¿Controlamos nuestras Vidas?

JENNY MOIX 13/11/2011

Un hecho fortuito, una decisión no premeditada o una simple casualidad pueden cambiar nuestras vidas. Orgullosos, creemos que lo controlamos todo, pero… ¿realmente lo hacemos con lo que pensamos o decidimos?

Historia uno: “Apresurada, bajaba las escaleras hacia el andén. Una niña subía por ellas; tuvo que desviarse levemente para no tropezar con ella. Por un segundo no llegó a tiempo. Tuvo que esperar el siguiente metro. Cuando llegó a casa, se encontró a su pareja atendiendo sus quehaceres habituales”. Historia dos: “Apresurada, bajaba las escaleras hacia el andén; llegó justo antes de que se cerraran las puertas. Subió al metro y al llegar a casa, antes de lo habitual, pilló a su pareja con otra mujer”. Quien haya visto la película Dos vidas en un instante reconocerá que estas historias se basan en ella. El resto del filme es el transcurrir de las dos vidas que hubiera tenido la misma persona cogiendo o no ese metro. Existencias totalmente opuestas. Desencadenadas por la niña que subía por la escalera. ¿Increíble? No. Nuestra vida es así.

Los caprichos del universo

” Todas las cosas están unidas entre sí, de tal modo que no puedes agitar una flor sin trastornar una estrella”

(Francis Thompson)

Si damos marcha atrás mentalmente y analizamos nuestro devenir, nos damos cuenta de que, en cierto modo, parecemos mecidos por el viento. Pensemos en por qué vivimos en nuestra casa o por qué trabajamos donde lo hacemos. Podemos encontrar respuestas del estilo: “Decidimos vivir en esta casa porque un día fuimos a una obra de teatro y al pasar por esa calle, la vimos en venta y nos encantó. Y decidimos ir a esa actuación porque por casualidad esa semana nos encontramos a Pepito y nos la recomendó. Hacía años que no veíamos a Pepito”.

Cualquier acción por nimia que sea puede acarrear consecuencias insospechadas. Estamos aquí porque nuestros padres el día de nuestra concepción se dedicaron a sus afanes amorosos; si ese día hubieran ido al cine… Somos hijos del azar. O, dicho de otra forma, el destino lo tejen variaciones infinitesimales de factores que a veces ni conocemos.

En ocasiones, sobre todo cuando sucede alguna desgracia, a nuestra mente le puede dar por torturarnos: “¿Y si no lo hubiera llamado? Entonces no habría ido a… y no hubiera tenido el accidente”.

Una de las asignaturas que imparto en la universidad se llama educación para la salud. Les explico a mis alumnos cómo deben motivar y enseñar a las personas a comportarse de una forma saludable: alimentación sana, ejercicio físico, reducción del estrés… Mejorar la salud es un objetivo bienintencionado, pero la intención no es lo único que cuenta. Si los profesionales nos pasamos la vida mandando mensajes del tipo: “No bebas”, “Come más verduras”, “Haz más deporte”…, ¿qué puede pasar cuando alguien enferma? ¡Que se sienta culpable! Enfermo y encima cargando con el peso de que quizá no ha comido suficientes lechugas. La salud y la enfermedad no dependen únicamente de nuestra conducta; también hay factores ambientales y genéticos. Tenemos que cuidarnos, claro está, pero no caigamos en la trampa de tener como certeza que la salud depende completamente de nosotros. Nada depende enteramente de nosotros. Tenemos que ser proactivos, cuidar nuestra salud y perseguir nuestros anhelos, pero teniendo en cuenta que en el universo puede haber una mariposa volando que interfiera en nuestros planes.

¿Control o ilusión?

“La mente es un profundo océano, pero nosotros solo logramos ser conscientes de la leve espuma de la superficie” (Henry Laborit)

Al orgullo que caracteriza nuestra especie siempre le queda pensar que aunque no puede controlar del todo lo de fuera, sí controla “lo de dentro”. ¿Realmente controlamos lo que pensamos, lo que decidimos? Uno de los experimentos más conocidos al respecto fue realizado por Libet en la década de los ochenta. Antes de flexionar un dedo, en el cerebro se produce una determinada actividad eléctrica denominada “potencial de disposición” 550 milisegundos antes de que se lleve a cabo el movimiento.

