¡Buen trabajo!

A todos nos gustan -o eso decimos- las cosas bien hechas. Sin embargo, no está tan claro que siempre estemos dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo a que cada actividad que emprendemos salga lo mejor que sea posible. El catálogo de excusas es extenso…

Sábado, 24 de Marzo de 2012 – Imanol Querejeta y Javier Vizcaíno

J.V.- Empezaré poniéndote algunas de esas excusas, a ver si puedes desmontarme todas. Por ejemplo, para hacer las cosas bien, hace falta tiempo y no vamos muy sobrados de eso.

I.Q.- Dios me libre de desmontarte todas. Para hacer las cosas bien lo que hacen falta son ganas, voluntad. Si tienes de ambas, es que te preocupan tanto el proceso como el resultado. Normalmente tanto, que organizas las tareas de manera que puedas hacer las cosas bien. No hay nada como disfrutar de lo que haces para quedarte a gusto con tu labor y desear desarrollarla.

J.V.- Además, hay que esforzarse. ¿Es que hemos venido a este valle de lágrimas solo para sufrir?

I.Q.- Nos han traído, que decía el otro, que venir aquí, lo que se dice venir aquí, no viene nadie. Esforzarse no es sinónimo de sufrir, ni sufrir es sinónimo de amargura. Cualquier logro está fundamentado en el trabajo y muchos de ellos son logros previstos, programados, que dan una satisfacción inmensa cuando se consiguen, por mucho que hayan costado.

J.V.- Y luego, casi nadie nota la diferencia. Ya puedes haberte dejado las cejas, que no lo aprecian.

I.Q.- En eso no estoy de acuerdo. Dicen que no se dan cuenta los envidiosos y la gente vulgar. Creo que no conozco a nadie que no aprecie el esfuerzo aunque no lo reconozca públicamente porque le compromete. Luego, que el trabajo quede bien o mal hecho es otra cosa, pero el esfuerzo es una victoria en sí misma.

J.V.- Otra pega: si los demás no ponen empeño, ¿por qué voy a hacerlo yo? A ver si voy a ser el tonto del grupo…

I.Q.- Pues es mejor pasar por el tonto del grupo al esforzarse, que serlo al no progresar y quedarse mirando. Siempre suelo decir que no podemos vivir pensando en lo que dicen los demás de nosotros, porque siempre se hablará de nosotros (de todos) y siempre habrá personas que hablarán mal, hagamos lo que hagamos y otros que hablarán bien hagamos lo que hagamos. Los primeros suelen ser envidiosos y un fastidio para el espíritu y los últimos son nuestros amigos, los verdaderamente críticos y no juzgan sin preguntar.

J.V.- En el ámbito profesional, también se escucha mucho aquello de “No me pagan para eso”.

I.Q.- Ni por tomar café, leer el periódico, hablar por teléfono, consultar la guía de viajes, y un largo etcétera y, sin embargo, lo hacemos, y muchas veces muy a gusto. Por tanto, hagamos ese algo por lo que supuestamente no nos pagan y hagámoslo tan bien como el resto de las actividades lúdicas.

J.V.- Cómo olvidarnos de los que se consuelan diciendo que la próxima vez lo harán mejor… Aunque sepan positivamente que no será así.

I.Q.- Yo creo que nadie sabe si lo va a hacer mejor o peor aún cuando su voluntad sea ésta última. Lo que hacemos no depende de nosotros mismos, sino de muchos elementos que se concatenan para dar un resultado. Cualquier comedia de enredo ilustra lo que digo (me acuerdo de To be or not to be, de Ernst Lubitsch, en la que todo sale a pedir de boca aunque el número de despropósitos por segundo es abrumador… y muy divertido). Lo que tú planteas puede no ser un consuelo y sí un propósito de la enmienda con el deseo sincero de mejorar. Ya reconocer que hay algo que mejorar es algo positivo porque detecta el error o las áreas de mejora y así es más fácil corregir fallos y tendencias negativas.

J.V.- Al margen de las excusas, aunque no sé si esto también se puede utilizar como tal, lo cierto es que por pura forma de ser hay personas que van a por nota y otras que se conforman con el aprobado raspado. Estos últimos suelen decir de sí mismos que son prácticos y resolutivos.

