¿No estaba el futuro del empleo en la formación?

Empresas y entes públicos rebajan las inversiones para el reciclaje continuo de sus plantillas La crisis castiga una partida que se juzga vital para un cambio de modelo productivo que ayude al crecimiento

Carmen Sánchez-Silva 15 MAY 2012

El discurso es repetido de manera insistente tanto en España como en el resto de Europa. Un trabajador más formado es más empleable. Lo afirma la actual ministra de Trabajo y Seguridad Social, Fátima Báñez, y antes se han hartado de repetirlo quienes defienden un cambio del modelo productivo basado en el conocimiento.

Sin embargo, y mientras cerca de la mitad de las empresas europeas se quejan de no tener el personal cualificado que necesitan, solo 2 de cada 10 piensan incrementar este año su inversión en formación de la plantilla. Peor aún, el 72% de los responsables de las 500 compañías consultadas por Accenture considera necesario elevar el presupuesto para la formación de sus empleados para ganar competitividad, pero el 86% de los mismos ha hecho justamente lo contrario de lo que propugna, recortando esta partida debido a la crisis.

Son las paradojas del mercado laboral, señala la consultora, que concluye que las empresas no están sacando partido de los conocimientos de muchos de los 23 millones de empleados que existen en Europa, ni tampoco de los 15 millones de personas económicamente inactivas. Y no parece que sea el momento de perder el tiempo.

Menos aún en España, donde “el 58% de la población activa carece de acreditación de su cualificación profesional. Trece millones y medio de trabajadores no están preparados profesionalmente para el empleo que realizan”, según Francisco Aranda, presidente laboral de la Confederación Empresarial de Madrid (CEIM). Añade: “Si queremos huir de la crisis, es condición indispensable dirigirnos hacia una economía de servicios basados en el conocimiento a través de la formación”.

Pero estos son los hechos. La formación continua, ese derecho que tenemos todos los trabajadores en España, pues lo financiamos con nuestras cotizaciones a la Seguridad Social (y la aportación, mayor, de las empresas), ha sido una de las primeras partidas presupuestarias que las compañías han recortado durante la crisis, como ocurre tradicionalmente. Si en 2005 los gastos de formación que realizaban las empresas suponían un 1,20% del total de los gastos de personal, en 2010 se habían situado en el 0,68%, según los datos del Club de Benchmarking de Recursos Humanos de IE Business School. Es decir, está en niveles de hace 10 años, cuando el 75% de la plantilla recibía formación durante el 1,3% del tiempo de trabajo anual. “Ha bajado tanto el gasto total, como el gasto por empleado, el número de personas formadas y las horas de formación recibidas”, señala Pilar Rojo, directora del centro de investigación de IE.

Aún sin los datos definitivos de 2011, y mucho menos de este año, las previsiones no son nada halagüeñas. La formación permanente sigue perdiendo peso. En 2012, el presupuesto podría caer entre un 20% y un 30% más, según las últimas encuestas realizadas entre los empresarios.

Mariano Baratech, presidente de la consultora Élogos, que anualmente mide el estado de la formación en España, sostiene que las grandes empresas han pasado de destinar 1.000 millones de euros anuales a la formación de sus plantillas, en 2007, a los 550 millones que se van a invertir este año. “Supone una caída del 45%”, calcula. Por eso no es de extrañar que haya entidades, como el BBVA, que lancen una nota de prensa para difundir que mantienen en 2012 la inversión en formación intacta, en 41 millones de euros, tanto en periodos de bonanza como en periodos de crisis. Presume de ser una excepción.

Aunque cada vez invierten menos en formación, las empresas reciben cada vez más fondos bonificados para desarrollarla. Al menos las grandes y medianas compañías españolas, que son quienes recurren a las ayudas públicas y quienes destinan fondos a cualificar o actualizar permanente a su personal. De hecho, la de las empresas es la única partida que crece de los presupuestos dedicados a formación por parte del Gobierno. Para 2012, contarán con 560 millones de euros de los Presupuestos Generales del Estado, un 8% más que en 2011.