Los sujetos del experimento estaban colocados ante un cronómetro que debían ir mirando e indicar en qué momento decidían mover el dedo. Esto es, tenían que señalar en qué posición se hallaba la aguja del cronómetro al tomar la decisión. El sorprendente resultado fue que la decisión se tomó 350 milisegundos después del potencial de disposición. Resumiendo: nuestro cerebro se dispone a mover el dedo, luego nos da la sensación de que lo decidimos conscientemente y finalmente lo movemos.

Cuando pensamos que estamos tomando una decisión, en realidad no hacemos más que contemplar una especie de vídeo interno retardado (concretamente, 300 milisegundos) de la auténtica decisión que tuvo lugar inconscientemente en nuestro cerebro. No es que las decisiones las tome nuestro vecino; las tomamos nosotros, pero no nuestra parte consciente, sino la inconsciente. Parece que nuestro yo consciente sea un puro observador. La conclusión de este estudio puede resultar difícil de encajar a nuestra parte prepotente.

Nuestra reacción ante este tipo de evidencias la retrató a la perfección Sigmund Freud: “En el transcurso del tiempo, la humanidad tuvo que soportar tres grandes atentados de manos de la ciencia contra su ingenuo amor propio: el descubrimiento de que nuestro mundo no es el centro de las esferas celestes, sino un punto en un vasto universo; el descubrimiento de que no se nos creó de forma especial, sino que descendemos de los animales, y el descubrimiento de que a menudo nuestra mente consciente no controla nuestra forma de actuar, sino que simplemente nos cuenta un cuento sobre nuestras acciones”.

Justificaciones inventadas

“Primero hacemos las cosas y después las justificamos” (Juan José Millás)

Nos cuesta mucho digerir que nuestro cerebro decide por nosotros, pensamos que decidimos conscientemente. Cuando preguntamos a alguien el porqué de su comportamiento, pocas veces nos dirá que no lo sabe muy bien, en bastantes ocasiones nos dará una explicación y normalmente muy lógica. Muchos estudios demuestran lo patéticas que pueden resultar estas justificaciones.

Uno de ellos es el realizado por Peter Johansson y Lars Hall en el año 2005. Los investigadores mostraron a los participantes parejas de fotografías para que eligieran aquella cara que les pareciera más atractiva. Cada sujeto debía escoger y justificar su elección. Lo que no sabía es que, mediante un sencillo juego de manos, el experimentador había cambiado su primera opción por la contraria. Esto es, entregaba al sujeto la cara que precisamente no había elegido. Así que el participante acaba justificando la elección que nunca había hecho. El 70% de los participantes no se percataron del engaño e inventaban los motivos. Uno podía decir, por ejemplo, que elegía una cara porque le gustaban las mujeres con gafas y haber elegido la foto de una mujer sin gafas. En nuestras vidas, ¿cuántas justificaciones nos debemos sacar del bolsillo?

Parece que no controlamos mucho ni lo de fuera ni lo de dentro. Y, sin embargo, vivimos como si todo dependiera exclusivamente de nosotros. Así, tenemos tendencia a sentirnos culpables por infortunios moldeados por corrientes invisibles, a desilusionarnos cuando no se cumplen nuestras detalladas expectativas, a rompernos la cabeza indagando porqués cuando se esconden en los designios inescrutables de nuestros pensamientos subterráneos… Si fuéramos más humildes respecto a nuestra capacidad de control, sufriríamos menos.

Ya lo dijo Oscar Wilde en el Retrato de Dorian Gray: “La vida no la gobiernan ni la voluntad ni la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibras y de células lentamente elaboradas en las que se esconde el pensamiento y donde la pasión tiene sus sueños. Quizá te imagines que estás a salvo y te crees fuerte. Pero un matiz causal de color en una habitación o en el cielo de la mañana, o un perfume particular que una vez te gustó y que te trae sutiles recuerdos, un verso de un poema olvidado con el que de nuevo tropiezas, una candencia de una obra musical que hayas dejado de tocar… Te digo, Dorian, que es de cosas como esas de las que dependen nuestras vidas”.

