Se puede saber idiomas sin viajar (pero no igual)

La máxima inmersión en otra lengua se consigue con estancias largas en el extranjero.La relación profesor-alumno no reproduce del mismo modo situaciones reales en otra sociedad

 
Madrid 15 ABR 2012
 

¿Se puede dominar un idioma sin viajar? Sí, según el ministro de Educación, José Ignacio Wert. No del todo, según la mayoría de los expertos. Lo importante para aprender cualquier lengua es la exposición a la misma. Se puede conseguir un buen nivel, dicen, sin necesidad de vivir en el extranjero, con tesón e interés por aprender. Pero la mayoría coincide en apuntar que para alcanzar un nivel alto —fluido— es preciso viajar a un país donde se hable y vivir situaciones reales. Es necesario que la persona esté obligada a comprar el pan de verdad, reiteran.

Esto contradice la afirmación de Wert, que ha dicho esta semana que son “más eficientes los cursos de inmersión lingüística que se realizan en España, que los de turismo lingüístico que llevan a lugares como Australia, Nueva Zelanda o EE UU”. Este fue su argumento para justificar el recorte en las becas para estudiar cursos de idiomas en verano, que este año están dotadas con la mitad de presupuesto y que el próximo no significarán viajar al extranjero.

“La inmersión en otro idioma en España tiene sus límites”, explica Eusebio de Lorenzo, profesor de Filología inglesa en la Universidad Complutense de Madrid. “Casi todos los alumnos son españoles y, una vez terminadas las horas de su intensivo, socializan y se comunican en español”. Esto no ocurre, dice, si esos cursos se hacen en el extranjero, donde la mayoría de alumnos son de nacionalidades distintas y la única vía para comunicarse entre ellos es la lengua común que estén estudiando. No quiere decir que no se pueda aprender un idioma en España, según el experto, pero asegura que para “pasar del eterno nivel intermedio es imprescindible vivir en la cultura que hable ese idioma”.

Carl Davies, arqueólogo de nacionalidad inglesa y residente en España, tenía ese nivel medio de español gracias a sus estudios en el instituto. Pero reconoce que su castellano lo ha aprendido en sus cuatro años aquí. “La diferencia es el lenguaje de la calle”, dice, “el verbo que nos enseñaban para lo que vosotros entendéis por molestar era fastidiar, que casi no se usa”. Algo parecido le pasó a Nieves Ramos, licenciada en Traducción e Interpretación, durante el año que vivió en Alemania con una beca Erasmus. En clase había aprendido que überqueren significa “cruzar la calle” y era la palabra que utilizaba aunque los alemanes no la usan habitualmente. “Un día andando con una amiga me salió drüber gehen sin pensarlo ni nada, que es el término que ellos dicen”, recuerda. “Para que te pase esto, tienes que estar allí escuchando a gente decir drüber gehen una y otra vez”.

El nivel de dominio de un idioma, qué se considera saber otra lengua, es difícil de definir. El marco común europeo de referencia divide en seis los grados de conocimiento de un idioma, que se acreditan con un examen. Este baremo distingue entre usuario básico, independiente y competente, con dos subniveles cada categoría (A1-A2-B1-B2-C1-C2). Xavier Ballesteros, director de marketing de la School of Languages (ESOL) de la Universidad de Cambridge en España, sostiene que establecer lo que significa “saber un idioma” depende de “para qué se quiere usar”. Pero apunta que un nivel B1 sería “operativo”. Esto es: comprender los puntos principales de un escrito sobre cuestiones conocidas, desenvolverse en la mayor parte de las situaciones durante un viaje y poder producir textos sencillos y coherentes sobre temas familiares.