Ese aumento es un espejismo dentro de las ayudas públicas a la formación de ocupados pendientes de aprobar por el Parlamento. En total, caen un 33%, pasando de 1.430 a 950 millones de euros, según el nuevo director gerente de la Fundación Tripartita, Alfonso Luengo. Quien destaca que, para el Gobierno, la formación estrella “es la formación de demanda, la formación de empresas, que es la que más recursos públicos consume; la que más les gusta a los empresarios y la que tiene un mayor margen de mejora sin elevar los costes del sistema”.

Donde el Gobierno ha recortado drásticamente el presupuesto es en los fondos destinados a la formación continua de los trabajadores gestionados por empresarios, sindicatos y Estado a través de la Fundación Tripartita, que se rebajan un 56%, de los 412 millones de euros aportados en 2011 a los 184 millones previstos para este ejercicio.

Unas bonificaciones dirigidas a los trabajadores ocupados que se están desviando hacia los desocupados, porque “hay formas de actuar en favor del empleo desde la formación. El Ministerio de Empleo ha decidido reorientar el presupuesto hacia la lucha contra el desempleo, hacia las políticas activas de empleo dirigidas a los parados desde la formación”, precisa Luengo.

Empleo ha optado por reorientar el presupuesto a la lucha contra el paro

El director gerente de la Fundación Tripartita, que lleva apenas tres semanas en el cargo, no oculta que la mala imagen que lastra a esta formación (denominada de oferta), “y la necesidad de cambio en el sistema, que es claramente percibida por agentes, usuarios y proveedores del mismo”, han llevado al Gobierno a dar entrada, además, a nuevos participantes en la gestión de los recursos y en el diseño de las políticas en la formación, a los denominados centros y entidades de formación homologados que introduce la reforma laboral, que destierran el histórico monopolio de los agentes sociales en la gestión de estos cursos.

“El sistema no falla porque haya crisis, sino porque no contribuye al empleo ni a aumentar la empleabilidad de los ocupados. Y esto es un escándalo. Por ello es bueno hacer que sea más transparente y abierto, permitir una mayor concurrencia”, sostiene Luengo. A su juicio, la reforma del sistema pivotará en la profesionalización de las entidades que intermedian, la simplificación de los trámites, la implantación en las microempresas y, sobre todo, aquellos puntos que permitan incrementar la eficacia de los cursos sin aumentar sus costes.

Eficacia. He ahí la madre de todas las batallas. Que los recursos que se dedican a la formación continua sirvan para tener una población laboral más cualificada y, por tanto, más empleable. Los indicadores de la Fundación Tripartita no lo demuestran, sí miden la “gran” satisfacción de los empleados, pero no la adecuación a su puesto de trabajo. Más aún, proyectos piloto prueban que se puede hacer formación a un precio seis veces inferior al que se paga actualmente.

Las empresas también tienen mucho que aprender tanto en la adecuación de la formación del empleado a su puesto de trabajo como en la métrica de esta eficiencia. “Es verdad que se ha reducido muchísimo la inversión en formación en España. Lo cual no quiere decir que, en muchos casos, que haya menos esfuerzo formativo, porque la formación ha cambiado muchísimo en los últimos años. Ahora se está pegando al terreno y se está produciendo un solapamiento entre trabajo y formación”, señala Diego Sánchez de León, socio de Accenture. Y pone como ejemplo su trabajo para el lanzamiento de productos y servicios en Telefónica, que se aborda mediante grupos de trabajo interdepartamentales que aprenden unos de otros mientras sacan un producto al mercado, una formación, añade Sánchez de León, que se contabiliza como inversión de negocio.

“La formación ha cambiado”, dice un experto. “Se solapa con el trabajo”

Según el socio responsable de talento y personas de Accenture, actualmente, la responsabilidad de formarse recae sobre el individuo. Depende de él, ya que las empresas ofrecen menos formación programada y abanderan el autoestudio.

Para Francesc Fábregas, director general de la consultora de formación GEC, “la orientación de la formación continua ha cambiado. Antes el objetivo era enseñar inglés y habilidades a las plantillas y hoy se imparte formación orientada al negocio. Se ha pasado de cursos generalistas para todos los empleados a formación específica para determinados colectivos”. Y aquí los equipos comerciales se llevan la mejor parte, en un momento en el que la crisis precisa de nuevos modelos de venta.