No hay mal que por bien no venga

Un día, el emperador Akbar y su gran visir Birbal salieron camino de la selva. Iban a la caza del tigre de Bengala. El emperador marchaba delante, pero -¡qué mala suerte!- se disparó el fusil y se hirió en un dedo. El visir Birbal le entablilló el dedo. Mientras lo hacía, le animaba con una serie de reflexiones muy sencillas:

-Majestad, nunca sabemos qué es lo bueno y qué es lo malo. Qué sabemos de lo que puede sucederle gracias a la herida. El emperador montó en cólera; no podía aguantar filosofía barata y arrojó a un pozo a su gran visir y siguió su camino por la selva. Pero le salió al encuentro un grupo de guerreros salvajes que buscaban una víctima digna para ofrecer a sus dioses. Cuando todo estaba preparado para el sacrificio humano, el hechicero se acercó al emperador y en cuanto se dio cuenta de la mano herida lo rechazó; no se podía ofrecer a los dioses una víctima que no fuera perfecta. Así fue como el emperador quedó libre de nuevo.

Mientras que Akbar caminaba por el sendero, comprendió la sabiduría de aquellas palabras de su visir: lo que al principio parecía malo, había sido muy bueno para él. Lloró de rabia y se inclinó de rodillas delante del pozo donde había arrojado a su fiel amigo. Pero Birbal no había muerto. Le sacó lleno de alegría y se arrojó a sus pies pidiéndole perdón. El visir le contestó: “Majestad, no tiene por qué pedirme perdón; le debo la vida. Si no me hubiera arrojado al pozo, nos habrían capturado a los dos; su majestad se habría librado, pero yo sería ahora la víctima del sacrificio”.

Mimos de más‏

Los peligros de proteger en exceso

Imanol Querejeta y Javier vizcaíno – Sábado, 21 de Mayo de 2011

Con la mejor de las intenciones y, por qué no reconocerlo, unas gotas de comodidad, madres y padres construimos alrededor de nuestros hijos un mundo casi irreal donde no hay lugar para la frustración. Queremos tratarlos como a príncipes y princesas, pero hacemos de ellos, al cabo de los años, personas que carecen de herramientas para enfrentarse a la vida. Sobreproteger y sobretolerar no ayuda a crecer. 

JV.- Una primera impresión: los niños y niñas de nuestra generación (pongamos entre 40 y 50) y anteriores no teníamos siempre a nuestros padres y madres encima. Y eso no quería decir que no se preocuparan.
IQ.- Seguramente, porque tengo unos cuantos más no te puedo contestar a esa pregunta. De mi generación, te puedo decir que crecimos en la calle, supervisados y atendidos como Dios manda, pero en la calle, y había cosas que no se podían dejar de hacer. En mi casa, para no ir al cole tenías que estar muy imposibilitado; de hecho, me pasé una hepatitis de pie, en clase y haciendo gimnasia, amarillo como un limón porque había que curtirse (luego así he salido). Y lo he hecho sin ninguna conciencia de haber sido maltratado.
 
JV.- ¿Qué crees que lleva a las amas y aitas de ahora a ser hiperprotectores? ¿Trasladamos nuestros propios miedos?
IQ.- Probablemente sí, pero también ocurre que partimos de un modelo social y educativo autoritario muy reciente, cuyos supervivientes han aplicado la ley del péndulo, favoreciendo que sus hijos, con una permisividad e hiperprotección al mismo tiempo, se dediquen a rechazar la autoridad. Es muy corriente entre los jóvenes de hoy en día tratar a los padres como iguales, como colegas de la calle, y con ello han cortado una tradición que es que cada generación crezca sobre el aniquilamiento simbólico de la anterior. Poco han conseguido y mucho se les ha concedido. Luego, nos quejamos de que estén con 100 años en casa pidiendo la paga y sin plantearse salir.
 