Los expertos coinciden en que “es posible aprender” idiomas sin viajar. “En España hay excelentes profesionales”, recalca más de uno. La diferencia de opiniones surge cuando se trata de establecer si es más efectivo, como afirmó Wert, estudiar en casa. Cristina Naupert, profesora de alemán en la Universidad Complutense, lo tiene claro: “Si quieres dominar un idioma es mejor vivir en el país donde se habla. Ir a trabajar o estudiar, pero comunicarte en la vida real”. Ballesteros, de Cambridge ESOL, cree que se puede dominar un idioma sin necesidad de viajar, pero con esfuerzo. Un criterio intermedio es el de Julio Larrú, profesor de inglés (recientemente jubilado) con 46 años de experiencia en la Escuela Oficial de Idiomas, que afirma que se puede alcanzar un nivel “bastante bueno si se empieza desde pequeño”, pero considera que la práctica en otro país es necesaria para “soltarse”.

Alba Martín, estudiante de Derecho y Políticas en la Universidad Autónoma, no cree que le haga falta vivir en Estados Unidos para perfeccionar su inglés, que considera “consolidado”. Tiene un nivel certificado C2 (el más cercano al bilingüismo) y su estancia más larga en el extranjero ha sido unos días de vacaciones en Londres. Pero no lo ha conseguido sin esfuerzo y una inversión económica que no está al alcance de todos: ha tomado clases semanales con un profesor particular desde los tres años. Ahora mantiene su inglés con una cita mensual, leyendo y viendo películas en versión original. Estudió en el Colegio Alemán, donde asegura que el método para aprender idiomas es más eficaz que en el sistema educativo español, que “se centra en la gramática y el nivel es más bajo”.

Noemí M., periodista, ha elegido una opción “asequible” para estudiar inglés. Este año ha empezado el tercer curso en la Escuela Oficial de Idiomas (OIE). Aunque reconoce que recibe “una enseñanza muy correcta y bastante completa”, cree que lo mejor para “desenvolverse” es viajar. “En la EOI aprendes lo académico: hablar ya es otra cosa…”, comenta. “Sin práctica continua, el inglés no se aprende”.

El aprendizaje de idiomas es un “objetivo fundamental en la formación integral del alumnado”, según indica el Ministerio de Educación en la convocatoria de las becas de estudios lingüísticos. Pero no está al alcance de numerosas familias sufragar el coste de las clases, los viajes y los programas en el extranjero. Por eso se establecen ayudas económicas, que este año llegarán a menos estudiantes. El presupuesto para estudiar inglés, francés o alemán en verano se ha reducido a la mitad respecto al año pasado (de 51 millones de euros a 24,5). La dotación más importante (20 millones) es para universitarios que quieran realizar esta formación en el extranjero. Modalidad que desaparecerá en 2013.

“Llegamos a una situación en la que solo se irán chicos de familias que puedan pagarlo”, comenta Naupert, profesora de alemán. Esta situación ya ocurre con las becas Erasmus, conocidas como las “de los padres”, porque son los que completan la dotación de 105 euros al mes que aporta la Comisión Europea, más una cantidad subvencionada por el Ministerio de Educación —172 euros mensuales en 2011— y otra que pone la universidad y que varía según el centro. Andrea Castelló pasó medio año en Hungría con los 390 euros al mes de su beca. “Me podía apañar porque es más barato, el piso me costaba 60 euros”, dice. Para ella fue “fundamental” vivir fuera para aprender húngaro, idioma que nunca había estudiado. “Ahora puedo mantener una conversación perfectamente de cualquier tema”.

Pero viajar no es una receta mágica. También requiere esfuerzo. No vale solo con estar. “Es necesario que la persona se integre totalmente en la cultura del idioma. Cuanto más lo haga, mayor profundización idiomática alcanzará el estudiante”, dice el profesor De Lorenzo. Así lo cree también María del Rosario Coronado, auxiliar de conversación en un instituto en Francia, país donde cursó su último año de carrera con una beca Erasmus. “Un idioma no es solo un sistema de signos, letras y palabras ordenadas, es el reflejo de una forma de pensar, entender la vida y comportarse en el mundo. Un idioma forma parte de ese todo, y es preciso conocerlo para entender por qué expresamos algo de una determinada manera y no de otra”. Vivir en otro país es además una experiencia de vida que no viene en los libros, comentan los estudiantes que lo han experimentado.

