El ‘efecto Google’ afecta al uso de la memoria

Un experimento demuestra que la confianza en poder buscar un dato relaja el esfuerzo para recordarlo

EL PAÍS – Barcelona – 15/07/2011

La posibilidad de buscar en Internet un dato que necesitamos es maravillosa pero ¿en qué medida debilita el ejercicio de nuestra memoria?. Un experimento liderado por Betsy Sparrow de la Universidad de Columbia y publicado en Science pretende demostrar que la confianza en poder encontrar un dato relaja el esfuerzo para recordarlo. Según los investigadores, se detectó más esfuerzo en recordar dónde se podía encontrar un dato que en recordar el dato en sí. La existencia de buscadores como Google, que permiten buscar todo tipo de datos, influiría, pues, en los hábitos de la memoria.

Este mecanismo mental no es nuevo de la era digital. En 1985, el psicólogo David Wegner propuso el concepto de “memoria transactiva” que se demuestra en un grupo de trabajo donde un experto en una materia se despreocupa de retener otro tipo de conocimientos que sabe posee otro miembro del equipo.

Uno de los experimentos para probar la tesis consistió en dar determinadas informaciones a un grupo de personas. A la mitad de las mismas se les explicó que las citadas informaciones se guardarían en un ordenador. La otra mitad estaba convencida de que no se salvarían en ningún sistema de almacenamiento. Las personas que pensaron que no precisaban retener los datos porque estaban guardados demostró menos capacidad para recordarlos que quienes fueron advertidos de la que la información se perdería. Es decir, inconscientemente hacemos menos esfuerzos para recordar una información que sabemos donde consultar.

Otra prueba consistió en escribir una serie de preguntas y respuestas en un ordenador. Algunas de ellas se guardaban en un sitio específico, otras en uno de genérico y un tecer grupo de respuestas se borraban. Al ser preguntados después, las personas que participaban en la prueba demostraron que recordaban mejor los datos que habían borrado que los que habían conservado en el ordenador y que tenían muy claro cuáles habían sido guardados aunque no recordaran exactamente dónde. Un nuevo experiemto, muy similar, permitió ratificar que se recordaba mejor donde se albergaba un dato, y si este había sido conservado o borrado, que el propio dato.

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Los peligros de proteger en exceso

Imanol Querejeta y Javier vizcaíno – Sábado, 21 de Mayo de 2011

Con la mejor de las intenciones y, por qué no reconocerlo, unas gotas de comodidad, madres y padres construimos alrededor de nuestros hijos un mundo casi irreal donde no hay lugar para la frustración. Queremos tratarlos como a príncipes y princesas, pero hacemos de ellos, al cabo de los años, personas que carecen de herramientas para enfrentarse a la vida. Sobreproteger y sobretolerar no ayuda a crecer. 

JV.- Una primera impresión: los niños y niñas de nuestra generación (pongamos entre 40 y 50) y anteriores no teníamos siempre a nuestros padres y madres encima. Y eso no quería decir que no se preocuparan.
IQ.- Seguramente, porque tengo unos cuantos más no te puedo contestar a esa pregunta. De mi generación, te puedo decir que crecimos en la calle, supervisados y atendidos como Dios manda, pero en la calle, y había cosas que no se podían dejar de hacer. En mi casa, para no ir al cole tenías que estar muy imposibilitado; de hecho, me pasé una hepatitis de pie, en clase y haciendo gimnasia, amarillo como un limón porque había que curtirse (luego así he salido). Y lo he hecho sin ninguna conciencia de haber sido maltratado.
 
JV.- ¿Qué crees que lleva a las amas y aitas de ahora a ser hiperprotectores? ¿Trasladamos nuestros propios miedos?
IQ.- Probablemente sí, pero también ocurre que partimos de un modelo social y educativo autoritario muy reciente, cuyos supervivientes han aplicado la ley del péndulo, favoreciendo que sus hijos, con una permisividad e hiperprotección al mismo tiempo, se dediquen a rechazar la autoridad. Es muy corriente entre los jóvenes de hoy en día tratar a los padres como iguales, como colegas de la calle, y con ello han cortado una tradición que es que cada generación crezca sobre el aniquilamiento simbólico de la anterior. Poco han conseguido y mucho se les ha concedido. Luego, nos quejamos de que estén con 100 años en casa pidiendo la paga y sin plantearse salir.
 
