El placer de lo sencillo

 

BORJA VILASECA 18/09/2011

Anteponer la felicidad al dinero, la generosidad a la codicia, lo inmaterial frente a lo material, nos ayudará a disfrutar de una vida verdaderamente sincera, abundante y plena.

El dinero puede proporcionarnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad. Porque nuestro bienestar emocional no depende de lo que hacemos ni de lo que tenemos, sino de quiénes somos y de cómo nos sentimos.

“¿De qué nos vale lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué vale el dinero si no somos felices?”

Llevamos una existencia materialista para terminar dándonos cuenta de que las cosas importantes no pueden verse ni tocarse; solo intuirse y sentirse. Para apreciar los aspectos intangibles, cualitativos e inmateriales de la realidad, es imprescindible que exista cierto contraste entre nuestro estado de ánimo interno y nuestras circunstancias externas. Quienes padecen “pobreza emocional” creen que esta se debe a su “pobreza material”. Pero lo que nos hace ricos o pobres emocionalmente no es nuestra economía, sino la percepción que tenemos de ella.

El clic evolutivo se produce en la medida en que gozamos de cierta “riqueza material” y seguimos experimentando la misma pobreza emocional. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero seguimos sintiéndonos solos y tristes. Tenemos confort y seguridad, pero seguimos sintiéndonos esclavos de nuestros miedos.

Gracias a este contraste entre nuestras riquezas materiales y emocionales cuestionamos las motivaciones que nos han llevado a un estilo de vida materialista. Pero hay corrientes sociales que anteponen la felicidad al dinero. Destacan el decrecimiento, la simplicidad voluntaria, el movimiento slow -“lento” en inglés- y el downshifting –“reducir la marcha”-. Tendencias que promueven disminuir el nivel cuantitativo de nuestra vida y aumentar el cualitativo.

LA PARADOJA DEL ÉXITO

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Jesús de Nazaret)

Cada vez más seres humanos apuestan por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Porque… ¿de qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y cansados? En definitiva, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?

La necesidad de experimentar una “riqueza emocional” abundante y sostenible es la base del nuevo paradigma emergente, uno de cuyos pilares es “la filosofía del posmaterialismo”. Y esta parte de la premisa de que la realidad la componen lo material, tangible y cuantitativo, y lo inmaterial, que solo podemos sentir por medio de nuestro corazón. Se trata de intregrar ambos, construyendo un estilo de vida equilibrado entre lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos.

EL SINSENTIDO COMÚN

“Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan” (Emile Henri Gauvreay)

Garantizada la supervivencia física y económica y teniendo cubiertas las necesidades básicas, expertos en el campo de la economía del comportamiento afirman que lo que hace perdurar el bienestar emocional no es lo que conseguimos ni poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás. Entre otros estudios, destacan los realizados entre los años 2005 y 2010 por el economista norteamericano George F. Loewenstein.

Sus investigaciones se centraron en los antagónicos efectos emocionales que producen la codicia y la generosidad. Y para ello, realizó un experimento sociológico con un grupo muy heterogéneo de seres humanos. El equipo liderado por Loewenstein seleccionó a 60 personas de diferentes edades, sexos, razas y profesiones, las cuales, a su vez, tenían múltiples divergencias en el plano social, cultural, económico, político y religioso.

El primer día los participantes fueron divididos en dos grupos de 30 personas. Todas recibieron 6.000 dólares (unos 4.520 euros). A los miembros del primer grupo se les pidió que en un plazo de dos meses se gastaran el dinero “en regalos a sí mismos”. Y a los integrantes del segundo grupo se les dijo que usaran los 6.000 dólares “en regalos a otras personas”.

Dos meses más tarde se obtuvieron resultados opuestos. La satisfacción de los miembros del primer grupo había durado “relativamente poco”. Según las conclusiones, “tras el placer y la euforia inicial que les proporcionaba comprar, utilizar y poseer determinados bienes de consumo, los participantes enseguida volvían a su estado de ánimo normal”. Con el paso de los días, algunos incluso “empezaban a sentirse más tristes, vacíos y decaídos, por no poder mantener la excitación conseguida con el consumo”.

Por otro lado, los miembros del segundo grupo se habían sentido “mucho más satisfechos y plenos” que los del primer grupo. “El hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás, ya era motivo suficiente para que los participantes experimentaran un bienestar interno”.

