Auge del negocio de las aplicaciones de salud

Los ingresos de la sanidad electrónica se han multiplicado por siete en un año

Barcelona 20 MAR 2012
 

Kasia Tuominen se ha inventado la aplicación Mamás en forma. Tuominen no tiene ni idea de tecnología, pero sí de preparación al parto y de que en los móviles españoles no existía nada parecido. Ya existe una aplicación, la suya. Es gratuita en parte, y en parte de pago (7,99 euros).

 “El año pasado los estadounidenses gastaron 2,6 billones de dólares en servicios relacionados con la salud, lo que equivale a un 18% del PIB del país. Mientras que la inflación se mueve alrededor de un 3%, el gasto en dichas actividades crece entre el 7% y el 9% anual”, explica Dan Phillips, de Sandbox Industries, durante la AppsOnHealth, un evento celebrado en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

La medicina mueve dinero y los móviles también. Cuando las nuevas tecnologías, y en concreto las aplis para teléfonos inteligentes, se ponen al servicio de médicos y pacientes, el negocio puede llegar a multiplicarse por siete en apenas un año. “En el año 2010 las aplicaciones de salud facturaron algo más de 100 millones de dólares. En 2011, unos 718”. En dos años y media se han creado más de 6.000 aplicaciones relacionadas con la salud.

Las cifras proporcionadas por Chia Hwu, de la firma Qubop, también son prueba del auge en el sector: “En los hospitales norteamericanos, el 84% de los médicos dispone de móvil o tableta (el 60% prefiere el iPhone) y el 38% tiene también un iPad. Más de la mitad emplea aplicaciones para tareas relacionadas con su profesión”. En Europa, el 26% de los profesionales de la salud tienen la tableta de Apple con la que pasan la cuarta parte de su tiempo de trabajo.

“Desde mi academia Fitness Integral de Banyoles damos soporte físico y psicológico a mujeres embarazadas”, explica Tuominen, de 34 años. “Intentamos alejar a las futuras mamás de la idea de que el parto es algo meramente médico y una experiencia relacionada con el dolor. Yo me centré en el contenido y contraté el desarrollo informático a una tercera empresa”.

“Nací y crecí en Finlandia, pero viví bastantes años en Estados Unidos antes de mudarme a España”, continúa Tuominen. “Cuando llegué aquí recibía correos electrónicos de mujeres que requerían mis servicios a distancia. Decidí dar un paso más y entrar en los teléfonos. Siempre es más cómodo consultar el móvil que el ordenador”.

El reto, según Hwu, es “saber enfocar las aplicaciones y dotarlas de valor para el usuario, bien sea médico o paciente. Los datos de Flurry dicen que en la actualidad de cada 10 personas que descargan una aplicación, nueve la han dejado de usar o la han borrado al cabo de seis meses”. Para la experta, “es importante que se automaticen los procesos dentro de las aplicaciones, para ahorrarle tiempo al cliente. A nadie le gusta tener que teclear muchas cosas en estos pequeños aparatos”.

Para Ángel Díaz Alegre, fundador de iDoctus, los beneficios de estos programas para móviles van más allá de las cifras: “Los aparatos móviles superan muchas barreras físicas que puede haber entre paciente y doctor; por ejemplo, el médico puede tomar una foto de la garganta de un paciente y mostrarle qué es lo que tiene”.

“Quiero que cualquier mujer tenga la información indispensable cuando dé a luz, así que pronto desarrollaremos la apli para Android”, explica la madre de Mamás en forma. De momento, el 7% de las mujeres que se la han descargado han acabado pagando los contenidos extras.

“A menudo aprendes de estas novedades”, reconoce Marta Fernández, directivo del hospital Sant Joan de Déu, para confesar: “Los hospitales en general tienen muy malas conexiones para el Internet inalámbrico”.