En la práctica, saber idiomas, es útil para viajar y buscar trabajo. Un 27,5% de las ofertas de empleo de 2011 requerían el conocimiento de otra lengua, según un estudio de la empresa de recursos humanos Adecco. De ellas, la mayoría (72%) solicitaba candidatos con dominio de inglés. Para Nieves Ramos, licenciada en Traducción e Interpretación, fue fundamental saber idiomas para conseguir su puesto. Trabaja en Escocia en el servicio de atención al cliente de una empresa de venta de productos por Internet al Reino Unido, Alemania y España. “No podría desempeñar esta labor si no hubiera vivido dos años en Alemania”.

Las empresas demandan cada vez más trabajadores multilingües. Según Nuria Rius, directora de Servicios de Adecco, no dan más importancia a un título que a una estancia en el extranjero para escoger un candidato u otro. “Un certificado es una prueba objetiva de que la persona tiene un determinado nivel, pero eso no significa que otra pueda tener un inglés más fluido”, observa Rius. Lo esencial es que tenga el nivel que demanda la empresa, independientemente de si lo ha aprendido en una academia o durante un viaje de estudios.

Los niveles de idiomas en la UE

E Usuario básico. 

A1. Comprende y utiliza expresiones sencillas para satisfacer necesidades inmediatas.

A2. Entiende frases cotidianas sobre cuestiones conocidas (familia, compras, ocupaciones, lugares)

E Usuario independiente.

B1. Conversación: sabe desenvolverse en la mayor parte de situaciones durante un viaje. Lectura: comprende textos en lenguaje estándar si son cuestiones conocidas. Redacción: puede producir escritos coherentes de temas familiares.

B2. Conversación: puede relacionarse con nativos en un grado suficiente de fluidez. Lectura: entiende las ideas principales de textos complejos tanto de temas concretos como abstractos. Redacción: es capaz de defender puntos de vista de temas generales en un escrito.

E Usuario competente.

C1. Conversación: sabe expresarse de manera fluida y espontánea sin muestras de esfuerzo. Puede hacer un uso flexible del idioma para fines sociales, académicos y profesionales. Lectura: puede reconocer los sentidos implícitos en textos con cierto nivel de exigencia. Redacción: sabe escribir textos bien estructurados sobre temas de cierta complejidad.

C2. Es capaz de comprender con facilidad prácticamente todo lo que oye y lee. Sabe reconstruir la información y los argumentos de diferentes fuentes, ya sean orales o escritas. Puede expresarse espontáneamente, con gran fluidez y gran precisión en los matices.

El valor del conocimiento

Estudiar prepara para afrontar mejor cualquier circunstancia, incluido el desempleo

El afán de aprender y la ética del esfuerzo, valores necesarios al margen del título

 

El estudio requiere una disciplina personal que ayuda a conformar el carácter y a forjarse una visión de la realidad que facilita afrontarla en el futuro, sean cuales sean las circunstancias. Esta es una de las primeras premisas que resaltan los que trabajan con el conocimiento todos los días, bien sea desde la tarima de una universidad, en un puesto de selección de personal o analizando los datos que reflejan cómo el nivel de conocimientos afecta en positivo tanto a la hora de encontrar un empleo como a la de ascender en la escala laboral.

Los expertos en recursos humanos de las empresas inciden, sin embargo, en que el conocimiento va más allá de la mera formación académica. Tanto o más que la titulación obtenida, valoran la actitud del candidato hacia el aprendizaje constante. Y la cultura del esfuerzo.