DECADENCIA DEL EGOCENTRISMO

“Las personas más egocéntricas son también las más infelices” (Henry David Thoreau)

La mayoría utilizó los 6.000 dólares de manera posmaterialista, “creando experiencias y oportunidades”. Regalaron viajes; pagaron matrículas universitarias; donaron el dinero a entidades sin ánimo de lucro, repartiéndolo incluso entre mendigos; hubo quien saldó parte de la deuda contraída por algún familiar. Entregados los regalos, “el sentir la alegría y el agradecimiento de otras personas provocaba en los participantes una intensa sensación de plenitud, que permanecía horas y días”, relata Loewenstein.

La conclusión fue que “el egocentrismo, la codicia y la orientación al propio interés traen una sensación de vacío, sinsentido, escasez e infelicidad, mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad”. Loewenstein corroboró así de forma científica y empírica que a nivel emocional “recibimos lo que damos”.

LA PSICOLOGÍA DEL ALTRUISMO

“No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás” (Carmina Martorell)

La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendemos e interiorizamos esta verdad, dejamos de querer que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños. En consecuencia, desaparece la lucha, el conflicto y el sufrimiento. Poco a poco recuperamos la conexión con el bienestar duradero que anida en nuestro corazón. Con el tiempo, experimentamos abundancia y plenitud. En base a este nuevo estado de ánimo, de forma natural e irremediable entramos en la vida de los demás con vocación de servicio.

Abundancia y prosperidad

Las personas que nos hemos comprometido con resolvernos emocionalmente no sentimos el impulso de saciar constantemente nuestros deseos. Así es como empezamos a orientar nuestra existencia al bien común. Eso sí, sin perder nunca de vista la necesidad de llevar un estilo de vida equilibrado, aprendiendo a descansar y a recuperar la energía que invertimos al servicio de otras personas. Para ofrecer y dar, primero hemos de tener. Y no olvidarnos nunca de que el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir. El hecho de aportar algo significativo a otros seres humanos nos produce una gran sensación de satisfacción y agradecimiento. Dar es recompensa suficiente cuando damos desde nuestra verdadera esencia. La paradoja es que al obrar con sabiduría recibimos mucho más de lo que hubiéramos podido imaginar.

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Mimos de más‏

Los peligros de proteger en exceso

Imanol Querejeta y Javier vizcaíno – Sábado, 21 de Mayo de 2011

Con la mejor de las intenciones y, por qué no reconocerlo, unas gotas de comodidad, madres y padres construimos alrededor de nuestros hijos un mundo casi irreal donde no hay lugar para la frustración. Queremos tratarlos como a príncipes y princesas, pero hacemos de ellos, al cabo de los años, personas que carecen de herramientas para enfrentarse a la vida. Sobreproteger y sobretolerar no ayuda a crecer. 

JV.- Una primera impresión: los niños y niñas de nuestra generación (pongamos entre 40 y 50) y anteriores no teníamos siempre a nuestros padres y madres encima. Y eso no quería decir que no se preocuparan.
IQ.- Seguramente, porque tengo unos cuantos más no te puedo contestar a esa pregunta. De mi generación, te puedo decir que crecimos en la calle, supervisados y atendidos como Dios manda, pero en la calle, y había cosas que no se podían dejar de hacer. En mi casa, para no ir al cole tenías que estar muy imposibilitado; de hecho, me pasé una hepatitis de pie, en clase y haciendo gimnasia, amarillo como un limón porque había que curtirse (luego así he salido). Y lo he hecho sin ninguna conciencia de haber sido maltratado.
 
JV.- ¿Qué crees que lleva a las amas y aitas de ahora a ser hiperprotectores? ¿Trasladamos nuestros propios miedos?
IQ.- Probablemente sí, pero también ocurre que partimos de un modelo social y educativo autoritario muy reciente, cuyos supervivientes han aplicado la ley del péndulo, favoreciendo que sus hijos, con una permisividad e hiperprotección al mismo tiempo, se dediquen a rechazar la autoridad. Es muy corriente entre los jóvenes de hoy en día tratar a los padres como iguales, como colegas de la calle, y con ello han cortado una tradición que es que cada generación crezca sobre el aniquilamiento simbólico de la anterior. Poco han conseguido y mucho se les ha concedido. Luego, nos quejamos de que estén con 100 años en casa pidiendo la paga y sin plantearse salir.
 
