Terapia zen contra el frenesí de Google

Cola de empleados para asistir a las clases gratuitas de BDT, Busca Dentro de Ti

 
CAITLIN KELLY (NYT) – Mountain View 23 MAY 2012

Al entrar en la sede de Google —con su casa construida en un árbol en el interior y sus asientos de inodoro con calefacción— se podría pensar que hemos viajado hasta el arcoíris. Pero todos los juguetes y las ventajas adicionales ocultan un ritmo frenético, y muchos empleados reconocen que la vida en este lugar puede ser dura para los egos frágiles.

Los empleados que provienen de campos donde el ritmo es rápido aseguran que Google les presiona para producir incluso a más velocidad de la que podían haber imaginado.

Larry Page, cofundador y consejero delegado de Google, prometió recientemente en el sitio de la empresa que mantendría “una indiferencia saludable hacia lo imposible”. Por tanto, no es de extrañar que entre los centenares de clases gratuitas que Google ofrece a los empleados, una de las más populares se llame BDT, que significa Busca Dentro de Ti. Es una idea de Chade-Meng Tan, un ingeniero de 41 años que llegó a Google en 2000 y que ahora trabaja en recursos humanos.

Se puede decir que BDT es el zen de Google. Tan ideó el curso y lo perfeccionó con la ayuda de nueve expertos en el uso de la concentración en el trabajo. Y en una época en la que Google está sometido al escrutinio de los reguladores europeos y estadounidenses por el tema de la privacidad y por otros temas, una clase sobre concentración podría ser algo bueno. La clase tiene tres fases: el entrenamiento de la atención, el conocimiento y el dominio de uno mismo, y la creación de hábitos mentales útiles. Más de mil empleados de Google han asistido a la clase, y hay una lista de espera de 30 personas cuando se ofrece, cuatro veces al año. Se admiten 60 alumnos en la clase y se desarrolla durante siete semanas.

Richard Fernández, director de desarrollo ejecutivo, psicólogo de formación, admite que aprecia una diferencia significativa en su comportamiento en el trabajo desde que asistió a la clase. “Sin duda, soy un líder mucho más flexible”, señala. “Escucho con más atención y menos rechazo en las reuniones de gran importancia”.

El primer libro de Tan, Busca dentro de ti: el inesperado camino para alcanzar el éxito, la felicidad (y la paz mundial), se va a publicar en 17 mercados de todo el mundo, desde Corea del Sur hasta Brasil y Eslovenia.

Tan, budista y nacido y criado en Singapur, aprendió por su cuenta a escribir códigos de programas informáticos a los 12 años. Y a los 15 ya había ganado su primer premio académico nacional. “En Singapur, la manera de distinguirte es ganando concursos”, explica. “Pero no me contentaba con eso. Me sentía obligado a ser el mejor”.

Tan asegura que quiere crear la paz en el mundo. Estudió ingeniería informática en Singapur e hizo los estudios de posgrado en la Universidad de California, en Santa Bárbara. Cuenta que le ofrecieron un trabajo en Google a los cinco minutos de enviar su currículo por correo electrónico después de licenciarse.

Recientemente, unas 50 personas llenaban un anfiteatro en Google. Tan se encontraba en el estrado con un compañero profesor, Marc Lesser, antiguo monje budista. Durante dos horas, los empleados trabajaron con compañeros para realizar ejercicios en los que identificaban y compartían emociones. La clase ofrecía a los estudiantes un lugar para cuestionar de qué manera se comportan y por qué lo hacen.

Al igual que Tan, muchos estudiantes de BDT son inmigrantes de Asia con alta formación. Este curso les reta a examinar de qué manera sus decisiones afectan a su trabajo y a sus relaciones. “Necesitamos un experto”, señala Tan al empezar la clase. “El experto eres tú. Esta clase es para ayudarte a descubrir lo que ya sabes”.

En un ejercicio se pide a todo el mundo que nombre y comparta con un compañero tres valores fundamentales. “Te centra”, comentaba más tarde un participante. “Puedes ir por la vida olvidando cuáles son”.

En un ejercicio de siete minutos, se pide a los asistentes que escriban sin detenerse cómo se imaginan sus vidas dentro de cinco años. Tan pone fin al examen golpeando suavemente un cuenco tibetano y hablan de lo que significa tener éxito y fracasar.

A continuación, Lesser pide a toda la sala que grite: “¡Yo fracasé!”. “Tenemos que ver el fracaso de una forma buena, suave y generosa”, explica. “Veamos si podemos explorar estas emociones sin avaricia”.

Blaise Pabon, ingeniero de ventas empresariales, asistió a esta clase en 2009. “La idea del BDT es mucho más radical o contracultural en Google que en ningún otro sitio”, asegura. “Aquí la presión es realmente muy intensa. Es un lugar repleto de personas que llegan muy alto y que están formadas para encontrar el reconocimiento a través de factores externos”.

¿Se puede trasladar el BDT a otras empresas y a otras culturas empresariales?

Pabon señala: “La razón por la que pienso que puede aplicarse en general es que todo el mundo tiene problemas. ‘¿Soy la persona más inteligente de la sala?, ¿qué pasa si no lo soy?’. A todo el mundo le preocupa perder su trabajo y tiene cierto temor a no ser capaz de sobrevivir”.