También han aparecido nuevas metodologías, continúa Fábregas, que permiten mayor eficiencia. Se refiere a los contenidos semipresenciales, es decir, una mezcla de vídeos online de profesores expertos y programas en power point. Una hora de aprendizaje semipresencial equivale a cuatro horas presenciales, indica el responsable de GEC, “a un coste de una cuarta parte”, agrega. Estos contenidos se completan con otro de los métodos “baratos” que últimamente se han demostrado eficaces: las redes de expertos, foros de dudas, aprendizaje a través de compañeros…, el llamado aprendizaje informal que está tan de moda gracias a las redes sociales y los avances tecnológicos.

“La única opción para mejorar nuestro sistema productivo a corto plazo es impulsar la formación continua de cada empleado, para que ese aprendizaje se adecue a su puesto de trabajo y gane competencias, lo que le permitirá mejorar sus resultados rápidamente”, sostiene Carlos Gómez, ex director gerente de la Fundación Tripartita. A su juicio, tanto la gestión de los fondos públicos como la de los privados debe cambiar para que España pueda competir en igualdad de condiciones con los países de nuestro alrededor, donde en lugar de tres de cada diez personas recibiendo cursos anualmente, son cinco u ocho de cada diez (como ocurre en Alemania o los países nórdicos) los ocupados que se forman permanentemente.

Mientras en Estados Unidos el 80% de los trabajadores realizan formación continua, en Alemania son más de la mitad y la media europea se sitúa en el 40%, en España el porcentaje está en el 25%. Y cayendo como los fondos destinados a ella.

Entretanto, una nueva paradoja (que diría Accenture) entra en escena: el Gobierno se ha decidido, en plena sangría presupuestaria, a impulsar la formación continua de los trabajadores. A través nuevamente de la reforma laboral, que entró en vigor en febrero, introduce el derecho a 20 horas de clases pagadas en horario laboral a todo empleado cuya antigüedad en la empresa supere un año. Así como la obligación de la empresa a facilitar la adaptación necesaria a los trabajadores cuando se produzcan cambios tecnológicos en el puesto de trabajo. Ya saben, porque un trabajador más formado, es un trabajador más empleable. ¿Cómo se pondrá en marcha? ¿Cuándo? ¿Quién lo pagará? Todavía es un misterio. Algo sobre lo que nadie quiere opinar.

 

Las cifras de la educación laboral

*  Más de 432.000 empresas programan cursos bonificados para sus empleados. En ellos participan cerca de 3,6 millones de trabajadores, según la Fundación Tripartita.

* Hay una clara diferencia entre la estrategia de cualificación y actualización de las plantillas de las compañías industriales y las de servicios, asegura el Club de Benchmarking de Recursos Humanos de IE Business School. “En la industria se forman más personas, menos horas, pero a igual coste que en años anteriores. En servicios, se forman más personas, menos tiempo y a menor coste”, dice Pilar Rojo, su directora.

* El barómetro elaborado por IE Business School y PeopleMatters indica que la previsión de inversión en formación continua prevista para este año por las empresas baja el 26%. Y mucho más preocupante: la mejora de competencias y conocimientos a través de la formación nunca ha sido un factor crítico de las empresas en su estrategia de recursos humanos.

* Sector público, automóvil y telecomunicaciones han seguido a construcción y banca en la retirada de fondos a la enseñanza de sus plantillas, que mantienen tecnológicas, distribución y agroalimentarias, según Élogos.

El valor del conocimiento

Estudiar prepara para afrontar mejor cualquier circunstancia, incluido el desempleo

El afán de aprender y la ética del esfuerzo, valores necesarios al margen del título

 

El estudio requiere una disciplina personal que ayuda a conformar el carácter y a forjarse una visión de la realidad que facilita afrontarla en el futuro, sean cuales sean las circunstancias. Esta es una de las primeras premisas que resaltan los que trabajan con el conocimiento todos los días, bien sea desde la tarima de una universidad, en un puesto de selección de personal o analizando los datos que reflejan cómo el nivel de conocimientos afecta en positivo tanto a la hora de encontrar un empleo como a la de ascender en la escala laboral.