I.Q.- Y no te digo que no. Lo que ocurre es que eso no vale siempre igual; va asociado a la importancia de lo que hacemos. Comparto esa idea de que hay cuestiones que no valen la pena demasiado y que mejor terminarlas dignamente para aprovechar el tiempo en otras cosas que consideremos de más utilidad.

J.V.- La paradoja es que querer hacerlo demasiado bien tampoco es siempre recomendable. Hemos dicho decenas veces que el exceso de perfeccionismo es un problema.

I.Q.- Así pienso yo. No hay nada perfecto y la búsqueda morbosa de la perfección conduce muchas veces a errores. La semana pasada decíamos que lo interesante es la búsqueda de la excelencia, que es un concepto más dinámico y enriquecedor.

J.V.- También hay por medio una cuestión de gustos e intereses. En general, te esmeras en lo que “te pone” y cumples el trámite con lo que no “te pone” tanto.

I.Q.- Hombre, no siempre se cumple simplemente el trámite y se hacen las cosas lo mejor que se puede. No obstante, creo que se hace mejor aquello que gusta o que se facilita. En esto las personas con responsabilidad de dirigir grupos humanos creo que tienen mucho que decir. Nuestro admirado Koldo Saratxaga consiguió resultados muy importantes en las empresas en las que trabajó por hacer las tareas más agradables para todos, por facilitar el tránsito del trabajo “funcionarial” al trabajo de compromiso y esto último sea más fácil de conseguir haciendo las tareas más gratas. Una herramienta básica en esta labor es la delegación de funciones que hace crecer a las personas en lo personal y en lo profesional.

J.V.- Como resumen y corolario, ¿por qué merece la pena tratar de hacer siempre las cosas bien?

I.Q.- Porque es el camino hacia la excelencia que mencionaba antes, porque es el motor de la motivación propia y de los que comparten tareas y porque es lo correcto. Hacer lo correcto es lo que caracteriza a un buen líder.

Todo llega

Seguimos, como la semana pasada, a vueltas con el tiempo. Si entonces veíamos cómo nos agobia cuando se nos escapa entre los dedos, hoy nos ocupamos de la desasosegante sensación de que no transcurre tan rápido como necesitaríamos y pone a prueba nuestra paciencia

Sábado, 10 de Marzo de 2012 – Imanol Querejeta y Javier Vizcaíno

J.V.- Si dividiéramos el mundo entre pacientes e impacientes, no sé por qué me da que serían mucho más numerosos los segundos, los que lo quieren todo para ayer.

I.Q.- Como decías en tu columna un día de esta semana, si fuese gallego te contestaría “depende”. Esto de la paciencia y la impaciencia es una línea que se cruza constantemente. No tienes más que ir a un banco, esperar en la cola y observar. Verás que hay siempre alguien que mira constantemente el reloj, resopla y murmura improperios contra el jubilado que, con las dificultades propias de la pérdida de agilidad que conlleva el cumplir años, tarda en resolver sus operaciones. Sin embargo, cuando llega su turno se entretiene sin ninguna prisa, y pregunta a quien le atiende por todos sus parientes y amigos. En mi modesta opinión, paciencia e impaciencia se reparten al 50% según en qué lado de la mesa estás: la de los que esperan o la de los que hacen esperar.

J.V.- No es por buscar excusas, pero esta sociedad en la que se impone la prisa no ayuda mucho a ser paciente.

I.Q.- No. Este modelo de sociedad, tan inhumano, tan “amablemente” despiadada, no nos ayuda a ser pacientes, ni agradables. Caminamos a todo correr hacia un futuro en el que nos olvidaremos hasta de comer por cumplir con las obligaciones que se nos van a poner. Esto conduce a uno de nuestros temas estrella, el estrés, que acabará dañándonos a muchos.

J.V.- Si fuéramos capaces de racionalizar, nos daríamos cuenta de que cada cosa requiere un tiempo y no podemos hacer nada por acelerar el proceso. Pero pasar de la teoría a la práctica no es tan sencillo.

I.Q.- Así es, no es sencillo, pero en la lucha está el atractivo y, sin ella la vida, al menos en mi opinión, es menos vida. Debemos hacer el ejercicio de parar cinco minutos cuando nos parece que no tenemos tiempo ni para llevar aire hasta nuestros pulmones. Así comprobaremos que casi nunca pasa nada por sosegarnos y aliarnos con la marcha del reloj que, como dije la semana pasada, es implacable a sesenta segundos el minuto y a sesenta minutos la hora, aquí y en Copacabana.