JV.- ¿Por qué puede ser negativo algo que se hace con la mejor de las intenciones? ¿Qué tiene de malo que yo le de a mi hijo todo lo que me pida y que le evite pasar malos ratos? (Son preguntas retóricas, conste)
IQ.- Sería curioso saber lo que piensa él de esta pregunta. No sé si el término bueno o malo encaja aquí. A mí me gusta más el de conveniente e inconveniente y ya hablábamos aquí hace dos sábados de la importancia de decir no y de su conveniencia. Siempre de forma razonada, pero firme.
 
JV.- ¿Crees que los pequeños son conscientes de cada concesión que les hacemos y tratan de obtener la misma ventaja en la siguiente ocasión que se les presenta?
IQ.- Sí. Todos los seres vivos se acomodan muy bien a los refuerzos positivos y todos saben cómo mantenerlos. Ya hemos hablado del fenómeno llamado el paradigma de la extinción, que consiste en exagerar una conducta que nos ayuda a conseguir algo que deseamos cuando aplicada con la misma intensidad de otras veces, no nos da el mismo resultado.

Educar a un niño es, esencialmente, ayudarle a prescindir de nosotros” (André Bergé)

JV.- La sobreprotección suele aparecer con un exceso de permisividad. La combinación es explosiva. La fórmula perfecta para hacer pequeños dictadores…
IQ.- … O asustados, sin objetivos y desamparados. La agresividad es frecuentemente una expresión clara y manifiesta de debilidad.
 
JV.- ¿Actuamos a veces por comodidad? En ocasiones, lleva menos tiempo recogerle los juguetes del suelo que tener una pelotera con la criatura…
IQ.- Sí. Vivimos a un ritmo que muchas veces nos puede y en ocasiones llegamos a casa sobrepasados por nuestras obligaciones y soltamos en ese espacio nuestra tensión, muchas veces de forma desproporcionada e injusta, y luego compensamos con más permisividad, para aliviar un poco el malestar que nos produce reconocer nuestro exceso.

JV.- ¿Qué hacer cuando tenemos la constancia de que muchos de estos malos hábitos están instalados? ¿Se pueden revertir de la noche a la mañana?
IQ.- No. Ya te he dicho antes que hay una resistencia a los cambios que nos quitan prebendas. Hay que establecer las nuevas reglas y, preferentemente, utilizar refuerzos positivos (premiar otro tipo de conductas más adultas), en lugar de refuerzos negativos (castigo).
 
JV.- Casi inconscientemente me he estado refiriendo a niñas y niños de corta edad. Con los ya creciditos, preadolescentes y adolescentes, ¿hay algo que hacer si han crecido sobreprotegidos y sobrepermitidos?
IQ.- Lo primero, examen de conciencia; lo segundo, saber que mantener este sistema de relación no es conveniente para el desarrollo y crecimiento de nadie; y lo tercero, establecer cómo se van a introducir los cambios que, muy importante, deben llevarlos a cabo los progenitores (ambos) caminando en la misma dirección y sin desautorizarse. Las discrepancias entre la pareja se deben tratar en privado.

JV.- Creo que lo hemos dejado claro, pero por si acaso: de ningún modo estamos diciendo que hay que recuperar el palo y tentetieso.
IQ.- No. Eso siempre es menos productivo y menos interesante.Establecer el diálogo partiendo de que hay una autoridad en casa, madre y padre, es tarea difícil, pero agradecida si se hace con la honestidad de reconocer que no somos perfectos, que nos podemos equivocar y sabemos rectificar lo que no está bien hecho. Disculparse con los hijos cuando se sabe que algo no está bien concede autoridad, no la retira.

Qué ayuda

  • Transparencia en la comunicación.
  • Saber que van a sufrir, nos guste o no, más tarde o más temprano.
  • La dedicación crítica. La negociación y saber decir que no con razones.
  • La unidad de la pareja.

Qué dificulta

  • La equiparación de roles. La casa no se gestiona de forma asamblearia.
  • El autoritarismo.
  • La falta de transparencia en la relación.
  • Las diferencias de criterio de los padres expresadas delante de los hijos, o peor aún, a espaldas de la pareja (aquello de “ te dejo hacer esto, pero que no se entere tu madre/padre”) porque con ello, además, les enseñamos a mentir.