JV.- ¿Por qué puede ser negativo algo que se hace con la mejor de las intenciones? ¿Qué tiene de malo que yo le de a mi hijo todo lo que me pida y que le evite pasar malos ratos? (Son preguntas retóricas, conste)
IQ.- Sería curioso saber lo que piensa él de esta pregunta. No sé si el término bueno o malo encaja aquí. A mí me gusta más el de conveniente e inconveniente y ya hablábamos aquí hace dos sábados de la importancia de decir no y de su conveniencia. Siempre de forma razonada, pero firme.
 
JV.- ¿Crees que los pequeños son conscientes de cada concesión que les hacemos y tratan de obtener la misma ventaja en la siguiente ocasión que se les presenta?
IQ.- Sí. Todos los seres vivos se acomodan muy bien a los refuerzos positivos y todos saben cómo mantenerlos. Ya hemos hablado del fenómeno llamado el paradigma de la extinción, que consiste en exagerar una conducta que nos ayuda a conseguir algo que deseamos cuando aplicada con la misma intensidad de otras veces, no nos da el mismo resultado.

Educar a un niño es, esencialmente, ayudarle a prescindir de nosotros” (André Bergé)

JV.- La sobreprotección suele aparecer con un exceso de permisividad. La combinación es explosiva. La fórmula perfecta para hacer pequeños dictadores…
IQ.- … O asustados, sin objetivos y desamparados. La agresividad es frecuentemente una expresión clara y manifiesta de debilidad.
 
JV.- ¿Actuamos a veces por comodidad? En ocasiones, lleva menos tiempo recogerle los juguetes del suelo que tener una pelotera con la criatura…
IQ.- Sí. Vivimos a un ritmo que muchas veces nos puede y en ocasiones llegamos a casa sobrepasados por nuestras obligaciones y soltamos en ese espacio nuestra tensión, muchas veces de forma desproporcionada e injusta, y luego compensamos con más permisividad, para aliviar un poco el malestar que nos produce reconocer nuestro exceso.

JV.- ¿Qué hacer cuando tenemos la constancia de que muchos de estos malos hábitos están instalados? ¿Se pueden revertir de la noche a la mañana?
IQ.- No. Ya te he dicho antes que hay una resistencia a los cambios que nos quitan prebendas. Hay que establecer las nuevas reglas y, preferentemente, utilizar refuerzos positivos (premiar otro tipo de conductas más adultas), en lugar de refuerzos negativos (castigo).
 
JV.- Casi inconscientemente me he estado refiriendo a niñas y niños de corta edad. Con los ya creciditos, preadolescentes y adolescentes, ¿hay algo que hacer si han crecido sobreprotegidos y sobrepermitidos?
IQ.- Lo primero, examen de conciencia; lo segundo, saber que mantener este sistema de relación no es conveniente para el desarrollo y crecimiento de nadie; y lo tercero, establecer cómo se van a introducir los cambios que, muy importante, deben llevarlos a cabo los progenitores (ambos) caminando en la misma dirección y sin desautorizarse. Las discrepancias entre la pareja se deben tratar en privado.

JV.- Creo que lo hemos dejado claro, pero por si acaso: de ningún modo estamos diciendo que hay que recuperar el palo y tentetieso.
IQ.- No. Eso siempre es menos productivo y menos interesante.Establecer el diálogo partiendo de que hay una autoridad en casa, madre y padre, es tarea difícil, pero agradecida si se hace con la honestidad de reconocer que no somos perfectos, que nos podemos equivocar y sabemos rectificar lo que no está bien hecho. Disculparse con los hijos cuando se sabe que algo no está bien concede autoridad, no la retira.

Qué ayuda

  • Transparencia en la comunicación.
  • Saber que van a sufrir, nos guste o no, más tarde o más temprano.
  • La dedicación crítica. La negociación y saber decir que no con razones.
  • La unidad de la pareja.

Qué dificulta

  • La equiparación de roles. La casa no se gestiona de forma asamblearia.
  • El autoritarismo.
  • La falta de transparencia en la relación.
  • Las diferencias de criterio de los padres expresadas delante de los hijos, o peor aún, a espaldas de la pareja (aquello de “ te dejo hacer esto, pero que no se entere tu madre/padre”) porque con ello, además, les enseñamos a mentir.