“Estamos lejos de utilizar aplicaciones desde una perspectiva institucional”, confiesa Jorge Juan Fernández, director del área de Salud Electrónica y Salud 2.0 del mismo hospital. “La tecnología móvil que tenemos en nuestras casas es mucho mejor que la que disponemos en los hospitales; pero no podemos llevarnos nuestros dispositivos al trabajo porque esto aumentaría los riesgos en cuanto a la seguridad. Un médico no puede permitirse perder un teléfono personal lleno de información”.

Aun y todo, Josep Manuel Picas, director de Sistemas y Tecnologías de la Información de los hospitales de la Santa Creu y Sant Pau, ve probable que en un futuro próximo “los médicos puedan recomendar y prescribir aplicaciones, tal y como ya hacen con los tratamientos”.

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El placer de lo sencillo

 

BORJA VILASECA 18/09/2011

Anteponer la felicidad al dinero, la generosidad a la codicia, lo inmaterial frente a lo material, nos ayudará a disfrutar de una vida verdaderamente sincera, abundante y plena.

El dinero puede proporcionarnos un estilo de vida muy cómodo y placentero, así como una falsa sensación de seguridad. Pero no puede comprar nuestra felicidad. Porque nuestro bienestar emocional no depende de lo que hacemos ni de lo que tenemos, sino de quiénes somos y de cómo nos sentimos.

“¿De qué nos vale lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué vale el dinero si no somos felices?”

Llevamos una existencia materialista para terminar dándonos cuenta de que las cosas importantes no pueden verse ni tocarse; solo intuirse y sentirse. Para apreciar los aspectos intangibles, cualitativos e inmateriales de la realidad, es imprescindible que exista cierto contraste entre nuestro estado de ánimo interno y nuestras circunstancias externas. Quienes padecen “pobreza emocional” creen que esta se debe a su “pobreza material”. Pero lo que nos hace ricos o pobres emocionalmente no es nuestra economía, sino la percepción que tenemos de ella.

El clic evolutivo se produce en la medida en que gozamos de cierta “riqueza material” y seguimos experimentando la misma pobreza emocional. De pronto tenemos más dinero, pero seguimos sintiéndonos tensos e irritados. Tenemos éxito y respetabilidad, pero seguimos sintiéndonos solos y tristes. Tenemos confort y seguridad, pero seguimos sintiéndonos esclavos de nuestros miedos.

Gracias a este contraste entre nuestras riquezas materiales y emocionales cuestionamos las motivaciones que nos han llevado a un estilo de vida materialista. Pero hay corrientes sociales que anteponen la felicidad al dinero. Destacan el decrecimiento, la simplicidad voluntaria, el movimiento slow -“lento” en inglés- y el downshifting –“reducir la marcha”-. Tendencias que promueven disminuir el nivel cuantitativo de nuestra vida y aumentar el cualitativo.

LA PARADOJA DEL ÉXITO

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Jesús de Nazaret)

Cada vez más seres humanos apuestan por llevar una existencia más tranquila, simple y sencilla. Porque… ¿de qué nos sirve lo que tenemos si no gozamos de tiempo para disfrutarlo? ¿De qué nos sirve pasar el día estresados y cansados? En definitiva, ¿de qué nos sirve ganar mucho dinero si no somos felices?

La necesidad de experimentar una “riqueza emocional” abundante y sostenible es la base del nuevo paradigma emergente, uno de cuyos pilares es “la filosofía del posmaterialismo”. Y esta parte de la premisa de que la realidad la componen lo material, tangible y cuantitativo, y lo inmaterial, que solo podemos sentir por medio de nuestro corazón. Se trata de intregrar ambos, construyendo un estilo de vida equilibrado entre lo que somos, lo que hacemos y lo que tenemos.

EL SINSENTIDO COMÚN

“Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan” (Emile Henri Gauvreay)

Garantizada la supervivencia física y económica y teniendo cubiertas las necesidades básicas, expertos en el campo de la economía del comportamiento afirman que lo que hace perdurar el bienestar emocional no es lo que conseguimos ni poseemos, sino lo que ofrecemos y entregamos a los demás. Entre otros estudios, destacan los realizados entre los años 2005 y 2010 por el economista norteamericano George F. Loewenstein.