Los expertos en recursos humanos de las empresas inciden, sin embargo, en que el conocimiento va más allá de la mera formación académica. Tanto o más que la titulación obtenida, valoran la actitud del candidato hacia el aprendizaje constante. Y la cultura del esfuerzo.

En un momento de dura crisis, las cifras reflejan de manera persistente que los más sacudidos por el desempleo son quienes tienen menos estudios. La tasa de paro entre los jóvenes universitarios es tres veces inferior a la de los titulados en ESO: 11,5% entre los titulados superiores que tienen entre 31 y 35 años, frente al 28% entre los que tienen solo la ESO. Los porcentajes son del 18% y 31%, respectivamente, entre los que tiene 25 y 30 años, según datos de la encuesta de población activa correspondientes a 2011.

Entre los jóvenes de 25 a 35 años (es decir, con edad para haber terminado los estudios) que tienen bajo nivel de formación, la tasa de paro está muy por encima de la general de toda la población, que es del 21%, mientras que en el caso de los jóvenes licenciados y graduados sucede al revés. Por tanto, es un hecho que tener título superior protege más a los jóvenes.

Al comparar este dato con 2007, en los inicios de esta crisis, se ve que entonces la diferencia era mucho menor. El perfil de los jóvenes más azotados por el desempleo es claro: de clase social baja y con un nivel de estudios no universitario.

Pablo Solera cree que, en su caso, la clave ha estado en la especialización. “Mi experiencia es que hay que especializarse y esforzarse. En informática somos mucha gente y hay un montón de profesionales muy buenos. Hay que echarle muchas horas y estar muy al día, trabajar por tu cuenta en casa para enterarte de qué está cambiando. Es una profesión que, con unos conocimientos de base, te ofrece la posibilidad de mejorar en casa investigando por tu cuenta”. Se fue a Londres porque siempre quiso trabajar fuera de España, vivir esa experiencia. “No es por dinero, porque aquí no vienes a ahorrar”, relata por teléfono. “O me iba ahora, con 31 años, o no me iba a ir nunca”. Habla muy bien inglés, es lo único que le pedían. Y dice que la informática le apasiona. Lo que cuenta de su entrevista de trabajo es revelador: “No me preguntaron qué había estudiado, con qué notas, ni dónde. Yo no fui un estudiante brillante. Una persona empezó a hablar conmigo para averiguar qué sabía y qué no. Y me cogieron”. Trabaja en Sword Group, una multinacional francesa. Y en estos últimos seis meses ha viajado a hacer trabajos de consultor a Nueva York, Austria, Francia y a 10 ciudades de Reino Unido.

“A pesar de todo, compensa estudiar, está claro, porque la crisis a quien más está afectando es a quien no tiene estudios, según se refleja en los datos”, explica José Saturnino Martínez, profesor de Sociología en la Universidad de La Laguna y experto en educación y desigualdad y en mercado de trabajo. “El nivel de formación tiene otras ventajas, las demandas de las personas con más estudios tienen más visibilidad política (como las del Movimiento del 15-M) y disponen de más acceso tanto a la información y a la cultura y a la salud, según se ve en las encuestas”, afirma.

“Cuando se habla de mileurismo en general hay mucha gente a la que se olvida”, prosigue Martínez. Y lo explica. El debate sobre los jóvenes universitarios que ganan menos de 1.000 euros y trabajan en puesto de menor cualificación oculta otro problema, que a quien más afecta es a las clases sociales más bajas.

Los datos reflejan además que entre los que ganan menos de 1.000 euros hay que destacar el origen social, al que muy a menudo va ligado el nivel de estudios. La encuesta de condiciones de vida del Instituto Nacional de Estadística (INE) y Eurostat de 2009 concluía que esta crisis económica está afectando más a la gente que tenía ya antes ingresos bajos y estaba en condiciones más precarias que a las clases medias. Además, cuando se analiza la situación de los jóvenes mileuristas, se ve que el 60% de los chicos con nivel bajo de estudios tienen todas las papeletas para serlo frente al 20% de los que tienen formación universitaria, aunque en el caso de las chicas no se aprecia tanta diferencia.