En un momento de dura crisis, las cifras reflejan de manera persistente que los más sacudidos por el desempleo son quienes tienen menos estudios. La tasa de paro entre los jóvenes universitarios es tres veces inferior a la de los titulados en ESO: 11,5% entre los titulados superiores que tienen entre 31 y 35 años, frente al 28% entre los que tienen solo la ESO. Los porcentajes son del 18% y 31%, respectivamente, entre los que tiene 25 y 30 años, según datos de la encuesta de población activa correspondientes a 2011.

Entre los jóvenes de 25 a 35 años (es decir, con edad para haber terminado los estudios) que tienen bajo nivel de formación, la tasa de paro está muy por encima de la general de toda la población, que es del 21%, mientras que en el caso de los jóvenes licenciados y graduados sucede al revés. Por tanto, es un hecho que tener título superior protege más a los jóvenes.

Al comparar este dato con 2007, en los inicios de esta crisis, se ve que entonces la diferencia era mucho menor. El perfil de los jóvenes más azotados por el desempleo es claro: de clase social baja y con un nivel de estudios no universitario.

Pablo Solera cree que, en su caso, la clave ha estado en la especialización. “Mi experiencia es que hay que especializarse y esforzarse. En informática somos mucha gente y hay un montón de profesionales muy buenos. Hay que echarle muchas horas y estar muy al día, trabajar por tu cuenta en casa para enterarte de qué está cambiando. Es una profesión que, con unos conocimientos de base, te ofrece la posibilidad de mejorar en casa investigando por tu cuenta”. Se fue a Londres porque siempre quiso trabajar fuera de España, vivir esa experiencia. “No es por dinero, porque aquí no vienes a ahorrar”, relata por teléfono. “O me iba ahora, con 31 años, o no me iba a ir nunca”. Habla muy bien inglés, es lo único que le pedían. Y dice que la informática le apasiona. Lo que cuenta de su entrevista de trabajo es revelador: “No me preguntaron qué había estudiado, con qué notas, ni dónde. Yo no fui un estudiante brillante. Una persona empezó a hablar conmigo para averiguar qué sabía y qué no. Y me cogieron”. Trabaja en Sword Group, una multinacional francesa. Y en estos últimos seis meses ha viajado a hacer trabajos de consultor a Nueva York, Austria, Francia y a 10 ciudades de Reino Unido.

“A pesar de todo, compensa estudiar, está claro, porque la crisis a quien más está afectando es a quien no tiene estudios, según se refleja en los datos”, explica José Saturnino Martínez, profesor de Sociología en la Universidad de La Laguna y experto en educación y desigualdad y en mercado de trabajo. “El nivel de formación tiene otras ventajas, las demandas de las personas con más estudios tienen más visibilidad política (como las del Movimiento del 15-M) y disponen de más acceso tanto a la información y a la cultura y a la salud, según se ve en las encuestas”, afirma.

“Cuando se habla de mileurismo en general hay mucha gente a la que se olvida”, prosigue Martínez. Y lo explica. El debate sobre los jóvenes universitarios que ganan menos de 1.000 euros y trabajan en puesto de menor cualificación oculta otro problema, que a quien más afecta es a las clases sociales más bajas.

Los datos reflejan además que entre los que ganan menos de 1.000 euros hay que destacar el origen social, al que muy a menudo va ligado el nivel de estudios. La encuesta de condiciones de vida del Instituto Nacional de Estadística (INE) y Eurostat de 2009 concluía que esta crisis económica está afectando más a la gente que tenía ya antes ingresos bajos y estaba en condiciones más precarias que a las clases medias. Además, cuando se analiza la situación de los jóvenes mileuristas, se ve que el 60% de los chicos con nivel bajo de estudios tienen todas las papeletas para serlo frente al 20% de los que tienen formación universitaria, aunque en el caso de las chicas no se aprecia tanta diferencia.

