increpado al que no tiene nada que ver, hay que pedir disculpas. Si, por el contrario, descargamos nuestro enfado sobre alguien que está en parte o en el origen de nuestra situación, no estoy muy seguro, porque creo que quien debe pedir disculpas es quien comete un error.

J.V.- Tampoco es bueno dejar que se eternicen o se enquisten esos minutos del vinagre. Nos acaba saliendo una úlcera.

I.Q.- No sé si una úlcera, pero desde luego, es una desazón, una inquietud que puede tener repercusiones negativas en la salud. La ira contenida tiene un reflejo físico: se gastan y se fracturan los dientes, se tensa la musculatura, aumentan la tensión arterial y la frecuencia cardíaca, etc. Por ello, hay que aligerar la carga y exponer nuestro disgusto cuanto antes. Suele estar bien advertir a la gente que nos rodea de que no estamos en nuestro mejor momento para que no se enzarcen en una discusión con nosotros. También está bien pedir que nos dejen solos y no nos hagan mucho caso a las formas cuando estamos así.

J.V.- A veces son la profecía que se cumple a sí misma. Intuimos que algo o alguien nos pondrá de mal café… y ¡zas!, ocurre. ¿No sería mejor tratar de evitarlos?

I.Q.- Hombre, en ese caso sí, salvo que la persona que nos está poniendo de mal café lo esté haciendo a propósito sin mala fe (una broma mal medida) y, aún peor, con mala fe (voluntad de hacer daño). En esos casos no solo no hay que evitar a quien nos irrita, sino que hay que armarse de paciencia y confrontar con esa persona para que las cosas no se compliquen y de paso, conozca las reglas que regulan el juego que deben regir la relación con nosotros..

J.V.- Lo que sí es cierto es que hay personas o situaciones que indefectiblemente nos sacan de nuestras casillas.

I.Q.- Sí. No te voy a mencionar tres o cuatro nombres por pura cortesía (mis amigos para este momento ya saben al menos el nombre de dos de esas personas), pero suelen hacerlo, conmigo y con todos.

J.V.- A veces es fácil saber el origen del enfado. Pero más de una vez nos encontramos enfurruñados sin motivo aparente. ¿Puede ser porque el cabreo sea con nosotros mismos y no queramos reconocerlo?

I.Q.- Hombre, cuando estamos muy desbordados de trabajo, los responsables de esta situación solemos ser nosotros, unas veces porque no sabemos decir que no, otras porque hemos hecho una mala planificación de la tarea, y otras porque no sabemos delegar. En esos casos, el enfado es con nosotros mismos, pero se expresa también con los demás.

J.V.- Ahora sí, estamos con los malhumorados permanentes. Los hay de varias clases: desde el cascarrabias que llega a caerte simpático hasta el que tiene necesidad de vengarse del mundo y resulta intratable. Estos últimos, mejor cuanto más lejos.

I.Q.- Los primeros, cuando te caen bien no suelen ser tan cascarrabias y por eso te caen bien, pero los segundos suelen ser los envidiosos de la clase y esos, efectivamente, mejor que estén lo más lejos posible.

J.V.- ¿Por qué son así? Según la versión bienintencionada, por falta de cariño. Pero no cuela.

I.Q.- No hay un solo tipo de malhumorado crónico. Sí que los hay carenciados, es decir, con falta de cariño, pero hay gente mala de verdad que no soporta que a los demás les pueda ir bien y se escudan en un pasado supuestamente triste para justificar sus malos modos. Hay gente que explota muy bien el papel de víctima.

J.V.- ¿Hay alguna esperanza de que se les dulcifique el carácter?

I.Q.- Ya sabes que uno de mis lemas favoritos es que ¡¡Todo es posible!!, pero, la verdad, cuando hablamos de un rasgo, lo que prevalece es esa rabia contra el mundo que suele ocupar la mayor parte del tiempo y presidir la mayor cantidad de vínculos. En estos casos la esperanza se termina perdiendo.

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