La aún débil escuela 2.0‏

ELENA SEVILLANO 02/10/2011

Un encuentro con docentes de toda España desvela la lentitud con la que avanzan las nuevas tecnologías en las aulas de nuestro país. La falta de decisión política y la división de las Administraciones, las culpables.
 
La expectación de Aitana y Pelayo, de 11 años, alumnos de 6º de primaria del colegio público Evaristo Valle de Gijón, se aprecia a través de la imagen con grano de la webcam. Acuden a esta entrevista por Skype para contar cómo aprenden con las Tecnologías de la Información y la Comunicación, las TIC, metidas en clase. Pizarra Digital Interactiva (PDI), un ultraportátil por cabeza, mochila digital (un USB), posts en el blog.
 
“Es más divertido”, “participamos más”, “investigamos y buscamos información”, se van soltando. En 2006, la Ley Orgánica de Educación, la LOE, incorpora al currículo la competencia digital como una de las ocho claves para formar ciudadanos del siglo XXI. En 2009 arranca el programa Escuela 2.0 del Ministerio de Educación, que hasta 2012 prevé financiar conexiones y más de un millón de portátiles para estudiantes de 5º de primaria a 2º de educación secundaria obligatoria (ESO).
 
El Evaristo Valle fue uno de los primeros en adherirse al plan, ahora en su ecuador, y por eso la idea inicial de este reportaje era atisbar, a través de su experiencia, lo q ue más o menos podría estar ocurriendo en el resto de España. El colegio asturiano, como cualquier otro que elijamos, solo se representa a sí mismo. Primero porque Escuela 2.0 depende mucho de cada comunidad autónoma, que aporta el 50% del dinero y se encarga de decidir cómo aterriza la iniciativa ministerial en su territorio. Pero, sobre todo, porque la integración de las TIC en el proceso de aprendizaje descansa, en última instancia, en cada profesor. La dotación de medios no garantiza que quienes han de usarlos crean en ellos, vean sus beneficios o sepan cómo aprovecharlos. Pelayo y Aitana se toparon con Fernando Posada, su tutor, que los acompaña durante la entrevista procurando no salir en plano, y con más profesionales que han apostado por la tecnología para tratar de innovar; en otras circunstancias quizás ahora mismo tendrían una PDI, sí, pero utilizada igual que una pizarra convencional; y un libro de texto leído en el monitor en vez de en papel. Cambios de forma, no de fondo.
 
“El desafío es lograr que las aulas del siglo XIX, con profesores del XX y alumnos del XXI, avancen hacia el futuro”, enfatiza Miguel Soler, director general de Formación Profesional del Ministerio de Educación. Una transformación que, en eso están todos de acuerdo, no va a ser de un día para otro. “Chavales de 12 años te preguntan, ¿ah, pero es que el ordenador sirve para aprender?; lo asocian al ocio, al juego”, alega el director general, consciente, por ejemplo, de la necesidad de disponer de mejores contenidos digitales, que “no pueden ser una mala traducción del papel”. Las editoriales, con casi 900 millones de euros de facturación anual en libros de texto, se están lanzando al filón digital, que ya en 2009-2010 representaba más del 30% del catálogo de la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza (ANELE), aunque solo el 0,04% del volumen global de negocio no universitario.
Mediodía de julio en Madrid. Ocho participantes en el VI Encuentro de Aulablog (enseñantes implicados en nuevas tecnologías) dedican el descanso del almuerzo a charlar sobre Escuela 2.0, a instancias de este periódico. Proceden de seis comunidades autónomas, entre ellas las dos únicas -Madrid y Valencia- que no han entrado en el plan del ministerio, aduciendo dudas sobre sus bondades pedagógicas y otros argumentos del tipo de que pantallas tan pequeñas provocan miopía. “Excusas, han tomado una decisión política”, ataja Jaume Olmos, que ejerce en Castellón. Cataluña, por su parte, ha puesto en barbecho su programa de un portátil por alumno, llamado 1×1, y ha decidido que a partir de ahora financiará ordenadores de mesa, a compartir entre varios, más pizarra digital.
 