J.V.- ¿Depende de la edad? Yo estaba convencido de ello, hasta que he ido cumpliendo años…

I.Q.- Pues debería de ser así, no sé a qué te refieres en tu caso. El tiempo, paradójicamente es cierto, pasa más deprisa cuando mejor dotados estamos para esperar. Hay una parte del tiempo que discurre de forma inadvertida, la que va unida a nuestras actividades, y otra que es plenamente consciente y voluntaria, que es la que va unida a nuestras decisiones. Decidimos con más calma de mayores porque ahí la espera es voluntaria, pero el tiempo pasa más deprisa normalmente en esta etapa de la vida porque acumulamos actividades que nos ocupan muchas horas.

J.V.- ¿Estamos a tiempo a cualquier edad de aprender el arte de la paciencia? ¿Por dónde deberíamos empezar?

I.Q.- Por supuesto. Cualquier momento es bueno para aprender esto y cualquier cosa. Deberíamos empezar por aprender a perder el tiempo un poco, vaciando nuestra cabeza de actividades y obligaciones y siendo capaces de sentarnos ante esas obligaciones sin ocuparnos de ellas. A veces suelo hacer ese ejercicio: me llevo trabajo a mi casa, lo pongo en un sitio visible, me prohíbo tocarlo y lo cumplo (a veces con verdadero esfuerzo). El placer es indescriptible (hasta le suelo sacar la lengua a los papeles de vez en cuando).

J.V.- Con los niños, parece misión imposible.

I.Q.- Sí. Esa es una verdad rotunda e intentarlo, un ejercicio impagable de contacto con la realidad.

J.V.- Hay quien dice, incluso, que es posible darle la vuelta a la situación y convertir la espera en algo agradable y placentero. Me cuesta tanto creerlo…

I.Q.- Sí, yo pienso que sí se puede. Yo, por lo menos, puedo conseguirlo en ocasiones. El ser humano es capaz de conseguir lo que se propone en lo que a los retos personales se refiere y esa es una experiencia que cuesta desarrollar pero que, una vez aprendida, es muy agradable porque te pone a ti controlando el reloj, en lugar de lo contrario, que es lo más habitual en estos casos. Se consigue como todo, intentándolo. Una vez que te sale es como meter el balón en la cesta que decía la semana pasada.

J.V.- De todas maneras, la impaciencia no es igual según qué se esté esperando. Cambian las cosas si se aguarda que lleguen las diez para estar con el amor de tu vida que si estamos pendientes del resultado de unas pruebas médicas.

I.Q.- De nuevo “depende”, porque el resultado de las pruebas médicas puede ser más que el amor de tu vida y la espera se hace más llevadera si te lo planteas de esa manera. Aprovecho para recordar que la secuencia que conduce nuestra vida es la de pensamiento-emoción-conducta. Según cómo pensamos, sentimos y actuamos.

J.V.- ¿Cómo podemos acompañar (o entretener) a una persona que está en una de esas esperas tensas y nada agradables?

I.Q.- Transmitiéndole nuestro afecto y nuestro sufrimiento por su tensión. Las sesiones de comentarios jocosos para dar ánimos no suelen ser bien recibidas. Más vale un silencio sereno y respetuoso acompañado de un abrazo para dar mucho apoyo a alguien que se consume en una espera. No hay nada como el amor para alegrar a las personas y ejercitarlo en cualquier ocasión, incluida la que comentas, es altamente recomendable porque siempre nos hace mejores.

J.V.- En ocasiones, la impaciencia conduce a la agresividad. Eso sí que hay que evitarlo a toda costa.

I.Q.- Sí, pero aquí digo una de tus frases favoritas, que el que esté libre de esa culpa que lance la primera piedra. No conozco a nadie a quien no le haya pasado esto muchas veces en la vida. No debemos olvidar que somos personas adorablemente imperfectas. La perfección no existe. Lo aconsejable es la búsqueda de la mejora permanente. No obstante, lo que tú dices me parece acertado, hay que trabajar por evitar comportarse de forma agresiva y cuando no lo conseguimos, andar de nuevo el camino del reconocimiento del error y la búsqueda del perdón.