Más que un Einstein, un Edison moderno

El cofundador de Apple no inventó nada relevante, pero ha creado dispositivos atractivos y fáciles de usar – El Mac, el iPod o el iPhone han revolucionado la informática, la música y el móvil

RAMÓN MUÑOZ – Madrid – 07/10/2011

El fallecimiento de Steve Jobs ha tenido un tratamiento mediático que solo los grandes personajes de la historia o los magnicidios merecen. Las incontables hagiografías que estos días relatan su trayectoria profesional dejan traslucir que el cofundador de Apple fue el personaje clave del avance tecnológico en los últimos treinta años. Una conclusión a la que ayuda ese tono de veneración que acompaña a los testimonios y las crónicas a raíz de su fallecimiento, y le convierten en una especie de santo laico a la espera de beatificación por los adictos a sus dispositivos.

El “diseño emocional” de sus aparatos atrae a los compradores

Pese a esa agitación mediática, Jobs no inventó nada relevante en realidad. Ni diseñó el primer PC, ni el iPod fue el primer reproductor musical MP3, ni el iPhone fue el primer móvil con pantalla táctil. Empresas como IBM, Microsoft, Creative o HTC se le adelantaron. Pero ninguna de ellas tuvieron, ni de lejos, la visión del impulsor de Apple para conjuntar los distintos avances tecnológicos y empaquetarlos en carcasas mágicas, para crear máquinas fáciles e intuitivas de usar.

Tal vez uno de los logros más impresionantes de Jobs y sus socios de Apple se resuma en ser los primeros en desterrar los manuales de instrucciones de sus equipos. Ni lo traía el iPhone ni por supuesto el iPad. Puede parecer una anécdota pero el hecho de que cuando alguien abra la caja de su dispositivo no tenga que emplear horas en leer un mamotreto casi ininteligible supone un salto enorme en la popularización de la tecnología.

La facilidad de uso ha ido siempre acompañada de un aliado que convierte en imbatibles a las máquinas mágicas de Apple: el diseño. Los gadget de la marca de la manzana fueron los primeros en colorearse, redondearse y hacerse atractivos a la vista y al tacto. Es lo que el experto en mercadotecnia Donald Norman, que fue vicepresidente de Tecnología Avanzada de Apple, llama “diseño emocional”.

No compramos un objeto solo por su utilidad o su fiabilidad técnica sino por su aspecto, por las sensaciones que suscita en nosotros, y la comunión estética con nuestra forma de pensar. Los adictos a Apple no van a cambiar jamás su iPhone o su iPad por un Samsung, un LG o un HTC por mucho que no pueda reproducir vídeos (formato flash), no tenga conexión USB o su precio sea muy elevado. El universo cerrado de Apple tiene esos inconvenientes. Si compras un aparato tienes que quedarte con el lote entero: hardware, software y aplicaciones. Sus incondicionales están dispuestos a pagar ese peaje a cambio de un aura de distinción de pose cool.

Esa cerrazón no ha impedido a Apple romper moldes y revolucionar el universo tecnológico. En informática, el Mac demostró que los ordenadores podían también estar en el cuarto de estar y no solo en inmensas e inhóspitas oficinas. Tardó ocho años en dar con la fórmula, desde el Apple I, que parecía una máquina de escribir robotizada, hasta el Apple II, que adoptó la forma de un ordenador, y sirvió de fuente de ingresos, hasta llegar al primer Macintosh en 1984. El usuario, por fin, se liberaba de aprenderse un montón de comandos de memoria. Para actuar con su equipo bastaba pinchar en unos iconos y unas carpetas con un curioso invento: el ratón.

Con todo, el Mac siempre fue un ordenador minoritario. Sus fervorosos partidarios pertenecían a nichos de mercado como diseñadores gráficos, ejecutivos o publicitarios que no paraban de recordarles a los millones de usuarios de equipos que corrían con el sistema Windows, que el Mac no se colgaba ni se infectaba de virus. La popularidad le llegaría a Apple de la mano del iPod. En 2001, se presentaba este reproductor de audio digital que desterraría para siempre el walkman del viejo casete, algo que otros fabricantes pioneros de reproductores como Creative no habían logrado. El iPod se haría diminuto (Nano) y luego táctil y con vídeo (Touch). Y aún hoy, cuando casi todos los móviles ofrecen todas sus prestaciones, se sigue vendiendo. Más de 150 millones.

Seis años después, Jobs provocaría el mismo terremoto en el móvil con el iPhone. No tenía cámara de vídeo, ni enviaba MMS, entre otras muchas carencias. Pero disponía de una pantalla táctil asombrosa. No era la primera que equipaba a un móvil. Pero ninguna tenía ese pellizco mágico con el que agrandar o disminuir las fotografías o las páginas web a voluntad. Nacían los teléfonos inteligentes (smartphone). Apple, que ya va por la quinta versión, ha vendido más de 120 millones desde 2007.

El último en llegar, pero no menos revolucionario, ha sido el iPad. Hacía tiempo que los fabricantes estaban pensando en una pantalla alternativa, ni tan grande como la del portátil ni tan pequeña como la del móvil. Apple volvió a adelantarse. Puede que por ahora solo se utilice para leer el periódico en el baño o matar el tiempo en el aeropuerto. Pero ya se ha hecho imprescindible.

Jobs no fue un gran inventor, pero todo lo que tocó lo hizo popular y vendible, gracias a sus macrotiendas digitales (iTunes y Apple Store). Su figura se asemeja más a la de Edison, el inventor del fonógrafo o la bombilla, que a la de un genio científico como Einstein.

La sobrereacción por su muerte, su imagen de Papa de la tecnología evangelizando sobre el edén de los cachivaches de Apple, han agrandado su figura. El tiempo dejará su memoria en su justo término. Pero como decía un comentario en Twitter. “No olvidemos que al final a Newton se le cayó encima una manzana, no un iPhone”.