Sus investigaciones se centraron en los antagónicos efectos emocionales que producen la codicia y la generosidad. Y para ello, realizó un experimento sociológico con un grupo muy heterogéneo de seres humanos. El equipo liderado por Loewenstein seleccionó a 60 personas de diferentes edades, sexos, razas y profesiones, las cuales, a su vez, tenían múltiples divergencias en el plano social, cultural, económico, político y religioso.

El primer día los participantes fueron divididos en dos grupos de 30 personas. Todas recibieron 6.000 dólares (unos 4.520 euros). A los miembros del primer grupo se les pidió que en un plazo de dos meses se gastaran el dinero “en regalos a sí mismos”. Y a los integrantes del segundo grupo se les dijo que usaran los 6.000 dólares “en regalos a otras personas”.

Dos meses más tarde se obtuvieron resultados opuestos. La satisfacción de los miembros del primer grupo había durado “relativamente poco”. Según las conclusiones, “tras el placer y la euforia inicial que les proporcionaba comprar, utilizar y poseer determinados bienes de consumo, los participantes enseguida volvían a su estado de ánimo normal”. Con el paso de los días, algunos incluso “empezaban a sentirse más tristes, vacíos y decaídos, por no poder mantener la excitación conseguida con el consumo”.

Por otro lado, los miembros del segundo grupo se habían sentido “mucho más satisfechos y plenos” que los del primer grupo. “El hecho de pensar de qué manera podían utilizar el dinero para beneficiar a los demás, ya era motivo suficiente para que los participantes experimentaran un bienestar interno”.

DECADENCIA DEL EGOCENTRISMO

“Las personas más egocéntricas son también las más infelices” (Henry David Thoreau)

La mayoría utilizó los 6.000 dólares de manera posmaterialista, “creando experiencias y oportunidades”. Regalaron viajes; pagaron matrículas universitarias; donaron el dinero a entidades sin ánimo de lucro, repartiéndolo incluso entre mendigos; hubo quien saldó parte de la deuda contraída por algún familiar. Entregados los regalos, “el sentir la alegría y el agradecimiento de otras personas provocaba en los participantes una intensa sensación de plenitud, que permanecía horas y días”, relata Loewenstein.

La conclusión fue que “el egocentrismo, la codicia y la orientación al propio interés traen una sensación de vacío, sinsentido, escasez e infelicidad, mientras que el altruismo, la generosidad y la orientación al bien común son fuente de plenitud, sentido, abundancia y felicidad”. Loewenstein corroboró así de forma científica y empírica que a nivel emocional “recibimos lo que damos”.

LA PSICOLOGÍA DEL ALTRUISMO

“No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás” (Carmina Martorell)

La auténtica felicidad reside en nuestro interior. Cuando comprendemos e interiorizamos esta verdad, dejamos de querer que la realidad se adapte a nuestras ambiciones, necesidades y sueños. En consecuencia, desaparece la lucha, el conflicto y el sufrimiento. Poco a poco recuperamos la conexión con el bienestar duradero que anida en nuestro corazón. Con el tiempo, experimentamos abundancia y plenitud. En base a este nuevo estado de ánimo, de forma natural e irremediable entramos en la vida de los demás con vocación de servicio.

Abundancia y prosperidad

Las personas que nos hemos comprometido con resolvernos emocionalmente no sentimos el impulso de saciar constantemente nuestros deseos. Así es como empezamos a orientar nuestra existencia al bien común. Eso sí, sin perder nunca de vista la necesidad de llevar un estilo de vida equilibrado, aprendiendo a descansar y a recuperar la energía que invertimos al servicio de otras personas. Para ofrecer y dar, primero hemos de tener. Y no olvidarnos nunca de que el altruismo es la forma más eficiente y sostenible de vivir. El hecho de aportar algo significativo a otros seres humanos nos produce una gran sensación de satisfacción y agradecimiento. Dar es recompensa suficiente cuando damos desde nuestra verdadera esencia. La paradoja es que al obrar con sabiduría recibimos mucho más de lo que hubiéramos podido imaginar.