“Las Administraciones han metido los ordenadores en el aula sin planificación; hemos de desarrollar la competencia digital sin apoyos sobre cómo integrarla en el currículo”, incide la madrileña Lourdes Barroso. En los claustros se encuentra de todo: desorientación, voluntad, esfuerzo, tecnofobia, inmovilismo, miedo, competencia, incompetencia, negativa al cambio. Los docentes catalanes que aún no habían vivido el 1×1 eran los más reacios a que les tocara el turno, según una encuesta de la asociación Espiral, que investiga sobre educación y tecnología.
 
La conversación empezó centrada en aparatos y dispositivos, pero rápidamente deriva hacia términos como metodología o aprender a aprender. La tecnología está muy presente, por supuesto, pero en su sitio, como catalizadora útil y adecuada de la innovación, no como centro del debate. Y ni siquiera con ínfulas de exclusividad. “No debemos plantearlo como una dicotomía entre el papel y lo digital; nuestros alumnos han de aprender a consultar distintas fuentes, libros, revistas, Internet”, reflexiona Joan Padrós. Poco a poco, los docentes se desahogan.
Por el poco reconocimiento que se les concede a los coordinadores TIC en los centros, según denuncia la malagueña Mar Serón. Por la “esquizofrenia” que supone formar por competencias a quienes luego se enfrentarán a pruebas de acceso a la Universidad que van por asignaturas y llevan décadas sin ser actualizadas, como critica Meli San Martín, que enseña en Andalucía. “Obviar la competencia digital es conculcar un derecho de nuestros niños y niñas”, recuerda la también andaluza Lola Urbano.
 
“En cuatro años, Corea del Sur tendrá a todos sus alumnos con tablets; y solo se discutirá si serán los locales Samsung o los californianos iPad”, subraya el experto en innovación pedagógica Mariano Fernández Enguita, que tiene muy claro que el desembarco tecnológico en el aula es la única manera de evitar una brecha digital entre la escuela y el resto del mundo. “Se está generalizando otra manera de aprender, en Red, donde lo que importa es acudir a quién sabe”, aduce. Y a este nuevo escenario han enviado a combatir al “ejército de Gutenberg”, de docentes hábiles con el papel pero náufragos en Internet, abocados a un divorcio con su alumnado, que sí es nativo en la web 2.0.
Dos tercios de profesionales consultados por el sindicato de enseñanza USTEC-STE en Girona afirmaban que el ordenador distraía a los niños. “¡Pues claro! Y un libro, cualquier cosa puede distraer a quien no le interesa y huye activamente de lo que hacemos”, rebate Fernández Enguita, para concluir: “Le preguntaron a un maestro de Sri Lanka que si creía que una máquina podría sustituir a un profesor y respondió que todo aquel que pudiera ser reemplazado por una máquina, merecía serlo”.
 

La metáfora del piano y el pianista

“Dispositivos como la PDI tienen éxito porque pueden ajustarse muy bien a los roles tradicionales, de maestro que explica y de alumnos que atienden”, asegura Jordi Adell, director del Centro de Educación y Nuevas Tecnologías de la Universidad Jaume I de Castellón. La tecnología, por sí sola, no crea Escuela 2.0, tal y como él la entiende: “Abierta, conectada al mundo, colaborativa”, donde no es tan importante memorizar como saber gestionar la información, y el libro de texto y el profesor ya no son las únicas fuentes de conocimiento. Adell cree que la Administración debería haber puesto mucho más énfasis en preparar y escuchar a quienes educan. “La música no está dentro del piano, la música la hace el pianista; sustituye piano por TIC y pianista por docente…”, reitera, muy preocupado porque el debate se haya centrado demasiado en el instrumento y no en cómo sacar de él buena música.
 

Los adornos

“Lo que saben hacer nuestros jóvenes no tiene cabida en el mundo actual; hemos de dar un salto cualitativo”, pide Jon Bustillo, coordinador del grado de Educación Primaria en la Universidad del País Vasco, quien, pese a los obstáculos, ve peligroso trasladar una imagen derrotista. “Nos sentimos privilegiados por trabajar en esto”, asienten sus compañeros de profesión. Aunque reconocen que es verdad que a veces dan la sensación de encontrarse muy solos y de necesitar lo que llaman “claustro digital”. Esto es, compañeros en Red con los que colaboran y comparten trabajo e inquietudes. “Existe un riesgo alto de que la gente que está funcionando se canse”, alerta Jordi Adell, director del Centro de Educación y Nuevas Tecnologías de la Universidad Jaume I de Castellón, que también teme la ausencia de relevo: “La formación inicial del profesorado de primaria y secundaria en TIC es un siniestro total, no responde al tipo de maestros y maestras que necesita la escuela. Nos vamos a quedar con los ordenadores de adorno, o para hacer lo de siempre”.