“Hablar de los universitarios mileuristas como un grupo más o menos homogéneo es un error, porque hay fracturas por origen social y de género. Distintas carreras tienen expectativas laborales diferentes, no es lo mismo la que dirige a un oficio (como Medicina) que la que es de cultura general (como Filosofía), no todas tienen la misma empleabilidad. Y concluye aportando un dato importante: la crisis de los años noventa afectó a todos los jóvenes por igual, se ve en los datos, el nivel de estudios no protegía nada del paro, al revés que en la crisis actual”, concluye Martínez.

El profesor del Departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento de la Universidad de Valencia y expresidente de la Sociedad Académica de Filosofía, Vicente Sanfélix, aporta su perspectiva e ideas para los jóvenes desde el conocimiento. “En igualdad de condiciones siempre tiene más oportunidades laborales quien mejor y más formación tenga. Siendo inmenso el paro juvenil, es menor entre los titulados universitarios”, señala. En su opinión, no hay dudas de que merece la pena estudiar lo más posible y hacer una carrera, a pesar del alto nivel de paro y del hecho de que muchos estén realizando empleos para los que se requiere mejor cualificación de la que tienen. “Hace ya tiempo que los estudios universitarios empezaron a dejar de ser un medio de ascenso en la escala social. La crisis puede haber agudizado esta tendencia. Pero también puede tener su parte positiva. Quizás los estudiantes podrían empezar a dejar de elegir los estudios a realizar en función de sus supuestas salidas y a guiarse más por sus intereses intelectuales y vocacionales”.

El profesor Sanfélix opina que “se debería empezar a separar el concepto de rentabilidad del estudio”. “O en todo caso no dar a ese término, si es que queremos seguir empleándolo, un significado eminentemente economicista. La formación universitaria —y subrayo la palabra formación, que no es lo mismo que la mera instrucción y mucho menos una mera transmisión de información— debiera proporcionar algo tan valioso que no tiene precio: una comprensión mucho más compleja de la realidad”.

Las personas con más conocimientos, y no necesariamente solo estudios formales, están más preparadas para afrontar las cosas que les sucedan en la vida. Desde una entrevista de trabajo hasta la asunción de responsabilidades laborales y personales, pasando por la propia situación de desempleo. “Sobre todo”, insiste Sanfélix, “si lo que proporcionara la universidad fuera más una formación que una mera instrucción”. “En cierta manera es este el presupuesto con el que trabajan las universidades en ciertas sociedades (por ejemplo, la británica)”, añade este experto, “en las que se suele considerar que un título universitario, con independencia de la disciplina en que se otorgue, es un serio indicio de que la persona que lo posee estará en disposición de desempeñar un trabajo con mayor eficacia, aunque en principio pueda incluso carecer de los conocimientos específicos que ese puesto requiera”.

A los desanimados o escépticos con seguir estudiando o empezar una determinada formación, Sanfélix les recomienda, en primer lugar, que escojan lo que más les guste, sin pensar en las posibles salidas profesionales. “También que piensen que la formación les hará menos manipulables y más dueños de sí mismos. Y, por último, les invitaría a que consideraran que la crisis económica debiéramos aprovecharla para considerar la posibilidad de otras formas de vida, en que las fuentes de disfrute y satisfacción personal no tendrían por qué estar ligadas al incremento indefinido del consumo, tal y como la cultura actualmente vigente quiere inculcarnos”.

Lo que está claro es que a mayor nivel de estudios más posibilidades se tiene de acceder a puestos de mayor responsabilidad y, por tanto, de mayor retribución. Este es uno de los primeros aspectos que destaca el director de Recursos Humanos de Adecco, Carlos Viladrich, acostumbrado a la selección de personas tanto para su empresa como para muchas otras. “Es innegable que la formación te da la posibilidad de aspirar a mejores retribuciones; ahora bien, el nivel de estudios tampoco garantiza de forma inmediata acceder a un puesto de trabajo acorde con tu formación porque en la actualidad no hay oferta laboral que dé respuesta al nivel de cualificación. Y la consecuencia es que hay gente sobrecualificada con niveles salariales bajos”.