JV.- ¿Por qué puede ser negativo algo que se hace con la mejor de las intenciones? ¿Qué tiene de malo que yo le de a mi hijo todo lo que me pida y que le evite pasar malos ratos? (Son preguntas retóricas, conste)
IQ.- Sería curioso saber lo que piensa él de esta pregunta. No sé si el término bueno o malo encaja aquí. A mí me gusta más el de conveniente e inconveniente y ya hablábamos aquí hace dos sábados de la importancia de decir no y de su conveniencia. Siempre de forma razonada, pero firme.
 
JV.- ¿Crees que los pequeños son conscientes de cada concesión que les hacemos y tratan de obtener la misma ventaja en la siguiente ocasión que se les presenta?
IQ.- Sí. Todos los seres vivos se acomodan muy bien a los refuerzos positivos y todos saben cómo mantenerlos. Ya hemos hablado del fenómeno llamado el paradigma de la extinción, que consiste en exagerar una conducta que nos ayuda a conseguir algo que deseamos cuando aplicada con la misma intensidad de otras veces, no nos da el mismo resultado.

Educar a un niño es, esencialmente, ayudarle a prescindir de nosotros” (André Bergé)

JV.- La sobreprotección suele aparecer con un exceso de permisividad. La combinación es explosiva. La fórmula perfecta para hacer pequeños dictadores…
IQ.- … O asustados, sin objetivos y desamparados. La agresividad es frecuentemente una expresión clara y manifiesta de debilidad.
 
JV.- ¿Actuamos a veces por comodidad? En ocasiones, lleva menos tiempo recogerle los juguetes del suelo que tener una pelotera con la criatura…
IQ.- Sí. Vivimos a un ritmo que muchas veces nos puede y en ocasiones llegamos a casa sobrepasados por nuestras obligaciones y soltamos en ese espacio nuestra tensión, muchas veces de forma desproporcionada e injusta, y luego compensamos con más permisividad, para aliviar un poco el malestar que nos produce reconocer nuestro exceso.

JV.- ¿Qué hacer cuando tenemos la constancia de que muchos de estos malos hábitos están instalados? ¿Se pueden revertir de la noche a la mañana?
IQ.- No. Ya te he dicho antes que hay una resistencia a los cambios que nos quitan prebendas. Hay que establecer las nuevas reglas y, preferentemente, utilizar refuerzos positivos (premiar otro tipo de conductas más adultas), en lugar de refuerzos negativos (castigo).
 
JV.- Casi inconscientemente me he estado refiriendo a niñas y niños de corta edad. Con los ya creciditos, preadolescentes y adolescentes, ¿hay algo que hacer si han crecido sobreprotegidos y sobrepermitidos?
IQ.- Lo primero, examen de conciencia; lo segundo, saber que mantener este sistema de relación no es conveniente para el desarrollo y crecimiento de nadie; y lo tercero, establecer cómo se van a introducir los cambios que, muy importante, deben llevarlos a cabo los progenitores (ambos) caminando en la misma dirección y sin desautorizarse. Las discrepancias entre la pareja se deben tratar en privado.

JV.- Creo que lo hemos dejado claro, pero por si acaso: de ningún modo estamos diciendo que hay que recuperar el palo y tentetieso.
IQ.- No. Eso siempre es menos productivo y menos interesante.Establecer el diálogo partiendo de que hay una autoridad en casa, madre y padre, es tarea difícil, pero agradecida si se hace con la honestidad de reconocer que no somos perfectos, que nos podemos equivocar y sabemos rectificar lo que no está bien hecho. Disculparse con los hijos cuando se sabe que algo no está bien concede autoridad, no la retira.

Qué ayuda

  • Transparencia en la comunicación.
  • Saber que van a sufrir, nos guste o no, más tarde o más temprano.
  • La dedicación crítica. La negociación y saber decir que no con razones.
  • La unidad de la pareja.

Qué dificulta

  • La equiparación de roles. La casa no se gestiona de forma asamblearia.
  • El autoritarismo.
  • La falta de transparencia en la relación.
  • Las diferencias de criterio de los padres expresadas delante de los hijos, o peor aún, a espaldas de la pareja (aquello de “ te dejo hacer esto, pero que no se entere tu madre/padre”) porque con ello, además, les enseñamos a mentir.