“Hablar de los universitarios mileuristas como un grupo más o menos homogéneo es un error, porque hay fracturas por origen social y de género. Distintas carreras tienen expectativas laborales diferentes, no es lo mismo la que dirige a un oficio (como Medicina) que la que es de cultura general (como Filosofía), no todas tienen la misma empleabilidad. Y concluye aportando un dato importante: la crisis de los años noventa afectó a todos los jóvenes por igual, se ve en los datos, el nivel de estudios no protegía nada del paro, al revés que en la crisis actual”, concluye Martínez.

El profesor del Departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento de la Universidad de Valencia y expresidente de la Sociedad Académica de Filosofía, Vicente Sanfélix, aporta su perspectiva e ideas para los jóvenes desde el conocimiento. “En igualdad de condiciones siempre tiene más oportunidades laborales quien mejor y más formación tenga. Siendo inmenso el paro juvenil, es menor entre los titulados universitarios”, señala. En su opinión, no hay dudas de que merece la pena estudiar lo más posible y hacer una carrera, a pesar del alto nivel de paro y del hecho de que muchos estén realizando empleos para los que se requiere mejor cualificación de la que tienen. “Hace ya tiempo que los estudios universitarios empezaron a dejar de ser un medio de ascenso en la escala social. La crisis puede haber agudizado esta tendencia. Pero también puede tener su parte positiva. Quizás los estudiantes podrían empezar a dejar de elegir los estudios a realizar en función de sus supuestas salidas y a guiarse más por sus intereses intelectuales y vocacionales”.

El profesor Sanfélix opina que “se debería empezar a separar el concepto de rentabilidad del estudio”. “O en todo caso no dar a ese término, si es que queremos seguir empleándolo, un significado eminentemente economicista. La formación universitaria —y subrayo la palabra formación, que no es lo mismo que la mera instrucción y mucho menos una mera transmisión de información— debiera proporcionar algo tan valioso que no tiene precio: una comprensión mucho más compleja de la realidad”.

Las personas con más conocimientos, y no necesariamente solo estudios formales, están más preparadas para afrontar las cosas que les sucedan en la vida. Desde una entrevista de trabajo hasta la asunción de responsabilidades laborales y personales, pasando por la propia situación de desempleo. “Sobre todo”, insiste Sanfélix, “si lo que proporcionara la universidad fuera más una formación que una mera instrucción”. “En cierta manera es este el presupuesto con el que trabajan las universidades en ciertas sociedades (por ejemplo, la británica)”, añade este experto, “en las que se suele considerar que un título universitario, con independencia de la disciplina en que se otorgue, es un serio indicio de que la persona que lo posee estará en disposición de desempeñar un trabajo con mayor eficacia, aunque en principio pueda incluso carecer de los conocimientos específicos que ese puesto requiera”.

A los desanimados o escépticos con seguir estudiando o empezar una determinada formación, Sanfélix les recomienda, en primer lugar, que escojan lo que más les guste, sin pensar en las posibles salidas profesionales. “También que piensen que la formación les hará menos manipulables y más dueños de sí mismos. Y, por último, les invitaría a que consideraran que la crisis económica debiéramos aprovecharla para considerar la posibilidad de otras formas de vida, en que las fuentes de disfrute y satisfacción personal no tendrían por qué estar ligadas al incremento indefinido del consumo, tal y como la cultura actualmente vigente quiere inculcarnos”.

Lo que está claro es que a mayor nivel de estudios más posibilidades se tiene de acceder a puestos de mayor responsabilidad y, por tanto, de mayor retribución. Este es uno de los primeros aspectos que destaca el director de Recursos Humanos de Adecco, Carlos Viladrich, acostumbrado a la selección de personas tanto para su empresa como para muchas otras. “Es innegable que la formación te da la posibilidad de aspirar a mejores retribuciones; ahora bien, el nivel de estudios tampoco garantiza de forma inmediata acceder a un puesto de trabajo acorde con tu formación porque en la actualidad no hay oferta laboral que dé respuesta al nivel de cualificación. Y la consecuencia es que hay gente sobrecualificada con niveles salariales bajos”.