Los ordenadores están en las aulas. ¿Y ahora qué?‏

El programa Escuela 2.0 pone la tecnología, pero los pedagogos reclaman un cambio de metodologías – La mayoría de los profesores que ha usado computadoras cree que son necesarias

PABLO LINDE 10/10/2011

Los debates pedagógicos son casi infinitos, pero hay uno que ya está cerrado: el de introducir o no las nuevas tecnologías en las aulas. Existe el consenso internacional de que deben estar presentes y la gran mayoría de los países desarrollados llevan tiempo incorporando ordenadores y pizarras digitales a los centros escolares. Lo que ahora está en cuestión es cómo usarlos. Porque las tecnologías por sí solas son solo una ayuda.

El reto que se plantea la mayoría de los expertos es cambiar las metodologías y los currículos. El uso que se hace de las computadoras en España es muy heterogéneo.

Un método basado en ordenadores en EE UU ha dado resultados notables.

La implantación de tecnología ha recorrido un tercio de su camino “Hay que dar al docente motivos para usarla”, dice un investigador.

 La apuesta decidida por las tecnologías en las aulas en España se llama Escuela 2.0. Fue anunciada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en mayo de 2009 y se proponía distribuir más de un millón y medio de ordenadores portátiles entre alumnos, más de 80.000 equipos para los profesores, la creación de otras tantas aulas digitales (con acceso a Internet y pizarras electrónicas) y la puesta a disposición de los docentes de un amplio catálogo de programas informáticos para usar estos avances.

En cifras, se ha recorrido algo más de un tercio del camino, pero todavía queda mucho para conseguir lo que pregona Antonio Pérez Sanz, uno de los impulsores del programa desde la dirección del Instituto de Tecnologías Educativas: “Hay que modificar el papel del profesor.

Debe dejar de ser un orador o instructor que domina los conocimientos para convertirse en un asesor, orientador, facilitador del proceso de enseñanza aprendizaje y mediador entre los alumnos y la realidad utilizando las tecnologías”. Para llegar a este objetivo hay que dar dos pasos indispensables: la introducción de la tecnología y la formación del profesorado.

Aunque es uno de los ejes del programa Escuela 2.0, la instrucción que reciben los docentes es muy deficiente, según explica Julio Díaz Escolante, del sindicato independiente Anpe. “La formación no se ha abordado en condiciones en ninguna comunidad”, comenta. “Se está dotando de muchos medios a los centros y no se les saca rendimiento. Los alumnos están muchas veces más formados que sus maestros”, añade.

La falta de formación, que se limita a unas pocas horas, provoca que haya una enorme heterogeneidad entre el aprovechamiento de la tecnología y que dependa sobre todo de la motivación de los profesores y de sus conocimientos previos o adquiridos ad hoc. Además, la mera formación teórica sobre informática no es suficiente.

En opinión de Pere Marquès, director del grupo de investigación de Didáctica y Multimedia de la Universidad Autónoma de Barcelona, tan importante como esta formación y la propia tecnología lo es un tercer eje: “Darle al docente motivos para usarla”. Según dice, hay muchos. “Uno es un fracaso escolar que no baja desde hace años. Probemos estas nuevas herramientas, a lo mejor pueden solucionar el problema. Otro, igual de importante, es que la sociedad de hoy es distinta a la de hace 30 años. Siempre estamos conectados a Internet.

Lo que hoy requieren los ciudadanos no es memorizar todo aquello que pueda ser necesario, sino saber encontrarlo. Lo que hace falta es enseñar a resolver problemas lo más rápidamente posible”, argumenta Marqués. La introducción de la tecnología en las aulas es un paso importante, pero insuficiente, desde su punto de vista. “Habría también que cambiar los objetivos y los métodos”, subraya.

Es la misma línea que exponen la mayoría de expertos en pedagogía y nuevas tecnologías. Manuel Area, catedrático de Didáctica y Organización Escolar en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (Tenerife), insiste en que meter tecnología en las aulas no es sustituir libros por máquinas. “Tendría que replantearse más fuertemente el currículum y el sistema escolar.