Pero Viladrich aporta otra idea relevante para los jóvenes: “Lo que has estudiado es importante, pero lo es más lo que significa para ti lo que has estudiado. Es decir, cuál es la motivación por el aprendizaje de una persona. Esto tiene que ver con la solidez cultural. Un joven puede haber estudiado Bellas Artes, por ejemplo, y no tener conocimientos específicos para un determinado puesto. Pero si estos los puede adquirir una vez está en la empresa y transmite que tiene inquietudes por el conocimiento, por el saber, eso es más importante a la hora de seleccionarla que su formación previa”. La razón es que “una actitud inquieta ante el conocimiento se replica en el puesto de trabajo, es una actitud ante la vida en general, y la tienen personas que luchan luego por aprender más, por mejorar, por producir mejor y por asumir una responsabilidad”. “Cuando ves a alguien con esa actitud suele estar relacionado con su capacidad de relacionarse y de influir en los demás (sean compañeros, jefes o subordinados)”.

Respecto a estudiar una carrera universitaria, Viladrich dice que en tanto requiere esfuerzo es relevante ante un empleador porque “la gestión del esfuerzo es tan importante como la gestión del talento, sea para ser directivo o servir comida en un restaurante”. “La actitud ante el trabajo es clave para ser seleccionado”.

¿Pero todo esto no tiene que ver con el talante inquieto y sociable natural que tienen algunas personas, muchas veces vinculado además con un entorno que favorece estas inquietudes? “Desde luego que sí”, dice Viladrich, “pero se puede aprender, una vez que se sea consciente de las carencias que se tienen. Por ejemplo, con cursos de desarrollo personal, sobre cómo hablar en público, con coaching (el seguimiento de un experto para potenciar tus valores y crecer personal y profesionalmente) o mentoring (el apoyo de un experto o mentor para mejorar en una disciplina concreta), es decir, con entrenamiento y formación”. Además, estaría bien, concluye este experto, que estas competencias (de hablar en público, de trabajar en equipo, de aprender a conocer tus puntos fuertes,…) se potenciaran lo más posible en los centros educativos.

Pablo Mazo reconoce que merece la pena estudiar. Al menos para él ha sido algo “valiosísimo”. Lo ha comprobado en los últimos ocho o nueve años. Tiene 34 años y es un ejemplo de que estudiar compensa. Ahora gana más de 1.000 euros después de que, con 28 años, se animara a fundar una editorial con dos amigos que había conocido años antes en el Colegio Mayor Chaminade de Madrid. Su apuesta por Periodismo y Filosofía no le ha salido nada mal, “después de mucho esfuerzo”, matiza. Lo dice después de que se embarcó en el doctorado de Periodismo, con lo que la salida laboral parecía ser la docencia, explica. Su tema de tesis era El análisis semiótico de utopías negativas, es decir, como las que se cuentan en 1984 o en Un mundo feliz. “En esos años leí mucho y aprendí mucho. Es verdad que eres un privilegiado porque puedes estar 10 años estudiando y viviendo en casa de tus padres, pero, aun así, eso tampoco te garantiza nada.

Aunque es difícil decir en qué radica su éxito, hay varios factores que tienen que ver con las cualidades que exponen los expertos. Ambos, Pablo y Daniel, han elegido una profesión vocacional, como recomendaba Vicente Sanfélix. Eran unos locos de la literatura ya en el colegio mayor, según confiesan. También demuestran una gran pasión por aprender, por el conocimiento, como apuntaba Carlos Viladrich. No parece casualidad. Pero además, como cuentan ellos, querían montar “un proyecto empresarial viable”. “Se podría decir que hemos tenido una actitud conservadora económicamente, basada en no gastar lo que no tienes”, explica Daniel. “Ahora”, puntualiza, “el primer año fue una locura, trabajábamos sin horario, nos quedábamos dormidos sobre la barra espaciadora… Es tu proyecto y luchas para que salga bien”.