Pero Viladrich aporta otra idea relevante para los jóvenes: “Lo que has estudiado es importante, pero lo es más lo que significa para ti lo que has estudiado. Es decir, cuál es la motivación por el aprendizaje de una persona. Esto tiene que ver con la solidez cultural. Un joven puede haber estudiado Bellas Artes, por ejemplo, y no tener conocimientos específicos para un determinado puesto. Pero si estos los puede adquirir una vez está en la empresa y transmite que tiene inquietudes por el conocimiento, por el saber, eso es más importante a la hora de seleccionarla que su formación previa”. La razón es que “una actitud inquieta ante el conocimiento se replica en el puesto de trabajo, es una actitud ante la vida en general, y la tienen personas que luchan luego por aprender más, por mejorar, por producir mejor y por asumir una responsabilidad”. “Cuando ves a alguien con esa actitud suele estar relacionado con su capacidad de relacionarse y de influir en los demás (sean compañeros, jefes o subordinados)”.

Respecto a estudiar una carrera universitaria, Viladrich dice que en tanto requiere esfuerzo es relevante ante un empleador porque “la gestión del esfuerzo es tan importante como la gestión del talento, sea para ser directivo o servir comida en un restaurante”. “La actitud ante el trabajo es clave para ser seleccionado”.

¿Pero todo esto no tiene que ver con el talante inquieto y sociable natural que tienen algunas personas, muchas veces vinculado además con un entorno que favorece estas inquietudes? “Desde luego que sí”, dice Viladrich, “pero se puede aprender, una vez que se sea consciente de las carencias que se tienen. Por ejemplo, con cursos de desarrollo personal, sobre cómo hablar en público, con coaching (el seguimiento de un experto para potenciar tus valores y crecer personal y profesionalmente) o mentoring (el apoyo de un experto o mentor para mejorar en una disciplina concreta), es decir, con entrenamiento y formación”. Además, estaría bien, concluye este experto, que estas competencias (de hablar en público, de trabajar en equipo, de aprender a conocer tus puntos fuertes,…) se potenciaran lo más posible en los centros educativos.

Pablo Mazo reconoce que merece la pena estudiar. Al menos para él ha sido algo “valiosísimo”. Lo ha comprobado en los últimos ocho o nueve años. Tiene 34 años y es un ejemplo de que estudiar compensa. Ahora gana más de 1.000 euros después de que, con 28 años, se animara a fundar una editorial con dos amigos que había conocido años antes en el Colegio Mayor Chaminade de Madrid. Su apuesta por Periodismo y Filosofía no le ha salido nada mal, “después de mucho esfuerzo”, matiza. Lo dice después de que se embarcó en el doctorado de Periodismo, con lo que la salida laboral parecía ser la docencia, explica. Su tema de tesis era El análisis semiótico de utopías negativas, es decir, como las que se cuentan en 1984 o en Un mundo feliz. “En esos años leí mucho y aprendí mucho. Es verdad que eres un privilegiado porque puedes estar 10 años estudiando y viviendo en casa de tus padres, pero, aun así, eso tampoco te garantiza nada.

Aunque es difícil decir en qué radica su éxito, hay varios factores que tienen que ver con las cualidades que exponen los expertos. Ambos, Pablo y Daniel, han elegido una profesión vocacional, como recomendaba Vicente Sanfélix. Eran unos locos de la literatura ya en el colegio mayor, según confiesan. También demuestran una gran pasión por aprender, por el conocimiento, como apuntaba Carlos Viladrich. No parece casualidad. Pero además, como cuentan ellos, querían montar “un proyecto empresarial viable”. “Se podría decir que hemos tenido una actitud conservadora económicamente, basada en no gastar lo que no tienes”, explica Daniel. “Ahora”, puntualiza, “el primer año fue una locura, trabajábamos sin horario, nos quedábamos dormidos sobre la barra espaciadora… Es tu proyecto y luchas para que salga bien”.