Nuestra escuela sigue teniendo una visión casi del siglo XIX, con asignaturas aisladas unas de otras. En el siglo XXI todo debería estar más integrado, con más propuestas de problemas que los estudiantes tengan que resolver e indagar. Otro planteamiento importante es que el aprendizaje tiene que ser colaborativo, no individual”, propone.

A pie de aula, Antonio García Aguilera, profesor del instituto Torre Almenara de Mijas (Málaga), ve con cierto escepticismo las lecciones teóricas sobre el uso de las tecnologías. Admite que se le pueden extraer usos positivos, sobre todo en pequeños grupos. “Pero no es la panacea que nos vende la Administración”, subraya. Para empezar, por una cuestión mucho más cotidiana que los argumentos metodológicos: “Con grupos de 30 como los que solemos manejar, lo más normal es que haya una decena que olvida el ordenador. ¿Qué haces con ellos? Después tardas en enchufarlos, en que los niños entren en los programas que deben, hay cortes de conexión, en ese lapso se distraen, pierden el hilo. Lo mismo sucede con la pizarra digital. No es fluido”.

En los foros de profesores es fácil encontrar una opinión que comparte Antonio García: “El sistema educativo está muy falto de recursos como para gastar tanto en ordenadores”. Él hace hincapié en la necesidad de más profesorado para bajar la cantidad de alumnos por aula. “En una clase de lengua conseguimos partir en dos grupos de 15 escolares uno de 30 y las mejoras fueron muy superiores a las que consigue cualquier tecnología”, explica.

La gran mayoría de los profesores que ha comenzado a usar ordenadores y pizarras digitales, sin embargo, considera necesario el programa Escuela 2.0, según un estudio todavía no publicado que está realizando el catedrático Manuel Anarea entre 4.000 docentes de toda España. Con resultados todavía provisionales, casi el 90% expresa esta opinión. Este programa, aunque sí es probablemente el más ambicioso, no es el primero que se propone el uso de nuevas tecnologías en las aulas.

Ya a mediados de los ochenta, el Ministerio de Educación puso en marcha los proyectos Atenea, para introducir equipos informáticos en los centros, y Mercurio, que pretendía incorporar recursos audiovisuales, como vídeos o diapositivas. Desde entonces, la suma de avances en las aulas ha sido continua, aunque poco sistemática.

En opinión de Ángel Fidalgo, del Laboratorio de Innovación en Tecnologías de la Información, el uso de los ordenadores suele dar “un subidón” al introducir algo nuevo que queda en casi nada cuando queda obsoleto. “El programa Escuela 2.0 es necesario, pero puede suceder lo mismo si se mantienen las mismas metodologías”, añade. El cambio de enfoque no puede ser rápido. En educación los resultados nunca lo son. “Pero añadir tecnologías es inevitable porque así funciona el mundo que nos rodea”, asegura Marquès.

También la mayoría de los países desarrollados incorporan de una u otra forma ordenadores en las aulas. En los países nórdicos la tecnología es “más invisible”, en palabras de este investigador. El centro está perfectamente equipado para que puedan tener acceso a ella cuando la necesiten, pero no se centran tanto en el ordenador por cada alumno. Los países anglosajones sí la tienen muy presente. Varios Estados de EE UU cuentan desde hace tiempo con equipos para todos sus alumnos. En algunos centros, según Marquès, tuvieron que dar marcha atrás porque comprobaron que “habían dado más importancia a la máquina que a las actividades”. “Han tenido que rectificar porque solo con tecnología no se arreglan todos los problemas. Que cada uno trabaje a su aire es muy bonito, pero los alumnos necesitan orientación, deben tener claro qué aprender”, explica. Un instituto de

Los Altos, en California, probó el pasado curso una experiencia piloto que ha dado resultados notables. Tan solo el 3% de los que participaron en ella sacó calificaciones por debajo de la media en un examen de final de curso. Aplicaron el método de un extrabajador de un fondo de inversión que grabó vídeos en YouTube para ayudar a un primo con las matemáticas. Comenzaron a tener decenas de miles de visitas e hicieron que su creador, Salman Khan, dejase su empleo para dedicarse por completo a la educación mediante la Khan Academy, una institución sin ánimo de lucro apadrinada por Google y Bill Gates.

Hoy hay más de 2.500 vídeos en la Red que van desde las matemáticas a la biología, de la astronomía a las finanzas, vistos por más de dos millones de personas al mes. Su idea es llevar el ordenador a las aulas, no como un complemento, sino como un eje. Al contrario de lo que se puede pensar, la intención de Khan no es sustituir a los profesores, sino hacerles aprovechar mejor el tiempo. “Ya no tienen que perderlo en dar explicaciones generales, los niños las pueden ver en los vídeos cuantas veces quieran y hacer los ejercicios que necesiten en la web.

El maestro los monitoriza, sabe cuáles son los problemas de cada escolar y puede atenderlo individualizadamente, de forma que los alumnos aventajados pueden avanzar más rápido y los lentos son mejor atendidos en un proceso de aprendizaje asimétrico. No es deshumanizar la enseñanza, sino todo lo contrario”, explica Khan.

Dentro de la heterogeneidad de uso de las tecnologías que hay en España, existen ejemplos parecidos. Miguel Carlos de Castro, profesor de tecnología del IES Concepción Arenal de Ferrol (A Coruña), incorporó a sus clases un sistema muy similar: una página web con recursos, documentación, problemas, chuletas, ejercicios, que tiene también un sistema de preguntas tipo test que permiten evaluar el avance del alumno.

Los profesores pueden seguir instantáneamente el progreso del alumno y comprobar qué materiales ha usado y con qué éxito. Se llevó un premio a la diversidad de la Xunta de Galicia por la posibilidad que daba a los alumnos de seguir su ritmo, ya fuese más o menos rápido. Pero hoy por hoy no hay un modelo universal. Las asignaturas más técnicas son más propicias para métodos como los anteriores y otras, de la rama de humanidades, tienen más difícil encaje en un sistema así.

Los ordenadores están ahí, pero todavía hay que perfilar cómo aprovecharlos. Formas de adaptarse a los cambios “El hecho de meter un ordenador en el aula va a dar problemas. Es como un coche: hay que repararlo, aparcar, pagar impuestos… Si lo vamos a usar para ir a la panadería de enfrente, no nos merece la pena, pero si hacemos largos recorridos, sí. Con la tecnología sucede igual, hay que darles a los profesores los motivos para usarla y aprovecharla”. Es la filosofía de Pere Marquès, de la Universidad Autónoma de Barcelona y cuyo trabajo consiste, en buena parte, en dar estos motivos. Pone ejemplos de cómo mejorar las clases con ordenadores: “Yo explico como toda la vida mis lecciones. Bien. Pero, por favor, cuando expliques, ¿por qué no las acompañas con una pizarra digital con vídeo introductorio, para motivar? Cuando explicas la célula, usa una proyección que la amplíe. Es más motivador”.

Otro ejemplo: “Puedes decir que, como la semana que viene vamos a estudiar la célula, busquen en Internet algo sobre ella. Los alumnos podrán explicárselo a sus compañeros y esto les hace participar. Y aunque haya hecho un copia y pega, el de tener que explicarlo les hará aprender”. El Ministerio de Educación ha puesto en sus páginas web una gran cantidad de recursos para que los niños hagan ejercicios y aprendan de una forma distinta, más amena.

En principio, resulta fácil captar su atención, pero este efecto no es permanente, según explica Antonio García, profesor de un instituto de Mijas: “Sucede como antiguamente con las diapositivas, las primeras veces que las pones, los niños atienden, pero después se acostumbran y dejan de hacer caso”.

Este docente, que aplica las tecnologías con satisfacción en geografía u ortografía, reclama que las nuevas metodologías que impulsan muchos pedagogos no deben cambiar radicalmente el sistema. “Las clases magistrales en secundaria ya no existen. Entre otras cosas porque los niños no son capaces de prestar atención durante una hora seguida. Desde hace tiempo se les dan otros estímulos. Pero también hay que fomentar la concentración y el pensamiento reflexivo, que se está perdiendo en parte por las nuevas tecnologías”, explica García.

De hecho, hay estudios que muestran cómo la multitarea en Internet hace que cueste más la concentración y otros que prueban que el funcionamiento de la memoria está cambiando por el efecto Google, es decir, porque uno sabe que tiene la información al alcance de la mano.